La reconstrucción social y política

Es necesario reconstruir nuestra sociedad afectada por una serie de factores que han llevado a la fragmentación y pueden conducir a la confrontación

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Es necesario reconstruir nuestra sociedad afectada por una serie de factores que han llevado a la fragmentación y pueden conducir a la confrontación. En medio de todo lo que separa debe encontrarse lo que une, identificar los valores que, en medio de las diferencias, pueden conducir a la unidad de la sociedad nicaragüense.

Generalmente son los factores políticos los que han inducido al enfrentamiento o a la indiferencia, comportamiento este último que pareciera acentuarse en nuestro país a consecuencia de una serie de circunstancias y particularmente, de los vicios del proceso de las elecciones presidenciales realizadas en noviembre del 2016, en las que, no obstante la masiva abstención que se produjo, esta no fue consecuencia de una actitud indiferente, sino una demostración de rechazo a las irregularidades que lo caracterizaron.

Pero más allá de esa consideración, la indiferencia cubre y encubre nuestra conducta política, y un cierto dejar hacer dejar pasar se ha transformado en hábito. Pareciera que esa actitud nos vuelca hacia un escepticismo a partir del sálvese quien pueda; que una ausencia de solidaridad se está dando adormeciendo ideales no siempre realizables, pero siempre estimulantes desde los anhelos de superación del ser humano.

¿Se ha debilitado toda noción de los valores? ¿Nos encontramos convocados y confrontados a un mundo estéril incapaz de animar y estimular ideales por una sociedad más justa, humana y solidaria? No sé, lo planteo y lo dejo como una pregunta que a mi juicio caracteriza uno de los problemas actuales.

Lo más peligroso de esta situación, es que pueda anidarse en el corazón de la sociedad nicaragüense; que esta comience a desatenderse de valores que trascienden a sus intereses inmediatos, y que tal situación conlleve a todos a una actitud utilitaria e indiferente.

No obstante, el solo hecho de estar conscientes de las acechanzas de ese utilitarismo y esa indiferencia, nos colocan en el buen camino para buscar parámetros de valor ético.

Si debemos juzgar a nuestra sociedad por lo que vemos y escuchamos a diario, deberíamos extraer como conclusión que estamos caracterizados por dos conductas principales: la una de supervivencia y la otra de polarización.

En cierta forma nos encontramos en una situación contradictoria: por un lado, una sociedad compartimentada, y por el otro, agrupada más por intereses que por ideales y frecuentemente confrontada en un esfuerzo de descalificación recíproca.

Una sociedad que se sumerge en la indiferencia o en la descalificación está severamente afectada y es ahí donde debemos hacer un esfuerzo para aportar alternativas que ayuden a superar esa situación y que conduzcan a un plano de coincidencias mínimas en donde los nicaragüenses podamos encontrarnos. Es fundamental abocarnos a la consideración de este problema el que, a mi juicio, constituye la raíz de la crisis que nos afecta.

Frente a una circunstancia semejante, creo se requiere una educación fundamental en Derechos Humanos, en la que se prioricen valores como el respeto a la integridad y dignidad de la persona, la paz, la democracia, la justicia, la legalidad, la libertad y el respeto a los puntos de vista diferentes u opuestos.

Esto quiere decir que cada uno de nosotros, sin renunciar a sus ideas y posiciones ideológicas y políticas, debe tolerar las ideas de los demás. No se trata de buscar la coexistencia por claudicaciones: quien claudica no contribuye a la paz sino a la demolición de los valores y principios. Se trata de reafirmar las creencias de cada quien y de luchar por ellas, pero también de asumir, por principio, que hay otros seres humanos que pueden pensar diferente y que tienen el mismo derecho de expresar y defender sus ideas.

Si se parte de ese presupuesto, el diálogo es posible. Diálogo posible para llegar al consenso sobre algunas cosas y mantener la diferencia sobre otras, y para, a través de ese ejercicio, alcanzar la síntesis de posiciones contradictorias.

Necesitamos establecer el diálogo como un mecanismo civilizado para resolver nuestros problemas, diseñar las estrategias y políticas nacionales, y construir las bases de un Estado que reafirme los valores y principios que sustentan la democracia y el Estado de Derecho. Un diálogo que sea un compromiso con el presente y futuro del país y que trascienda las habilidades políticas para obtener ventajas coyunturales, y las intransigencias que descalifican y tratan de destruir todo aquello que no proviene de las capillas partidarias respectivas.

Es fundamental hacer un alto en el camino y construir los vasos comunicantes que no tenemos. Ni confrontación ciega e irracional, ni claudicación.

Se trata de encontrar el punto justo en el que se pueda disentir dialogando; pensar diferente no es un delito, es una característica del ser humano. Disentir no es hacerse acreedor de la descalificación y sepultura moral. Nada es peor que una sociedad uniformada.

Hay que aceptar que existen diferencias y distintos puntos de vista, ello no solo es normal sino necesario. Es muy triste una sociedad en la que todos piensan lo mismo.

Junto con estas consideraciones que plantean finalidades de naturaleza general a mediano o largo plazo, pienso que hay objetivos de carácter más inmediato, como la educación, la salud y el empleo, a partir de los cuales, y en busca del acuerdo colectivo para su realización, puede construirse la sociedad deseable, la Nicaragua posible.

Un trabajo conjunto en esa dirección podrá convocar al país a sumar sus esfuerzos en esa dirección y a unir en la acción sus ideales y esperanzas. Identificar los objetivos principales y los valores comunes puede ser el factor que une, entre tantos otros que separan y confrontan.

Todo esto adquiere su verdadero sentido dentro de un plan de país, de un proyecto de nación. Quede claro que estamos hablando de una visión estratégica de la sociedad nicaragüense y de un sentido de identidad constructor de horizontes singulares y universales, y no de entendimientos ajenos a los verdaderos intereses sociales, fabricados para distribuirse el poder y los beneficios entre los protagonistas.

Me parece, y sin pretender dar fórmulas, que habría que construir sobre valores culturales comunes, sobre la reivindicación de las raíces históricas, en donde hay mensajes que pueden servir como categorías éticas y teóricas para enfrentar la situación actual.

El autor es jurista y filósofo nicaragüense.

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