Róger Pérez de la Rocha: “No hay juventud sin rebeldía”



ENTREVISTA

Róger Pérez de la Rocha: “No hay juventud sin rebeldía”

El maestro pintor Róger Pérez de la Rocha habla sobre su vida, sus obras antisomocistas, su salud y el futuro de las artes plásticas en Nicaragua.

30/07/2017

Él mismo se describe como uraño. En vez de dar entrevistas prefiere pintar en su taller, en el segundo piso del antiguo edificio del Gran Hotel de Managua y ahora cuartel del Instituto de Cultura. Los suyos son los módulos A 5 y 6, con piso de madera salpicado de pintura y ventanas tapadas para anular las distracciones citadinas. El maestro tiene 68 años y todavía pinta, da clases y es un poco malhablado, aunque para él “las malas palabras no existen”.

Róger Pérez de la Rocha ha expuesto sus obras en Madrid, México, Washington DC, Sao Pablo, Taipéi y otras latitudes. Entró al mundo de las artes porque pasaba dibujando en sus cuadernos y era malo en las demás materias. Por su talento, apoyado por los literatos Pablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal, su mundo se expandió y visitó varios países. También se integró al Frente Sandinista y luchó contra la dictadura somocista con sus pinceles.

Ahora, mientras cumple su séptima década de vida, el artista prefiere no tocar tantos temas políticos, pues revela que es amigo de la pareja presidencial Ortega-Murillo, pero exhorta a la juventud artista a ser rebelde. “¡A tener huevos!”, vocifera. Y habla también de aspectos personales de su vida, de la importancia que tuvo para él el archipiélago de Solentiname y de su salud, ya que a finales de 2016 sufrió un derrame cerebral.

¿Cómo está de salud, don Róger?
El 25 de septiembre del año pasado sufrí accidente cerebrovascular. Se me afectó el cerebro y el corazón también. Estuve en Cuidados Intensivos, en peligro de muerte, pero me llevaron a tiempo al Hospital Militar y para qué, recibí toda la ayuda. Los médicos me salvaron. Con instrucciones de la Presidencia, porque eso hay que decirlo así. La Presidencia se dio cuenta y me sacaron a flote. No he cumplido un año todavía de eso y aún me trabo. Aún tartamudeo un poco. Antes no podía hablar y no podía firmar. A ver, prestame tu lápiz (lo toma y comienza a firmar). Yo no podía hacer mi firma, que es un poco compleja. Estoy en proceso de recuperación, pero ya restablecido. Yo no quería hablar mucho del corazón porque si no la gente aquí se mata. “Ya Róger Pérez de la Rocha se está muriendo”, dirían. Pero acá estoy vivito y coleando.

Y pudo morir mucho antes, porque en su libro cuenta que cuando era joven intentó matarse…
Sí, aquí están las señas, mirá (muestras sus muñecas). Fue con una Gillette. Mirá este dedo cómo me quedó. Realmente yo tenía 18 años. Era un cipote metido en cosas de hombre. La guerrilla de Pancasán… Y yo escuché los quejidos de una tortura, porque en esos días yo también caí preso porque había una redada y caí con un amigo que le decían “Pancho Lapa”. Éramos amigos de estos guerrilleros (sandinistas) porque éramos conocidos en las cárceles de El Hormiguero. Y vi cómo unos campesinos, según recuerdo, altos, unos hombres blancos, y los sacaron de arrastrada y unos golpes ¡pero Dios mío! Y unos quejidos de los tiempos de las cavernas. La vivencia solamente era auditiva, entonces se magnificó. Yo temía ser torturado porque además yo sabía quiénes éramos o quiénes estábamos, porque éramos todos sospechosos. Entonces preferí matarme. Busqué el suicidio. Un cipote. Y al final me fugué del hospital (al que lo llevaron por las heridas en las muñecas), pero lograron meterme con un médico comunista, que era el doctor Mario Flores Ortiz. Él me trató.

