La antología Los hijos de Whitman reúne a poetas del mundo que residen en Estados Unidos

Más de la mitad de los 109 poetas de esta antología son mujeres; hay poetas de los pueblos originarios, mexicanos, rusos, bangladesíes, palestinos, chinos, vietnamitas, japoneses, alemanes, irlandeses, iraníes, afroamericanos, hispanos y mestizos.

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Cómo triunfar siendo una muchacha

 

Me gustan más que nada las damas equinas

que aparentan hacerlo todo sin esfuerzo,

como si correr a 40 millas por hora

fuera tan divertido como tomar la siesta, o el pasto.

Me gusta su altivo contoneo de yegua

tras cada victoria. ¡Orejas en alto, muchachas, orejas en alto!

Pero ante todo, seamos francos, lo que me gusta

es que son damas. Como si tan grande

y peligroso animal fuese una parte de mí,

como si en algún lugar dentro de la piel

delicada de mi cuerpo, bombeara

un corazón de caballo-hembra de 8 libras,

poderoso y gigante, cargado de sangre.

¿No quieres creerlo?

No me hagas levantarme la blusa, mostrarte

cómo palpita la enorme y formidable máquina

que cree, no, que sabe,

que ganará la carrera.

(Ada Limón, Estados Unidos)

 


 

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Temprano por la mañana

 

Mientras el arroz de grano largo se suaviza

en el agua que hierve

sobre una estufa prendida, a fuego lento, antes

de cortar las verduras de invierno en conserva

para el desayuno,

antes de los pájaros,

mi madre desliza un peine de marfil

por su cabello negro

y grueso como tinta de caligrafía.

 

Se sienta al pie de la cama.

Mi padre observa, escucha la

música del peine

entre el pelo.

 

Mi madre se peina y

se jala el pelo hacia atrás,

lo estira con fuerza y lo enrolla

con dos dedos, lo prensa

en un moño detrás de la cabeza.

Durante medio siglo ha hecho lo mismo.

 

A mi padre le gusta así.

Dice que se ve arreglado.

 

Pero yo sé

que le gusta por la forma en que

el pelo de mi madre cae

cuando mi padre arranca el prendedor.

Con facilidad, como cuando desatan

las cortinas al atardecer.

 (Lee Young Lee, Indonesia )


 

Lluvia

 

Con gruesas pinceladas de tinta el cielo se llena de lluvia.

Finge buscar abrigo pero en secreto reza para que caiga más lluvia.

 

Por encima del eco del agua, oigo una voz que dice mi nombre.

Nadie se mueve en la ciudad, bajo la lluvia más ligera y leve.

 

Las páginas de mi cuaderno se empapan, después se retuercen. He escrito:

“Los yoguis abrieron la boca durante horas para beber la lluvia.”

 

El cielo es un tazón de agua oscura, que te lava la cara.

La ventana tiembla; el vidrio líquido podría convertirse en añicos de lluvia.

 

Soy un tazón oscuro, que espera que lo llenen.

Si abro la boca ahora, podría ahogarme en la lluvia.

 

Corro a mi casa como si alguien me esperase ahí.

La noche se desploma sobre tu piel. Yo soy la lluvia.

 

(Kazim Ali, Reino Unido)

 


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Piensa en las manos que una vez fueron más pequeñas

 

Es así. La noche es solitaria

hasta que deja de serlo. Te muerdes la lengua

 

tras comer naranjas con chile

antes de soñar con un beso

 

del hombre que al tocarte con sus dedos

hace brotar tu suavidad.

 

Hablamos acerca de los nombres

de nuestros muertos. Las ciudades donde hoy vivimos

 

carcomen y luego entierran

los cadáveres de sueños opulentos.

 

Nos decimos el uno al otro que hay que soñar.

Cuando me envías fotos que guardas

 

de mujeres de tu familia,

sonrientes, me trastorno.

 

Ni más ni menos. La noche es nuestro pelo

que dibuja con su tinta torsos de hombres sobre relicarios.

 

No sé por qué no conocemos nuestra propia santidad,

pero fuiste joven un día, y yo también.

 

(Tarfia Faizullah, Bangladesh)


 

Árbol

 

Es un error

dejar que una joven secuoya

crezca junto a una casa.

 

Mientras dure

esta vida,

tendrás que escoger.

 

Ese enorme y sereno ser,

este desorden de ollas y libros—

 

ya una rama toca la ventana con su punta.

Suave, calmadamente, la inmensidad toca tu vida.

 

(Jane Hirshfield, Estados Unidos)


 

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Todo

 

Ella miraba el eclipse de sol

a través de un pedazo de botella quebrada

 

cuando él se fue de casa.

Él encontró un barrilete azul en la foresta

 

el día en que ella se acostó

con un marinero. Cuando el nombre de él cambió,

 

ella cosió una nube sobre un edredón

hecho de retazos. No llegaron a conocerse,

 

así que nunca pudieron separarse.

Luego ella terminó de rezar,

 

y dobló el mapa del mar que él había dejado.

 

(Srikanth Reddy, Estados Unidos)

 


 

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