Hay que adoptar una mentalidad democrática

Alguien se podrá preguntar por qué Daniel Ortega sigue siendo el líder del Frente Sandinista después de casi 40 años, y la respuesta es porque el Frente Sandinista es cualquier cosa menos un partido democrático, nunca lo ha sido

Róger Mendieta, FSLN

Es una verdad de Perogrullo que los nicaragüenses desean vivir en un régimen democrático. El problema se da cuando se les pregunta qué es democracia. Hace un par de años una encuestadora preguntó si aquí se vivía en democracia y más de la mitad de los encuestados contestó que sí, porque en el país hay paz.

Si bien la paz en una condición clave para un país, por sí sola no significa que se vive en democracia. En Arabia Saudita, por ejemplo, hay paz, pero no por eso hay democracia. Igual en Nicaragua. No hay guerra. Hasta se puede decir que la seguridad ciudadana es relativamente buena —aunque en constante deterioro— pero no por ello se vive en democracia.

Los nicaragüenses debemos entonces entender qué es democracia para poder vivir en ese sistema. Y llegar al mismo será imposible mientras las instituciones que funcionan como correa de transmisión entre la ciudadanía y el Estado, o sea los partidos políticos, no sean democráticos.

El lunes el partido Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) realizó un congreso partidario de cara a las llamadas elecciones municipales. Elecciones que en realidad son el simple ejercicio de depositar el voto pero que en las que no se está eligiendo a nadie, pues ese poder se lo ha arrogado el orteguismo.

Pero volviendo al congreso, los miembros del partido “delegaron” en Daniel Ortega, su secretario general, quien es a la vez presidente de Nicaragua designado por el Consejo Supremo Electoral, para que, a través de una encuesta, escoja a los candidatos en cada municipio. Cualquier nicaragüense sabe que esa “encuesta” lanzará los resultados que el régimen bicéfalo de los Ortega-Murillo desee en cada municipio.

Es cierto que en lo que respecta a democracia nunca se ha podido esperar nada del Frente Sandinista, mucho menos hoy que está bajo el control total de la familia Ortega Murillo, pero el resto de la maltrecha clase política del país tampoco actúa con una mentalidad democrática.

Para que un sistema democrático pueda florecer en el país, los partidos deben ser democráticos.

La democracia en los partidos surge de abajo hacia arriba. Si bien hay un liderazgo nacional, este debe operar respetando y escuchando al liderazgo de los barrios, comunidades, comarcas, municipios y departamentos, liderazgos de los cuales se nutre y a los cuales, en su debido momento, debe pasar la estafeta para que el partido continúe conectado a las necesidades de la gente. De lo contrario, el liderazgo nacional se anquilosa y pierde contacto con la realidad, se aísla.

Alguien se podrá preguntar por qué Daniel Ortega sigue siendo el líder del Frente Sandinista después de casi 40 años, y la respuesta es porque el Frente Sandinista es cualquier cosa menos un partido democrático, nunca lo ha sido. En las décadas de los 60, 70 y 80 se autodenominaba una organización político-militar. El Frente Sandinista de hoy es una organización autoritaria, vertical, controlada por una familia que no permite diálogo, ni debate, mucho menos disentimiento.

Pero si en Nicaragua deseamos regresar a la democracia y fortalecerla, las organizaciones que aspiren a sustituir de manera cívica al Frente Sandinista en el poder, deben trabajar con la gente, aprender a escuchar las necesidades de los ciudadanos en las comunidades, trabajar con ellos las posibles soluciones a los problemas y respetarlas cuando las llamadas “bases” elijan a sus líderes en cada nivel de la organización.

Una prueba de que el sistema que usa el orteguismo no funciona y solo fomenta el autoritarismo y la falta de rendición de cuentas lo estamos viviendo hoy. El Congreso Sandinista igualmente “delegó” en Ortega la selección de los candidatos a diputados para las votaciones de noviembre de 2016, de las que salió la nueva Asamblea Nacional y el régimen bicéfalo.

Ya todos los nicaragüenses sabíamos que no habría elecciones, sino una farsa, y el resultado fue, además de una altísima abstención, una Asamblea Nacional que no propone, ni discute ninguna ley, mucho menos que fiscalice al poder ejecutivo o que represente los intereses de la ciudadanía. Lo que hay ahí es un remedo de lo que debería ser el poder legislativo, el que a nivel nacional está más cercano al pueblo en una República.