No sé mucho acerca de la historia de Luisa Ortega, lo confieso. Desconozco qué tanto haya contribuido a la creación del caos económico, político, social y moral que asfixia al hermano pueblo venezolano. Ignoro si, habiendo estado en la dura calle, logró salir de ella convirtiéndose en cómplice y beneficiaria de la pavorosa corrupción Maduro-Chavista. Para pasar a disfrutar de una largamente codiciada vida de obscena opulencia. O si, por el contrario, su participación en ese caos se haya iniciado persiguiendo loables propósitos, de esos que cual bandera enarbolan ignorantes demagogos cargados de torpes prejuicios, una insaciable voracidad de poder y riquezas, y el ardoroso deseo de remendar maltrechas autoestimas…
Lo que sí se puede afirmar con toda certeza es que la actitud que, al menos reciente y públicamente ha venido asumiendo Luisa, es diametralmente opuesta a la que hasta hace no mucho se le conocía. Lo cual hace surgir numerosas interrogantes. La primera: ¿qué tan brusco fue el cambio en su fuero interno que esta nueva actitud entraña?, ¿precedieron a este cambio manifestaciones de inconformidad que ni trascendieron ni fueron atendidas?, ¿sería que tras largas luchas internas habrá la señora Ortega aceptado que el proyecto en el que había creído, que le había sido muy querido, había desembocado en el doloroso drama que vive su patria?, ¿se habrá dado cuenta asimismo de que este tétrico desenlace tarde o temprano, fatalmente, tenía que ocurrir?, ¿o de que el madurismo, al que claramente está rechazando, es no otra cosa que el chavismo en los tiempos del hambre? Por último, siguiendo a algunos malpensados escépticos: ¿estamos hablando de una vulgar rata que abandona el barco que ve en peligro de naufragar?
Incapaz de encontrar respuestas satisfactoriamente objetivas a esta multitud de incógnitas, he llegado a la conclusión, a mi juicio más probable y constructiva, de que Luisa Ortega en algún momento de su vida se hastió de los partidos tradicionales de su país, a los que percibió secuestrados por individuos inescrupulosos cuyos objetivos esenciales eran los de enriquecerse sin medida y disfrutar del poder. Es posible que esa convicción la haya llevado a buscar una alternativa prometedora, una que se propusiera mejorar la calidad de vida de los venezolanos y explotar correctamente las potencialidades de la nación. Por lo que abrazó la alternativa que ofrecían demagogos como aquellos a quienes antes me referí. La desesperación es mala consejera, los nicaragüenses lo deberíamos saber muy bien.
Fue tras no pocas vacilaciones y largas reflexiones sobre el contenido, difícilmente falso, de numerosas informaciones aparecidas en distintos medios de comunicación, que arribé a la conclusión anterior. Esas informaciones nos presentan a una Luisa Ortega denunciando con valentía la existencia de complicidad oficial en el tráfico de drogas; hablando en altas y claras voces contra la corrupción de funcionarios que se apropian de fondos públicos; vinculando la escasez de alimentos y medicinas a esa misma corrupción; y, últimamente, imputando a un poderoso general la responsabilidad de “graves y sistemáticas violaciones a los derechos humanos”. Tendría esta señora que ser extremadamente temeraria para lanzar semejantes acusaciones, que le podrían rebotar en la cara, cual boomerang, si estuviera involucrada personalmente en la comisión de los crímenes que señala, particularmente el de la criminal corrupción; tal vez más importante: tendría que estar fuera de sus cabales para no anticipar, con absoluta claridad, las dolorosas consecuencias que en tan perverso, despiadado sistema, podría acarrearle, a ella y sus seres queridos, tan corajudo y sincero comportamiento. Máxime si los todavía poderosos malhechores consideran que este puede contribuir significativamente a su defenestración, seguida de un eventual, espeluznante enfrentamiento con tribunales de auténtica justicia…
En consecuencia, creo tener motivos razonables, no estar siendo excesivamente candoroso o benévolo, cuando me inclino a adoptar la posición político-intelectual que en relación con este asunto estoy adoptando. Es más, aún si mi limitada información me hiciera incurrir en algunas atrevidas equivocaciones, de algo estoy absolutamente seguro: doña Luisa Ortega y su denuncia de los numerosos y variados crímenes del chavismo-madurismo, honradas y rayando en lo suicida, merecen el más profundo respeto. Estas líneas son mi modesto homenaje a ella. Venezuela necesita más Luisas Ortega. Y Luises. También Nicaragua.
El autor es presidente del Partido Acción Ciudadana, autor de La maldición del Güegüense