Dora María Téllez: La guerrillera que colecciona calcetines

PERFIL

Dora María Téllez: La guerrillera que colecciona calcetines

Dora María Téllez siempre fue rebelde. Comenzó negándose a usar “vestidos de vuelo” y terminó dirigiendo a tres mil guerrilleros en una guerra. Este es un retrato íntimo y humano de una mujer a quien la guerra y la muerte marcaron su vida

25/06/2017
Dora María Téllez, FSLN, Somoza, guerrillera

Dora María Téllez, de 61 años, actualmente está retirada y dedica sus días a escribir y leer desde su casa. LAPRENSA/ Óscar Navarrete

Calcetines. A la comandante guerrillera Dora María Téllez le encanta coleccionar calcetines coloridos. “Locos”, les llama ella. Hoy, por ejemplo, está usando unos que tienen rayas azules, verdes, amarillas y le llegan casi a la mitad de la pierna. Es lo único que le gusta comprar, admite. Aunque también disfruta ir al mercado a buscar pañuelos de todos los colores. No puede salir de casa sin uno. “Mirá cómo los desguazo”, dice, y sonríe mientras muestra un pañuelo celeste y deshilachado que se sacó de la bolsa trasera del pantalón. “Estos son los del mercado. Quince pesitos me cuestan”. Sonríe, lo dobla y lo guarda después de quitarse el sudor de la frente.

Son las dos de la tarde y en Managua la presión es casi insoportable. Dora María está acostumbrada al frío y la frescura de su casa en Carretera a Masaya, casi por Ticuantepe. Ahora que está jubilada, allá pasa sus días: leyendo, escribiendo, sembrando plantas y viendo películas, acompañada de sus tres perritas: Cafecita, Negrita, Cremita y su gato Luis Felipe, a quien también llama Luchito.

En algún momento de su vida, cuando decidió unirse al Frente Sandinista y tomar las armas para irse a la clandestinidad y a la montaña, no se imaginó que llegaría a esta edad y a este momento. Cuando agarraba su ametralladora M30 y disparaba a las filas de la Guardia Nacional, creía que luchaba por algo que jamás llegaría a ver: el triunfo de la revolución.

Pero a la muerte ya no le teme. La vida le ha arrebatado ese miedo. “A lo mejor cuando esté con un pie adentro (de la tumba), me agarre duro”, dice. Para ella, la muerte es como la lotería, cada año compra más números y cada año tiene más chance de sacársela, pero quiere creer que aún le quedan años suficientes para aprender a tocar un instrumento musical, algo que siempre ha querido; puede ser guitarra, saxo o violín, aunque le gusta la batería; también quiere seguir sembrando plantas en su patio, de todas las frutas que pueda y tampoco quiere morir sin conocer China.

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Las anécdotas de rebeldía en su niñez y adolescencia le arrebatan sonrisas que dejan entrever sus labios finos y su dentadura desgastada por más de treinta años de fumar. Y también revela las arrugas que le rodean los ojos. Parecen habérsele formado por tanta risa.

Las historias de la montaña también le arrebatan algunas carcajadas porque ella asegura que en la vida hay que buscar de qué reírse, pero es inevitable quedarse quieta en la silla por un momento, y mirar a la ventana con los ojos pequeños, redondos y profundos recordando la dureza de aquellos días. “La montaña no es fácil. En el primer combate uno no tiene miedo: no sabés a lo que te metés. En el segundo vas aterrorizado, en el tercero querés pegar carrera. Sabés que la lotería te puede ir cayendo porque vas comprando más billetes”, dice.

La mujer en la montaña

Dora María Téllez cuando recibía sus grados de comandante guerrillera, después del triunfo revolucionario. LAPRENSA/Archivo

El primer combate de Dora María, la Comandante Dos, fue en el Frente Norte, en las cordilleras de Dipilto y Jalapa. “La cordillera es un sueño. Si no fuera porque pasábamos mojados día y noche el resto era de película. Ahí orinás y sacabas humo. El calor de la orina en contraste con el frío y la neblina, sacabas humo. ¡Qué clase de frío más espantoso!”, recuerda la guerrillera.