¿Y de ahí es que usted parte a Solentiname?
Después Pablo Antonio Cuadra, que era mi guía, mi mecenas, mi protector, mi mentor, se dio cuenta y coincidió que en esos días andaba por aquí Ernesto Cardenal, y mirá cómo son las cosas de Dios: en la noche del día siguiente estaba montado en la lancha cinco estrellas rumbo a la luz de la luna a Solentiname. Un poco inquieto Cardenal porque un joven peludo, pantalones de campana, las muñecas vendadas; me preguntaba si andaba marihuana, me entendés, porque en ese tiempo hasta Bill Clinton andaba fumando marihuana. Pero nosotros no fumábamos eso los muchachos del Frente Estudiantil Revolucionario (FER), porque no había. Tal vez éramos jóvenes aficionados a la cerveza, pero éramos unos jóvenes estudiosos. Yo pintaba en puta. Pintaba como loco, dibujaba como loco. Nosotros teníamos de ejemplo a Rodrigo Peñalba, que era un hombre bien plantado, un padre de familia. Ya sabíamos del triunfo de Armando Morales en los Estados Unidos. Entonces todos los jóvenes aspirábamos a las grandes ligas, porque veíamos que había una forma de cumplir nuestros sueños más allá de estar pintando sandías, floreros. Además que, Dios mío, estábamos leyendo estética y marxismo, principios elementales de Filosofía, veíamos Historia de Nicaragua. Era una efervescencia bonita. Y el movimiento hippie que la verdad era una revolución. Estaban diciendo no a Vietnam y entonces qué es Vietnam. Ya el concepto antiimperialismo estaba. Y que fuimos invadidos, porque en la escuela no te enseñaban nada. Estábamos buscando una salida, buscando cómo tener nuestro propio lenguaje.

¿Usted era integrante del Frente Sandinista?
Yo pertenecí a las primeras células del Frente Sandinista que formó Germán Gaitán. Estaban Beltrán Morales, Leonel Vanegas, Germán Gaitán, Héctor Marín y yo. Esta célula se llamó Vladímir Mayakovski, que era un poeta ruso. Ahí los guardias te quebraban el culo. Nosotros no hicimos nada, ahí el que estaba más involucrado era Leonel Vanegas, porque era amigo de Humberto Ortega, Camilo Ortega, de Chico Moreno… Porque Leonel era ocho o diez años mayor que yo.

El maestro pintor Róger Pérez de la Rocha. LA PRENSA / Óscar Navarrete.

El maestro pintor Róger Pérez de la Rocha. LA PRENSA / Óscar Navarrete.

¿Y cómo fue para usted el viaje a Solentiname, lejos de todo esto que me cuenta?
Llego a Solentiname, estaba naciendo. Una comunidad contemplativa, de vida creativa pero altamente mística de artistas e intelectuales. Y ya estaba el proyecto. Ernesto tenía amigos de su clase, Felipe Mántica, Arturo Portocarrero, que le respaldaban su proyecto. Eran unas islas vírgenes para entonces, era pura selva. Entonces ahí era de trabajo. Había que despalar el monte, limpiar los alrededores de la casa. Yo le hacía con el machete y pintaba. Trabajaba y pintaba. Teníamos misa todos los días. Yo pintaba por la tarde y había un campesino llamado Eduardo Arana que me llegaba a ver pintar. “Sí, Eduardo, cómo no”, le dije. “¿Y yo puedo pintar eso?”, me preguntó. “Sí, cómo no”. Y se apareció algún día con unos bocetos que eran una vista de pajarón de la isla de Mancarrón. Con unas casitas y unas lanchitas con velas. Era tan naíf, como si era visto desde un helicóptero. Entonces yo le di las instrucciones y después llegó con este cuadro y así nació. Siguió pintando otros y se los vendimos. Entonces empezaron a llegar los otros y querían pintar también y ahí Ernesto vio la salida, porque es muy práctico y judío. Él vio que ahí había una mina creativa, porque ellos eran pobres, jodido. Si ahí comían a veces sin sal. Entonces mi trabajo era dar clases en la iglesia y en la tarde mi pintura. Imaginate que me llegó una carta de que la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua estaba iniciando su colección de poesía y quería comenzarla conmigo. Edición uno, tomo uno, poesía reunida de Pablo Antonio Cuadra y quiero que me lo ilustrés vos. Entonces te das cuenta de lo que era yo a los 20 años y yo allá en el fin del mundo. Entonces me estoy volviendo famoso, si querés. Sin estar queriendo, porque hicieron un gran ruido. Pero la verdad que eran presentables, eran buenos mis dibujos para un muchacho de escasa formación.

