Amo a Dios, uno y trino

¡Amo al Dios Uno y Trino! Y lo exclamo con fe, alegría y devoción. La Sagrada Escritura nos habla de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu, que por amor nos crea, nos salva y nos consuela

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¡Amo al Dios Uno y Trino! Y lo exclamo con fe, alegría y devoción. La Sagrada Escritura nos habla de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu, que por amor nos crea, nos salva y nos consuela. Es un Dios que ama a la persona humana y nos ha llevado a la más alta dignidad y es origen de la vida humana. Creó al ser humano, hombre y mujer a imagen y semejanza suya. (Gen. 1, 27).

Al ver al hombre caído y esclavo, Dios ha querido liberarlo de todas sus esclavitudes y le dio leyes para que, siguiéndolas, nunca más cayera en cadena alguna y recuperara su dignidad (Ex. 20, 1-17) y dio los profetas que serían los vigilantes permanentes de los hombres, unas veces reprendiéndoles con duras palabras y otras animándoles en la esperanza.

El pueblo sintió que Dios les amaba y les amaba hasta la locura; por eso, el salmista no pudo sino decirle al Padre Dios: “Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas que pusiste, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él te cuides? Apenas inferior a un Dios le hiciste, coronándolo de gloria y esplendor” (Sal. 8, 4-6).

En el Nuevo Testamento Dios se manifiesta claramente como Padre, Hijo y Espíritu Santo, como dice San Pablo: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos nosotros” (2 Cor. 13, 13).

El Padre se nos manifiesta como el que es: todo amor. Solo sabe amar y salvar, no condenar, como nos dice San Juan: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo, para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn. 3, 17). Toda vida; solo entiende de vida y siempre es causa de vida, nunca de muerte, como nos dice San Juan: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16).

Se nos manifiesta como toda misericordia: Siempre brinda su mano para levantar al caído y, por eso, siempre es “clemente, compasivo y misericordioso”. (Ex. 34, 6).

Nos da el gran don de su Hijo, que el Padre nos ha dado a todos los hombres como signo de su amor a todos y de su pasión por todos: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn. 3, 16). Se nos manifiesta en Jesús: El Dios todopoderoso se ha hecho débil para que en medio de nuestra debilidad encontremos en Él la fortaleza, como nos dice San Pablo (2 Cor. 12, 10). El Dios invisible se ha hecho visible, como nos dice San Juan: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn. 14, 9). El Dios lejano e inalcanzable se ha hecho cercano, tan cercano que “habitó entre nosotros”, como nos dice también San Juan (Jn. 1, 14).

El Espíritu Santo es el gran don del Padre y del Hijo para los hombres: Es la fuente de vida y energía por quien podemos llamar a Dios “Abba”, papito querido: “Han recibido un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre! (Rom. 8, 14).

Por el Espíritu nos hacemos templos vivos de Dios: “El Espíritu de Dios habita en ustedes” (1 Cor. 3, 16). El Espíritu es la fuerza que nos hace morir a las obras del hombre viejo (Rom. 8, 13) para empezar a vivir en novedad de vida (Gal. 5, 22) donde ya no exista el temor sino el amor (1 Jn. 4, 18). En verdad que los cristianos tendremos que decir con el libro del Deuteronomio: “¡No hay Dios como nuestro Dios!” (Dt. 3, 24).

Hoy parece que queremos hacer una vida sin Dios, una vida sin sentido y sin esperanza. Pero, ¡qué difícil es la vida sin Dios y qué poco sentido tiene la vida sin Dios!

Quienes hemos conocido al Dios de Jesús, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tenemos que sentirnos orgullosos porque ¡no hay Dios como nuestro Dios, el Dios que Jesús nos enseñó! Por eso, decía San Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestra vida está inquieta hasta que descanse en ti”.

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