En las elecciones del 2006. Allí se sintetizó el sueño autoritario. Daniel Ortega creyó borrar el fraude y la manipulación política, eliminando a los opositores y a la observación electoral; sin asumir el estrés y la incertidumbre política que les infunden las elecciones libres. Ese año reapareció el síndrome de 1990.