En una carta que usted escribe después de Solentiname, que está en su libro, usted le dice a Beltrán Morales que realizó pinturas “pijudas” y que desea convertirse en el “mejor pintor de Centroamérica”. ¿Recuerda eso?
No, no, no, no, no. Yo creo que ahí estás procesando la información. Yo nunca me creí mejor que nadie. En esto soy absolutamente honesto. Nunca me creí mejor que nadie porque me caía mal esa gente, los poetas que se creían mejores, presumidos. Yo siempre pensé que cada quién libraba su propia guerra, cada quién hacía lo mejor que podía. Esa carta era que después de Solentiname yo salgo para España. O sea, yo sigo ilustrando para LA PRENSA Literaria, y Ernesto (Cardenal) se dijo “a este cuate tenemos que sacarlo”, porque Nicaragua era un peligro. Estaba jodida la cosa. Realmente y aquí lo digo, Ernesto fue mi protector y fue como un padre. Me dio la lectura, me dio muchos consejos de formación. Y bueno, salvo que me le bebí el vino, porque me le pegaba como un carrizo de papayo al vino; yo cumplía con todo. Calificación 9.9, pues. Salvo por el vino. Porque ya desde entonces tenía inclinaciones por la bebida. Y lo notó Ernesto. Entonces cuando me voy becado a España con una recomendación de Pablo Antonio Cuadra, Carlos Martínez Rivas está de agregado cultural en Madrid. Entonces en mi carta de presentación que me da Ernesto para Carlos, dice: “Querido Carlos, ahí te va nuestro gran pintor Róger Pérez de la Rocha. Espero que tu compañía le haga mucho bien. Que lo llevés a pinacotecas y museos, que le presentés a pintores. Te pido que no lo hagás beber, ya que él tiene problemas con la bebida”. Imaginate, porque después a mí casi me mata el alcohol. Yo soy un sobreviviente. Después me convertí en alcohólico crónico patológico. O sea, científicamente. Bazuquero. Bazuquero degenerado. Así me hizo el alcohol. “Y te pido”, le dice en la carta, “que no bebás vos también, ya que es más importante escribir que beber, ya que no sabemos cuánto tiempo nos queda. Te abraza, ungido en Cristo, Ernesto”. Y Carlos lo agarró de goma y entonces se pone encachimbado y más bien me corrió. Sin embargo, Carlos me sirvió de guía por allá y me presentó a muchos pintores. Y también me dijo: “Usted no se ande creyendo, usted no es el gran pintor ni ni mierda. No conoce a Rubén Darío, no ha leído ni al Quijote, papito, nooo”. Esa fue otra escuela para mí.

Algunas de sus obras son El Dictador, La Tenebrosa EEBI, Hospital o Fusilamiento. ¿Usted dedicó parte de su vida a la denuncia política y social, al arte contestatario?
Sí, sí. Y aún sigo. Yo hice pintas en 1967. “FSLN” y la Guardia pintándola. Entonces ya era una toma de conciencia de que le íbamos a volar verga a este hijueputa (Anastasio Somoza Debayle). Esa del hospital de las camas es cuando el alcohol está haciendo mella en mí y son mis primeras hospitalizaciones. El alcohol llegó a atraparme. No me podía zafar pero he tenido suerte. El Ejército, con el doctor Juan Ignacio Gutiérrez Sacasa, que era el director, me dio atención hospitalaria y yo luchaba. Cuánto me costó superar este problema de alcoholismo. Ahora dirijo un centro de rehabilitación de alcohólicos y drogadictos, porque antes no había drogas, lo que había era alcohol.


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¿Ahora usted está sobrio?
Ah, sí, tengo 20 años. Tengo 20 años de no tomar. Tengo una hija de 19 años; tengo 19 años de no tomar. Yo tengo razones para vivir. Tengo un nieto que se llama Róger Emanuel, que está en cuarto año de Medicina en el Hospital Militar y la Milagritos, Milagro. Una niña de 7 años, 8 años. Razones para vivir, razones para luchar, razones para amar.

¿Se arrepiente de algo en su vida?
Pues no, hombre. No me arrepiento. ¿Qué vamos a lamentar del tiempo perdido? ¿Del tiempo vivido? Ahora me propongo a… Soy cristiano, me entendés, a ser buen cristiano. Creo en la justicia social. Creo, puta, en los campesinos. Luchamos por nuestro pueblo.

Usted hizo parte del Frente Sandinista, el arte era denuncia, pero ¿cómo es el arte de hoy en Nicaragua, hay denuncia de los jóvenes?
Tenés que ver el contexto de Nicaragua en América Latina, en América. Era la revolución cubana la que vino a poner la efervescencia. Y la vivencia de nosotros que estaba fresca la muerte de Sandino. Los Ernesto Cardenal, los Pedro Joaquín Chamorro, los Manolo Cuadra, nosotros tomamos la bandera de Sandino. Que se perdieron las elecciones, que si en la revolución cometieron muchos errores, puta, apostamos de todo corazón. Y lo demás, pues, ya ves vos cómo va. Yo prefiero en este caso… Sigo siendo sandinista, soy amigo de Daniel Ortega, de Rosario Murillo, en esta causa que tengo por ayudar a las personas y jóvenes que luchan por dejar el alcohol y las drogas. Ahora esta es mi lucha. Y el presidente Comandante Ortega, de tanto joderlo, nos cedió el terreno; una finquita de cinco manzanas. Soy miembro de la junta directiva de CARA, Centro de Ayuda y Rehabilitación del Alcohólico. Y nos da una mensualidad para que nos ayudemos, porque teníamos muchos problemas de planilla. Así que estoy de buenas con el Gobierno, aquí me tienen consideración y creo que bien ganada, porque he trabajado. Aquí tengo este espacio y no pago renta. Antes pagaba renta. Ahora me dicen que pague, pues, con cuadros. Ahí con un Sandino me dieron 20 mil dólares.

El maestro pintor Róger Pérez de la Rocha. LA PRENSA / Óscar Navarrete.

El maestro pintor Róger Pérez de la Rocha. LA PRENSA / Óscar Navarrete.

¿Cuál fue la obra más cara que ha vendido?
A bueno, creo que ese Sandino, para Jaime Morales Carazo, que me daba trabajo y que llegó a ser vicepresidente de la República, un banquero… Cuidado con los banqueros, jajaja. Me consiguió 20 mil dólares pero yo no toqué el dinero. Yo lo que quería es que fuera asignado a la renta, porque no quería que me estuvieran cobrando una mensualidad las administraciones anteriores. Y después he vendido cuadros en 15 mil dólares. Ese cuadro, Masacre en Monimbó, o La Tenebrosa EEBI, me dieron 15 mil dólares un coleccionista nicaragüense. Casi lo echan preso con esa pintura hijueputa, porque solo que seás bruto, solo que seás ciego, porque el guardia más bruto sabe que le estás diciendo hijo de puta.

¿Entonces el arte ya no es contestatario porque no estamos en la misma época?
Pues hombré, a mí me tocó vivir lo que viví. La juventud es la juventud y no hay juventud sin rebeldía. Porque si no, no sería juventud. Hay grupos… Pero te voy a dar nombres y apellidos: Patricia Belli con Espira Espora, la Fundación Ortiz Gurdián, Raúl Quintanilla, Luis Morales, para qué, está haciendo también el ministro de Cultura; Mario Madrigal, Peñalba Morales, que son los padres de la pintura; Donaldo Aguirre también. Hay uno que se llama Manuel Wong Valle. Damiana Correa… Había una muchacha que se estaba haciendo famosa pero ya me aburrió: Solange Saballos Estrada. Vi que escribía como bien. Un viaje al festival de poesía, como mochilera, y al final ya dejé de seguirla… En fin, pues, pero está también ella que me llama la atención porque tiene talento. Pero yo nunca estaré ajeno a lo social ni a lo político, pero ya pasó ese período de lucha concreta que vivimos en Centroamérica. En el grupo Vértebra en Venezuela y en el grupo Praxis en Nicaragua. Pero el artista nunca tiene que estar ajeno a su época. Yo no pinto margaritas. ¡Se necesitan huevos para volar verga! Una juventud que no es rebelde no es juventud.


Plano personal

Róger Pérez de la Rocha nació el 27 de marzo de 1947, en Managua.
Su nombre verdadero y completo, como indica en su libro Pérez de la Rocha, un pintor de la raza de los románticos, era Róger Antonio Franco Pérez, pero como su padre estaba casado con otra señora, según indica la obra, el pintor asumió los apellidos maternos a “mucha honra”, y le puso el “de la” para “darle timbre y lustre”.
Ha estado casado en cuatro ocasiones, pero ahora su pareja es Isabel Turcios, psicóloga. Dice que no piensa casarse otra vez, por ahora, pero que está “comprometido”.
En su libro el pintor también cuenta: “Casi me paren en un taxi, en las vecindades de dos cantinas con roconola”.
Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Nicaragua bajo la dirección de Rodrigo Peñalba, fue becado para especializarse en Pintura Mural en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, fue integrante del grupo Praxis de regreso a su país y se siguió preparando en diversos cursos dentro y fuera de Nicaragua.
En 1979 dirigió la Escuela Nacional de Bellas Artes de Managua.
Tiene dos hijos: Luisa Margarita del Carmen Pérez de la Rocha Rappaccioli (hija de Luvy Rappaccioli), de 19 años, que estudia Ingeniería Industrial, y Gonzalo Pérez Padilla (hijo de Martha Luz Padilla), un arquitecto de 40 años. También tiene dos nietos: Róger Emanuel y Milagros, y dice que son “sus razones para luchar y vivir”.
Cuando no está pintando tiene como pasatiempos el cine y la literatura. Una película que le fascina es Tristana (1970), de Luis Buñuel, y uno de sus libros preferidos es Lolita (1955), de Vladimir Nabokov.

El maestro pintor Róger Pérez de la Rocha. LA PRENSA / Óscar Navarrete.

El maestro pintor Róger Pérez de la Rocha. LA PRENSA / Óscar Navarrete.


Imágenes de una exposición del maestro Pérez de la Rocha en 2016 (fotografías de LA PRENSA / Roberto Fonseca):

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