Allá, recuerda, conoció a Daniel Ortega. Era un hombre bastante imposibilitado físicamente: no cargaba mucho, no caminaba mucho y para colmo usaba unos “anteojos culo de botella ¡pero de vino sí¡”, cuenta la comandante.

En San Fabián fue su primer combate. El plan del grupo, que incluía personajes como Joaquín Cuadra, Daniel Ortega y Germán Pomares, era tomarse Ocotal y decidieron no llevar comida en las mochilas porque iban a comer nacatamales calientitos cuando se tomaran la ciudad. “No tomamos Ocotal y nos toca el combate. No andamos comida, no andamos suficiente agua. Idiay, comienza Cristo a padecer”.

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Antes de llegar a Ocotal un bus vio al grupo colocando obstáculos en la carretera y fue a avisarle a la Guardia, quienes enviaron un comando. Dora María era la ametralladorista. “No podía disparar acostada y tuve que sentarme como en posición de loto. Empecé a escuchar unos silbidos. ¡Y eran tiros! Claro, todos los tiros se iban contra la ametralladora. No me pegaron porque a saber, tal vez porque me había comido unas guayabas antes. Suerte de uno”, dice.

El grupo quedó con hambre y cansado. Unos regresaron al campamento central y otros, junto con Téllez, se tomaron Mozonte para distraer a la Guardia. Allá barrieron todas las pulperías. Habían pasado 48 horas sin comer.

No era mucho tiempo, admite, pero es que el hambre se va acumulando en la montaña. “Cuando salís te querés comer un buey”. Aunque comieran en el campamento central, la comida era poca. Tomaban avena con dos cucharadas de leche condensada. El cielo era conseguir arroz y comerlo con sopa Maggi. “Un plato bárbaro. Arroz con sopa Maggi en la montaña es como que digamos: arroz chino. Y si lo comías dos veces, báaarbaro. Vas de viaje”, cuenta.

En el día de la alegría, el 17 de julio de 1979. Arriba: Daniel Ortega y Tomás Borge. Abajo: Dora María Téllez y Omar Cabezas Lacayo. LAPRENSA/Archivo

Un día de esos consiguieron carne que les llegó a vender un campesino. Les decía que era de vaca, pero Téllez estaba segura que era de un perro que se había muerto en una mina que ellos mismos pusieron.

—¿Y se la comieron? –pregunto.

—¡Pues claro que nos la comimos! Carne es carne. ¿Qué creíste? ¿Qué la íbamos a dejar ahí? No andés pensando muchacha.

Nunca llegaron a comer mono, pero sí un saíno “riquísimo” que encontraron en el mero (cerro) Mogotón. “Nos detuvimos a comerlo entero. Solo dejamos unos huesos para una sopa. Clase de hartada más salvaje”, narra la guerrillera. Ella soñaba con un bistec.

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Otra experiencia dura en la montaña fue la menstruación. Como no tenían qué ponerse, les tocaba acomodarse un trapo que aguantara el sangrado. “Me venían unos dolores terribles, brutales, días tras días. Menos mal que no me maltrató mucho. Probablemente porque caminábamos. Pero siempre es un problema: es un momento en el que te sentís sin energía, te sentís en peor condición”, dice Téllez.

La guerra es machista, explica la comandante, y a las mujeres las querían mandar a la cocina. Pero a ella no, ni siquiera intentaron decirle porque desde el principio supo que ese no era su lugar. Así la criaron y así se mantuvo toda la vida. No permitía que nadie la mirara por encima del hombro.

La niña rebelde de Matagalpa

Dora María Téllez durante su niñez en Matagalpa. LAPRENSA/Archivo

Cuando Dora María Téllez dice que no, es no. Y eso no es algo de ahorita. Si las paredes de su casa natal en Matagalpa pudieran hablar, contarían aquella historia de cuando su mamá, que era modista, quiso obligarla a usar un vestido con vuelos para ir a una piñata. “Estaban de moda los vuelos para las niñas, pero a mí me rrrrepugnaban los vestidos de vuelos”, dice, pronunciando la erre como si se tratara de un trabalenguas.

—Te lo voy a hacer de vuelos –le dijo doña María Dora.

—No me gustan los vuelos –contestaba, irreverente.

—Te va a quedar divino –insistía su madre.

