El dios afeminado

Pero Apolo fue también el primer dios masculino que se enamoró de un varón. Eso ocurrió al mismo tiempo que el mortal Támiris se sintió atraído por alguien del mismo sexo y ambos se enamoraron de Jacinto, un apuesto príncipe troyano

El dios afeminado, mitología

En la columna anterior (Manto, la hija de Tiresias, sábado 3 de junio de 2017), me referí al mito de  Níobe, la jactanciosa mujer que se creía superior a la diosa Leto, porque esta solo había parido dos hijos (Artemisa y Apolo) y en cambio ella había tenido 14,  siete varones y siete mujeres.

Pero además, la irreflexiva y temeraria Níobe dijo de  los  hijos de Leto, que uno era afeminado (Apolo) y la otra hombruna (Artemisa).

Pero, “¿por qué Níobe habrá dicho tal cosa?”, me ha preguntado una amable lectora de esta columna. Una  buena pregunta, sin duda  y para tratar de encontrar la respuesta conviene que veamos el caso de Apolo.

Apolo —dios de la luz, de la belleza, de la perfección, de la armonía, del equilibrio y de la razón—  fue concebido por Leto de una relación sexual que tuvo con Zeus, en la que también fue engendrada Artemisa.  Zeus tomó la forma de una codorniz macho,  para poseer a Leto,  a  la que  convirtió  en la misma ave gallinácea, pero hembra.

Cuando Hera, la celosa esposa de Zeus, supo que Leto se había relacionado sexualmente con su marido y que estaba embarazada, mandó a la serpiente Pitón para que la persiguiera por todas partes y además ordenó a Ilitía, la diosa de los partos, que no le permitiera parir en ninguna parte donde alumbrara el Sol.

Así fue que a  donde quiera que iba Leto para tratar de alumbrar, era rechazada. Pero su amigo Eolo (el dios del Viento) acudió en su ayuda y la llevó por el aire a un lugar llamado Ortigia, que Poseidón cubrió con una bóveda de agua para protegerla de la vista exterior. Allí Leto pudo parir primero a Artemisa, quien  después ayudó a su madre a llegar a una isla flotante llamada Delos (“la brillante”), donde bajo la sombra de un olivo y una palmera, al cabo de nueve días de labor de parto, pudo alumbrar  a Apolo.

Al nacer Apolo Delos dejó de ser una isla flotante y quedó fija en el mar. Desde entonces en ese lugar ninguna mujer podía parir, tenía que ir obligatoriamente a Ortigia para alumbrar allí.

Apolo nunca quiso casarse, pero eso no quería decir que no le gustaran las mujeres. Todo lo contrario, tuvo relaciones sexuales con muchas hembras —tanto divinas como  mortales— y con  algunas de ellas  tuvo hijos.  Con Ptia (una ninfa que también fue amante de Zeus) Apolo engendró  a Doro, el fundador del pueblo de los dorios. Con la musa Talía fue padre de los coribantes. De su relación con Corónide nació Asclepio, el dios de la medicina. Con Aria engendró a Mileto y con Cirene tuvo a Aristeo.

Apolo también tuvo grandes enamoramientos frustrados. En una ocasión se enamoró de Marpesa, pero esta se mantuvo fiel a su esposo, Idas. Persiguió a la ninfa Dafne con el propósito de hacerle  el amor, pero cuando la alcanzó ella  pidió auxilio a Gea (la Madre Tierra), quien abrió una grieta para hacerla desaparecer y luego la llevó a Creta, donde  adoptó el nombre de Pasífae. En el lugar donde desapareció Dafne brotó el árbol de Laurel,  con cuyas hojas Apolo hizo una guirnalda que puso  en  su cabeza para recordar  aquel amor frustrado e hizo de ella un símbolo de la gloria.

Pero Apolo fue también el primer dios masculino que se enamoró de un varón. Eso ocurrió  al mismo tiempo que  el mortal Támiris se sintió atraído por alguien del mismo sexo y ambos se enamoraron de Jacinto, un apuesto príncipe troyano.

Támiris era un poeta vanidoso que  se jactaba de que podía cantar  mejor que las musas, las acompañantes de Apolo en el monte Parnaso. Apolo les  habló a las musas sobre  la jactancia de Támiris, para que lo castigaran y  de esa manera librarse él en la competencia por Jacinto. Las musas, en efecto, castigaron a Támiris  quitándole la vista, la voz y hasta la memoria,  para que  no pudiera tañer la lira.

Pero resulta que también Céfiro, el dios del Viento del Oeste,  se enamoró de Jacinto y para que este no fuera de Apolo, aunque tampoco de él, urdió un siniestro plan. Ocurrió que cuando  Apolo  jugaba con Jacinto al lanzamiento de disco, Céfiro  desvió el artefacto que se fue a estrellar en la cabeza de Jacinto, matándolo en el acto. Adolorido, Apolo hizo una flor con la sangre de Jacinto, a la que puso su nombre a fin de que viviera por siempre.

Tal vez  por eso fue que Níobe dijo que Apolo era un dios afeminado, aunque esto no es lo mismo que homosexal.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: