¡Ojalá nos gobernasen ángeles!

El éxito de las democracias frente a las autocracias es haber descubierto esta verdad. Darle poder sin límites a un gobernante no sería problema si fuese un ángel. Si no lo es, mejor persignarse.

Estado derecho

Un elemento fundamental para el diseño de cualquier sistema político es el concepto que se tenga sobre la naturaleza humana. “Si los hombres fuesen ángeles”, dijo Madison, coautor de la Constitución estadounidense, “no necesitarían gobierno”. La sobria realidad, sin embargo, es que aun cuando la razón es la característica distintiva del homosapiens ante las demás especies, la historia y la experiencia enseñan que, con demasiada frecuencia, este deja llevarse por pasiones irracionales.

Basta observar la historia del siglo XX para ver como los civilizados estados europeos se despedazaron en la primera guerra mundial sin mayores razones, y como luego la educada Alemania engendró el monstruo del nazismo. Basta haber vivido un poco para constatar lo fácil que es para el ser humano equivocarse, sucumbir a tentaciones y caer en abismos destructivos e irracionales.

La sabiduría popular ha expresado la verdad de que hasta los mejores pueden corromperse en dichos como “en arca abierta el justo peca”. O, “entre santo y santa, pared de cal y canto”.

Durante siglos la teología cristiana explicó esta paradoja como resultado del pecado original: la desobediencia o rompimiento con Dios de los primeros padres oscureció la razón y la voluntad del hombre haciéndolo propensa al error, al pecado o al mal. Con el secularismo moderno muchos pensadores —Rousseau y Marx, entre otros— atribuyeron la corruptibilidad del hombre no a la fragilidad de su propia naturaleza, sino a las circunstancias que lo rodeaban. Marx, en particular, creía que abolida la propiedad y el capitalismo la codicia y el individualismo quedarían sin alimento y surgiría el “hombre nuevo” socialista. Su seguidor, el marxismo leninismo, concentró sin reservas todo el poder en los dirigentes revolucionarios con un resultado atroz: los peores genocidios a manos de tiranos como Stalin, Mao y Pol Pot.

Los fundadores de Estados Unidos, congruentes con la visión cristiana de la naturaleza humana, no se hicieron nunca ilusiones sobre los “déspotas benévolos”. Conscientes de la corruptibilidad del hombre y el consiguiente riesgo de tiranía que genera el poder sin frenos, tuvieron el acierto de concebir un sistema de gobierno diseñado precisamente para evitar la concentración excesiva del poder. Surgió así el modelo de la república democrática cuyas características son muy conocidas: severos límites al poder ejecutivo, división de los poderes del Estado en ramas independientes relacionadas entre sí a través de un complejo sistema de pesos y contrapesos, rotación o reemplazo periódico de los gobernantes a través del voto popular, obligación de los funcionarios estatales de rendir cuentas de su gestión, etc.

Este sistema ha sido el más exitoso en la historia por cuanto es el que más ha contribuido a generar las sociedades más estables, prósperas y pacíficas de la tierra. Hoy día constituye el paradigma de la buena gobernabilidad y el modelo que ha inspirado la mayoría de las constituciones existentes.

Algunos, sin embargo, siguen añorando o tolerando gobiernos autocráticos pretextando que pueden traer progreso y citando casos de algunos “déspotas progresistas”. Pero la verdad irrefutable, como dice un reciente artículo de Bloomberg, es que estos han dado menos resultado que las democracias; por cada uno de ellos hay decenas que han producido las peores catástrofes. Todo déspota es peligroso.

Todo hombre, hasta el más bueno, es frágil, puede caer en tentación, y no hay cosa que más tiente, ensoberbezca y corrompa que el poder, y más aún cuando es absoluto. El éxito de las democracias frente a las autocracias es haber descubierto esta verdad. Darle poder sin límites a un gobernante no sería problema si fuese un ángel. Si no lo es, mejor persignarse.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: