La tentación de la indiferencia

La vida que empieza y termina con cultivar la propia felicidad usando aquel principio de los monos de “no ver, no oír, no hablar” se acaba por convertir en vacío, rutina e insatisfacción.

Últimamente estoy perdiendo el interés por el mundo y las noticias.
Me parece mucho mejor ejercicio para la mente y el alma el refugiarme en los libros pues en mis diarias visitas a las noticias escritas —que son las que leo— así como a redes como Twitter, la alternancia entre la frivolidad y el caos me daña el espíritu y me hace sentir una mezcla de tristeza e impotencia.

Antes de la revolución tecnológica y el auge de las comunicaciones inmediatas, uno lograba digerir las noticias del propio entorno. Para las situaciones extremas de represión o tragedias naturales, existía la noción de que la comunidad de naciones y el propio esfuerzo, podrían incidir y cambiar la realidad. En estos días, en cambio, la globalización, en vez de acercarnos unos a otros, parece haberle restado importancia y efectividad a la solidaridad o al efecto moral de que un gobierno, por ejemplo, se viese expuesto como bárbaro, explotador o depredador ante el mundo. Es como si, a fuerza de repetición, algunos intolerables sucesos mundiales no causaran ya el impacto que alguna vez sirviera para que lloviera la condena internacional. Hoy de poco valen los llamados de la OEA, la ONU, los pronunciamientos de la Iglesia, los de presidentes de naciones amigas o de las organizaciones cívicas y de derechos humanos.

Casi a diario leemos cómo personas en las más altas posiciones de poder en sus países —caso de Trump o Maduro, por ejemplo— desafían la ética y continúan en sus aberraciones y malos manejos políticos, sin importarles el repudio no solo nacional, sino también internacional. En Nicaragua hemos sido testigos de flagrantes violaciones a la Constitución  y de la indiferencia del Gobierno a la opinión pública, urbi et orbi, cuando de defender intereses partidarios o personales se trata.

Existe una especie de acuerdo tácito, a los más altos niveles, por convertir en normal lo que antes era considerado detestable e inaceptable, y en esto no hay mucha diferencia entre las ideologías. Lo mismo lo hacen ahora las derechas que las izquierdas. Mientras tanto, los ciudadanos, obligados a ser observadores y a ver cómo se manipula el poder, perdemos paulatinamente la fe en los procesos democráticos y en los políticos como interlocutores u ejecutores de nuestros intereses.

Si alguien de una generación como la mía, que se involucró activamente en la lucha por cambiar las realidades oscuras de nuestros países, puede sentir la tentación de ausentarse de la escena y dedicarse a la esperanza pasiva, de pensar que algún día algo sucederá que cambie el presente, me puedo imaginar el efecto que los hechos que vivimos causa en los jóvenes. Yo me niego a pensar que la juventud no quiera un futuro que no implique migrar en busca de horizontes más halagüeños. Amar a la Patria y lo que representa es casi un sentimiento primario, un amor muy profundo. Pero hay que reconocer que el reto de vencer la desesperanza, a pesar de ser tan urgente, suele causar letargo y azuzar el individualismo. Y sin embargo, la única cura para nuestros males, la única manera de vencer la tentación de la indiferencia, es oponerse a ella con pasión, porque la vida solo para uno mismo, la vida que empieza y termina con cultivar la propia felicidad usando aquel principio de los monos de “no ver, no oír, no hablar” se acaba por convertir en vacío, rutina e insatisfacción. Por eso no hay que ceder a la tentación, ni hacerse un refugio en la ignorancia. Buscar la felicidad común es encontrar la más grande felicidad a que tenemos acceso los seres humanos.

Pedro Joaquín Chamorro escribió un pequeño poema que leo a menudo cuando me siento como cuando empecé este escrito:
No claudiques:
Si en la lid el destino te derriba/Si todo en tu camino es cuesta arriba/Si tu sonrisa es ansia insatisfecha/Si hay faena excesiva y vil cosecha/Si a tu caudal se contraponen diques,/Date una tregua ¡Pero no claudiques!

La autora es escritora.

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