—¡No me gustan los vuelos! –respondía ella elevando el tono de voz.

Al final, doña María Dora terminó haciéndole el vestido de vuelos para ver si aún podía convencerla.

—¡Está horrible! No me gustan los vuelos. No voy a ir a esa piñata con esos vestidos de vuelos –le dijo Téllez. “Me parecía que iba como piñata yo”, cuenta ahora entre risas.

Pero su mamá no fue la única víctima de su cuestionamiento permanente a todo. También estuvo la madre María, una monja que fue su profesora en el colegio.

Resulta que doña María Dora, su mamá, decía que era católica, apostólica y romana. “Lo de romana no sé cómo lo resolvió”, dice bromeando Téllez. Por otro lado, Ramón Téllez, su padre, era un hombre no creyente, agnóstico y furibundo anticlerical. “Mi papá decía lo que le venía en gana, pero no se metía a cuestionar la religión: su énfasis eran los curas. No le gustaban los curas, no le creía a los curas, quién sabe por qué. Y obviamente era un amor correspondido, porque los curas lo agarraban a él de bolero de tarro”.

Dora María Téllez, durante su primera comunion. LA PRENSA/ Archivo

A pesar de las diferencias, sus padres habían decidido formarlos a ella y a su hermano mayor bajo la doctrina católica. Por eso ella estudió en un colegio de monjas donde conoció a la madre María y hasta tuvieron que expulsarla de una clase porque solo sabía “hacer ruido”.

Los relatos bíblicos le resultaban un poco extraños. Estaba un día en la clase de religión de tercer año y la madre María empezó a hablar sobre el profeta que subía al cielo en un carro de fuego. Ella, “jinca la yegua” empedernida, no se quedó callada.

—Púchica, madre –dijo Téllez– tienen que haberse tirado un churro tremendo de este tamaño.

—¡Fuera de clase! –le contestó gritando la madre María.

En otra ocasión, una profesora le dio un reglazo con un metro de madera que tenía en clases. “Quién sabe qué le habré dicho o qué habré hecho al gusto”, confiesa Téllez. Pero para ella, que había sido criada en un hogar donde sus padres no la golpeaban, era impensable que alguien más lo hiciera. Agarró la regla de madera de la profesora y se la quebró en la pierna. “Menos mal que yo me defendía”, dice la exguerrillera.

Dora María Téllez nació acurrucada por las montañas del norte el 21 de noviembre de 1955. En la Matagalpa de su época había apenas unos 25 mil habitantes. Era común ver argollas en las aceras donde la gente aún amarraba a las bestias cuando llegaban del campo.

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Habrá tenido 10 u 11 años cuando su papá, don Ramón, la llevaba todos los domingos junto a su hermano mayor al cerro Apante para enseñarles a disparar. “Los tiros siempre me han dado miedo. Pero lo hacíamos. Disfrutarlo… creo que no. Tampoco era que no me gustaba”, cuenta.

En el colegio se esforzaba por no ser la mejor alumna. Sí, era algo deliberado. Creía que si siempre tenía el primer lugar, su familia nunca se conformaría con menos y eso era una presión terrible. “Entonces yo siempre andaba como en el quinto, el séptimo, el cuarto. Siempre salía bárbara. Yo llegaba (a casa) y me decían:

—¿Cómo saliste?

—Saqué el sexto.

—¡Bárbaro!

—¿Cómo saliste?

—El cuarto.

—¡Maravilloso! –dice, mientras estira las manos como un árbitro que canta safe en un juego de beisbol.

Su verdadero problema en el colegio era la conducta. Pero la tenaz comandante usaba su habilidad para las matemáticas para sacar siempre la nota mínima para aprobar en conducta. “Para poder sacar 7.51 que era la nota con la que pasaba (el año), yo tenía calculado cuántos meses tenía que sacar 10 en conducta para sacar cinco el resto del año. Pasaba los primeros meses que no volteaba a ver a ningún lado. A partir de ahí era libre de sacar cinco en todo el año. Entonces era libre, completamente”, cuenta la comandante riéndose. Por suerte, en la universidad nadie le prestaba atención a su conducta.

Una vez en su vida probó marihuana, pero ella está segura de que le dieron vuelta porque probó tres veces y nunca le hizo nada. “Y para reírme, mejor me río sola”, advierte. Por eso mejor se dedicó al cigarro, fumaba unas dos cajetillas al día. Así la conoció Víctor Hugo Tinoco, en la UNAN-León, cuando ambos estudiaban Medicina.

La universidad y la guerrilla

Dora María Téllez (fumando), junto a Sergio Ramírez y Daniel Ortega, en 1981. LAPRENSA/Archivo

El comandante Víctor Hugo Tinoco conoció a Dora María Téllez cuando ella era estudiante de Medicina en la UNAN-León. Tinoco cuenta que era una muchacha bonita, menuda, que fumaba sin ningún problema en los pasillos de la universidad. Él era un dirigente estudiantil que daba discursos y al que todo el mundo reconocía; ella era también activista, pero con menos protagonismo. En ese entonces aún no había campus médico, “era gallinero médico”, bromea Téllez.

El lugar donde recibían clases, efectivamente, parecía un gallinero. Según dice la comandante, estaba hecho de madera y no había ventanas. Considerando el calor de León, era un verdadero infierno para los más de cien estudiantes que ahí recibían clases.

El cambio de Matagalpa a León fue duro, cuenta Téllez. En ese entonces, a la Ciudad Universitaria le caían las siete plagas de Egipto, dice.

Aguantó tolvaneras que oscurecían por completo la ciudad y no se podía ver a más de un metro de distancia; lluvias que caían de repente y terminaba enlodada por el polvo; rayería en seco que la ponía en riesgo cuando caminaba por la calle; también vivió una plaga de mosquitos que eran como “chayules blancos”. Y como si no fuera suficiente, varias veces le tocó almorzar debajo del comedor y con una sábana encima porque el Cerro Negro había entrado en actividad y la arena era insoportable.

Pero la peor plaga para ella fue la Guardia Nacional. Que mataba jóvenes del Frente Sandinista y llenaba las calles de gases lacrimógenos. A ella la invitaron a formar parte del FSLN, dijo que lo pensaría y terminó aceptando. “Era una decisión complicada, de vida o muerte. No es una decisión que podés manejar superficialmente. Comencé levantando documentos, recortaba noticias, hacía síntesis de noticias, hacía compras para la montaña: gorras, machetes, medicinas. Después ya me fui clandestina. Después de unos dos años tal vez”, cuenta.

A sus padres les dejó una carta que no recuerda lo que decía exactamente, pero explicaba los motivos que tenía para irse a la montaña. Partió hacia Cuba para entrenarse en cirugía de guerra y después de las dos divisiones del Frente Sandinista en tres tendencias, llegó al Frente Norte, donde sería su primer combate.


Los terceristas

Dora María Téllez, pertenecía a la tendencia del Frente Sandinista llama tercerista o insurreccional. Fue organizada a mediados de 1976 y su propósito era desarrollar las insurrecciones en la ciudad, llevar la guerra a las zonas urbanas. La Dirección Nacional estaba representada por tres comandantes: Daniel Ortega, Humberto Ortega y Víctor Tirado López.


A León regresó hasta los 23 años, cuando asumió el mando de la insurrección en León, en 1979. Era una mujer joven que estaba a cargo de miles de hombres. No todos le hicieron caso, admite, pero la mayoría sí. Desde León vivió el triunfo de la revolución, algo que creyó que jamás podría ver, porque estaría muerta en la montaña.

La guerra y la muerte

Hugo Tórres (izquierda) junto a Dora María Téllez (derecha) después del asalto al Palacio Nacional. LAPRENSA/ Archivo

El general en retiro Hugo Torres recuerda que conoció a Dora María Téllez apenas unas semanas antes del asalto al Palacio Nacional, el 22 de agosto de 1978. La recuerda “muy linda, jovencita, inteligente, perspicaz. A pesar de su juventud tenía un buen olfato político. Con muy buen sentido del humor. Maneja la ironía y el sarcasmo de manera muy bien. Y además es muy firme en sus convicciones”, narra Torres.

Ella dice que el asalto al Palacio fue un momento importante en su vida, pero no uno de los más icónicos. Pero uno de los más felices, sin duda, fue el día del triunfo de la revolución, por inesperado. Ni siquiera recuerda exactamente ese día, pero sí recuerda que cuando dejó la universidad para irse clandestina, nunca creyó que estaría viva para ver al FSLN derrotar la dictadura somocista.

