somocismo
Héctor Mairena

A 38 años Ortega resucitó el somocismo

Hoy 19 de julio se cumplen 38 años del derrocamiento de la dictadura somocista. Sin dudas la fecha más trascendente en la historia de Nicaragua. Sin embargo, su significado y sus consecuencias —incluso sus causas— son todavía objeto de debate. Las opiniones divergentes surgen no solo porque como hecho político y social, albergó las contradicciones de la sociedad nicaragüense. Se dan también porque muchos de sus protagonistas, como cronistas e historiadores, o mediante el testimonio, impregnan de su experiencia personal la interpretación de lo ocurrido.

Pero la mayor alteración ha provenido de los intereses propagandísticos del régimen de Ortega, que ha pervertido el análisis ecuánime de los hechos. Como dijo alguna vez Fidel Castro “la historia es un subproducto de los hechos”. Y la versión oficial la escribe el poder, alterando o negando hechos, quitando o colocando protagonistas.

El derrocamiento del somocismo significó innumerables actos de heroísmo individual y colectivo, precisamente por eso se ha tendido a mitificarlo. O desde el otro lado, a satanizarse. Pero no fue ni milagro ni suceso espontáneo. Fue el desenlace de un conflicto acumulado por décadas entre las fuerzas democráticas y la dictadura. Y así como esa jornada de lucha por la democracia no fue la primera, pues la historia precedente a julio del 79 es abundante en intentos políticos, guerrillas y alzamientos que enarbolaron las banderas democráticas, tampoco sería la última.

El derrocamiento del régimen somocista solo fue posible cuando se cristalizó la acción conjunta de las fuerzas democráticas y la incorporación masiva de la población en la insurrección armada. Ello fue el resultado deliberado de la labor previa, coronado en un contexto internacional favorable en el que también se materializó un apoyo plural, igualmente preconcebido y cultivado. Así fue posible resolver en favor de la democracia, la contradicción principal que gravitaba en la sociedad nicaragüense en ese momento: democracia vs. dictadura.

En lo social, la participación antisomocista abarcó un amplio arco que alcanzó los extremos de la sociedad: desde los sectores de la burguesía excluida del usufructo del poder, hasta el lumpemproletariado. Un acierto indiscutible del FSLN —de la fracción insurreccional en particular— consistió en concretar esa alianza en lo político, sobre la base de un programa democrático que concitó un consenso nacional inédito e irrepetible hasta ahora.

Y aunque el sandinismo fue la fuerza hegemónica, es necesario recordar —aunque parezca obvio—, que no fue la única en la amalgama antidictatorial.

En el plano político dos grandes bloques coincidieron en el objetivo del momento. De una parte, el bloque de centroizquierda articulado en el Movimiento Pueblo Unido (MPU)-Frente Patriótico Nacional (FPN); y el de la derecha democrática agrupada en el Frente Amplio Opositor (FAO).

En lo militar, el FSLN con sus tres expresiones, tuvo el predominio absoluto, si bien en la insurrección final operaron unidades menores del Partido Socialista Nicaragüense (PSN) a través de la llamada Organización Militar del Pueblo (OMP), subordinadas al mando sandinista y minúsculos grupos del maoísta Movimiento de Acción Popular (MAP) que actuaron al margen.

Mención aparte ameritan los medios de comunicación y el gremio periodístico, que durante décadas fueron un vehículo cotidiano de denuncia contra los Somoza. ¿Cómo escamotear el papel jugado por LA PRENSA y su director Pedro Joaquín Chamorro? ¿O por Radio Corporación y otras emisoras? Aunque dicho rol haya sido indiscutible, ese aporte se desdeña en la versión orteguista.

El derrocamiento del somocismo, que debió abrir paso a un proceso democrático, devino en la Revolución Popular Sandinista. De la hegemonía sandinista en la etapa final de la lucha contra la dictadura, se pasó al dominio del FSLN. El pluralismo político, uno de los tres pilares del programa convocante a la alianza antisomocista, se administró a conveniencia y solo se toleró en la medida que no pusiera en riesgo el nuevo poder.

Las consecuencias no tardaron. Ya en el primer año post somocismo, se inició una rápida decantación de las fuerzas políticas, esta vez en torno al nuevo conflicto sandinismo vs. antisandinismo. Los errores cometidos en la gestión económica, la pérdida de la base social campesina y una temprana alineación con los países socialistas —pese al enarbolado no alineamiento en política exterior—, terminaron por destruir el consenso.

La abierta injerencia de la administración Reagan fue un acicate a los restos del ejército derrotado y a la inconformidad en el campo, la confrontación se radicalizó, las conquistas sociales naufragaron y sobrevino la guerra civil, cuyas consecuencias dividieron y desangraron el país hasta el límite.

Con el retiro del apoyo militar de la URSS sometida ya a su propia crisis terminal, la economía del país destruida por la guerra y sobre todo con la mayoría ciudadana clamando un cambio, el FSLN se vio irremediablemente obligado a finales de los ochenta, a realizar elecciones adelantadas, cuyos resultados abrieron —de nuevo— la posibilidad de enrumbar al país hacia un proceso democrático, camino que el orteguismo aliado con el liberalismo corrupto, se encargaría después de destruir.

Si bien el 19 de julio de 1979 significó el fin del régimen somocista, su herencia cultural sobrevivió en la práctica y en el subconsciente de importantes sectores de la población e incluso entre militantes y dirigentes del sandinismo. La revolución no logró —si acaso lo intentó— desterrar esa herencia nefasta del somocismo. En los últimos diez años ha rebrotado bajo el poder orteguista, que ha revertido las conquistas democráticas y resucitó las prácticas y los antivalores del régimen derrotado en julio de 1979.

El autor es abogado y periodista.

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