Dominados por el caudillismo

Ese es el sistema de gobierno que hay actualmente en Nicaragua, presidido por Daniel Ortega, un caudillo de origen sandinista que se impuso primero a su propia tribu política y después se colocó por encima de toda Nicaragua y la generalidad de los nicaragüenses

tragedias

Desde el fin de la colonia española la historia política de Nicaragua ha estado dominada por el caudillismo, con algunos períodos de democracia incipiente.

La ciencia y la experiencia política enseñan que el caudillismo es el ejercicio del poder de manera más personal que institucional, “o sea una autoridad inorgánica y caprichosa, desprovista de fundamentos doctrinales. La voluntad del caudillo —dice Rodrigo Borja— está por encima de la normativa jurídica de la sociedad y se convierte en la suprema ley”.

Ese es el sistema de gobierno que hay actualmente en Nicaragua, presidido por Daniel Ortega, un caudillo de origen sandinista que se impuso primero a su propia tribu política y después se colocó por encima de toda Nicaragua y la generalidad de los nicaragüenses.

El recordado profesional, intelectual, diplomático y politólogo nicaragüense, Emilio Álvarez Montalván, escribió en su libro Cultura Política Nicaragüense que los primeros caudillos de Nicaragua después de la independencia nacional, fueron Máximo Jerez, liberal, y Fruto Chamorro, conservador, quien fue el fundador de la República de Nicaragua y su primer presidente.

Después del período de democracia aristocrática de los 30 años conservadores, en el siglo XIX, asaltó el poder el caudillo liberal José Santos Zelaya, a quien siguieron el conservador Emiliano Chamorro, el liberal Anastasio Somoza García —fundador de la dinastía somocista—, hasta llegar a Daniel Ortega. Este gobernó con mano de hierro en colectivo con sus compañeros comandantes de la revolución sandinista, de 1979 a 1990 y ahora lo hace de manera personal, o más bien conyugal, en una nueva pero anacrónica modalidad de dictadura familiar.

El mismo doctor Álvarez Montalván, en su obra antes citada, anota que el segundo elemento en los valores de la tradicional cultura política nicaragüense es el “familismo”, que se manifiesta en el fenómeno que está ocurriendo ahora, de que el poder, los bienes y los recursos del Estado son manejados como si fueran un bien ganancial del matrimonio gobernante y su familia.

Pero los caudillos no existen solo por su propia voluntad, porque ellos quieren erigirse en dómines del pueblo. El caudillismo nace del atraso político de la sociedad y la falta de cultura cívica de la población, pero también “puede ser el síntoma de una grave patología social de pueblos políticamente desarrollados —advierte Rodrigo Borja— como ocurrió con los caudillismos nazi-fascistas de Alemania e Italia en las tempranas décadas del siglo XX”.

El antídoto o medicina contra al caudillismo es la educación democrática de la gente y el desarrollo político que descentraliza y diversifica la autoridad pública y la rescata de la influencia personalista, para someterla a normas institucionales.

De allí que, como señala Borja: “El eclipse de los caudillismos es un índice de progreso de aquellas sociedades que rigen sus destinos bajo el poder impersonal de las doctrinas y las leyes”.

Poner fin al caudillismo es la tarea ineludible que deben resolver las fuerzas democráticas de Nicaragua, después de que desaparezca el caudillismo orteguista, porque también inevitablemente tendrá que terminar.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: