Como “Cagancho” en Almagro

James Comey, director del FBI, obedeció sin chistar la orden de su entonces jefa, la secretaria de justicia Loretta Lynch, de no referirse a la investigación criminal a Hillary Clinton por borrar treinta mil correos electrónicos del Departamento de Estado como “investigación”, sino como “asunto”.

Noventa años después de la lamentable faena de “Cagancho” en Almagro, ahora en la capital de los Estados Unidos (EE. UU.) un personaje muchísimo más poderoso que “Cagancho”, ejemplo no de toreo garboso sino de justicia y rectitud, no de fanfarrias sino de discreción, no de alegrías y festejos sino de abnegadas hazañas calladas por la seguridad de la mejor sociedad del mundo, nada menos que el policía mayor de la república, ha quedado igual o peor que el hazmerreír de Almagro.

A Joaquín Rodríguez Ortega, más conocido por su nombrete de intrépido torero y luminaria de la pantalla, le bastó una corrida mala malísima en Almagro para arruinar su buen nombre por los siglos. Al gitano de ojos verdes, que era el otro apodo de “Cagancho”, no lo escudó la enorme fama de que iba precedido aquella tórrida tarde de 1927 cuando vestido ya de luces y en el coso se espantó con los toros que le tocaron, mostrando unos temblores que nadie le habría supuesto. Nunca se supo si la desgana y el miedo eran la consecuencia de una indisposición corporal o un mal sueño que soñó.

Lo cierto es que no hizo gala de sus extraordinarias dotes con el capote y la muleta y acobardado a más no poder buscó refugió en la barrera, desde donde, cuando el animal iba a buscarlo, lo pinchaba alevosamente en el brazuelo y el cuello y la cabeza y donde podía, ¡qué papelazo! Para abreviar el cuento, las gradas se cubrieron de indignación y la arena de almohadillas, botellas e insultos. Al diestro tuvo que protegerlo la guardia civil y era tanta la furia del respetable que la plaza fue pasto de las llamas, aunque este último extremo lo niegan algunos. Lo cierto es que el gitano de ojos verdes terminó sus días en México y desde entonces la frase española por antonomasia para pintiparar el deslucimiento y lo mal hecho por alguien es decir que quedó “como Cagancho en Almagro”.

James Comey, director del Buró Federal de Investigaciones (FBI), obedeció sin chistar la orden de su entonces jefa, la secretaria de justicia Loretta Lynch, de no referirse a la investigación criminal a Hillary Clinton por borrar treinta mil correos electrónicos del Departamento de Estado como “investigación”, sino como “asunto”. Y luego del escándalo de esa jefa por la mal disimulada entrevista en la pista de un aeropuerto en Arizona con Bill Clinton, esposo de la aspirante presidencial, accedió a usurpar funciones que no le correspondían y absolvió de polvo y paja a la candidata porque no encontró dolo en su manejo “extremadamente negligente” de los emails.

Sin embargo, cuando el presidente Donald Trump, harto de que lo relacionaran con la supuesta trama rusa para que Hillary no fuera electa y de que Comey no lo exonerara en público, lo despidió, al expolicía le faltó tiempo para sumarse a la campaña de insidias, chismes y falsedades contra el mandatario al filtrar a la prensa un memo suyo por intermedio de un profesor amigo, aunque después en el Congreso reconoció paladinamente tal impropiedad.
De modo y manera que eliminar treinta mil documentos oficiales y romper a martillazos los teléfonos y computadoras que los contenían no es cosa que merezca sanción. Tampoco por supuesto que fuera Hillary junto con el canciller ruso Sergei Lavrov, quien apretara un botón simbólico para reiniciar las relaciones bilaterales. Como no fue censurable el autorizar a Hillary la venta a Rusia de buena parte de las reservas norteamericanas de uranio. Ni que esta venta la cabildeara una firma del hermano del jefe de su campaña, John Podesta. O que a Bill, el esposo de Hillary, le pagaran los rusos una millonada por pronunciar un discurso. O que Barack Obama, desapercibido de un micrófono abierto, rogara al primer ministro Dmitri Medvédev decirle a Vladimir Putin que en su segundo mandato tendría más latitud para hacer concesiones a Rusia. No es a Hillary y su entorno a quienes hay que investigar por sus lazos con Rusia, no, sino a Trump.

Pero parece que esto pica y se extiende. Para examinar la cuestión de Rusia ha sido nombrado investigador especial el exdirector del FBI Robert Mueller, persona de conducta profesional y personal intachable, aunque se da la circunstancia de que es cúmbila (enlace o cómplice) del que fuera su sucesor, el ahora despedido Comey, amigos íntimos que se reúnen para darse tragos y arreglar el mundo. Bueno, para arreglar los EE. UU., que es el ámbito de sus saberes. En adición a eso, lo primero que ha hecho este señor es contratar a un montón de abogados que trabajaron para los demócratas o contribuyeron económicamente a sus campañas electorales. Veremos si en Washington alguno más queda “como Cagancho en Almagro”. ©FIRMAS PRESS

El autor es analista político.

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