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En la montaña arriesgó su vida con las armas y pasó hambre. Pero también Ortega, muchos años después, la hizo pasar hambre. Por defender la personería del Movimiento Renovador Sandinista, el partido que ella y otros exmiembros del FSLN habían fundado, se sometió a una huelga de hambre durante 13 días.

Puso en riesgo su vida, como lo hizo también en la montaña, porque con ese temple ha defendido las cosas en las que cree. De la primera vez que mató a alguien, no quiere hablar. Solo quienes van a la guerra, dice, saben que nunca se quiere volver a eso. Pero no tenía remedio. O ella mataba, o la mataban a ella.

La número Dos, única mujer del comando, es Dora María Téllez, de veintidós años, una muchacha muy bella, tímida y absorta, con una inteligencia y un buen juicio que le habrían servido para cualquier cosa grande en la vida. También ella estudió tres años de Medicina en León”. “Pero desistí por frustración”, dice. “Era muy triste curar niños desnutridos con tanto trabajo, para que tres meses después volvieran al hospital en peor estado de desnutrición”. Procede del Frente Guerrillero del Norte Carlos Fonseca Amador. Desde enero de 1976 vivía en la clandestinidad”.

Gabriel García Márquez describe a Dora María Téllez, la Comandante Dos, en su crónica del asalto al Palacio Nacional.

Dora María Téllez, de 61 años, actualmente está retirada y dedica sus días a escribir y leer desde su casa. LAPRENSA/Óscar Navarrete

Después de la guerra, la muerte se convirtió en un pensamiento recurrente de su vida. El trauma se quedó con ella durante muchos años. A veces, cuando salía a tomar sus dos tragos, terminaba llamando a sus compañeros que habían muerto en los combates de la montaña. “Tenía una resistencia a asimilar que estuvieran muertos. Me tomaba unos dos tragos y me daba por llamarlos, era una cosa autodestructiva. Tenés que hacer terapia. Por eso no bebo, no fumo, si tengo oportunidad de bailar pegadito sí… (ríe). Entendí que yo tenía muchas experiencias difíciles y tenía que sacarlas completamente sobria, bien”, dice.

Los años le han quitado el miedo a la muerte. A veces cree que puede ser un descanso. Cuando tuvo la menopausia, uno de los efectos fue ese: pensar en el momento de la muerte. “Puede ser que me queden 20, 25 años”, dice.

No pretende terminar dando un concierto en el Teatro Nacional, pero sí le gustaría aprender a tocar algún instrumento.

Quiere conocer China, Tikal, Machu Picchu y sembrar unas cinco manzanas de tierra porque la agricultura la relaja. Todos los días se despierta con la luz del sol. Entre las cinco y las seis de la mañana. Pasa sus días en su casa, regando sus plantas con el agua de lluvia que recoge durante el invierno. Le gusta ver películas, pero no de terror. Y la mayoría la hacen llorar. De hecho, recuerda que de pequeña le decían que lloraba por todo. “Hasta de ver a un perro que no podía cagar”. Se carcajea.

Se levanta de la silla apurada y se pone su canguro a la cintura. Lo usa porque las carteras no le gustan. Prefiere que la llamen Comandante o Dora María, detesta que le digan doña porque siente que le están hablando a su mamá.

—¿Qué más se puede saber de Dora María Téllez? – pregunto.

—Quién sabe… si averigua me avisa –contesta sonriente.


Vida política

Dora María Téllez ingresó al Frente Sandinista cuando estudiaba Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-León. Se preparó en cirugía de guerra en Cuba y después formó parte del Frente Norte. Fue miembro del comando del Frente Sandinista que se tomó el Palacio Nacional el 22 de agosto de 1978. Ella era la jefa política.

También fue la jefa militar del Frente Occidental durante la insurrección en 1979.

Fue vicepresidenta del Consejo de Estado, ministra de Salud durante los años 80 y diputada.

En 1995 fundó el Movimiento Renovador Sandinista, después de abandonar el Frente Sandinista por discusiones internas. Fue presidenta del mismo hasta 2007.


 

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