El misterio de los 13 marineros del Miss Johana Betsey

Con la mirada puesta en el horizonte permanecen familiares de 13 marineros del barco Miss Johana Betsey, que desapareció misteriosamente hace un mes. Esperan un milagro.

Desde hace un mes que Virginia Larrave llama todos los días a su marido por celular sin recibir contestación. Todas las llamadas que le hace inmediatamente caen en buzón de voz. La última vez que se comunicó con él fue el pasado jueves 29 de junio, cuando su esposo, Denis Antonio Ballesteros Aráuz, de 40 años de edad, se subió al barco del cual él es el capitán, el Miss Johana Betsey, en el muelle de Corn Island.

Eran las 9:48 de la noche de ese jueves y Ballesteros le dijo que iba a cenar y que si lo podía llamar a las 10:30 de la noche. Desde entonces no volvió a hablar con su marido. Larrave lo llamó a las 10:30 y ahí comenzó a escuchar el mensaje del buzón de voz. “Qué rápido llegaron a donde no hay señal”, pensó ella. A partir del sábado primero de julio lo ha llamado todos los días, sin excepción. Y también todos los días se acuerda de aquella frase que su marido le decía y que a ella tanto le disgustaba: “Uno sabe que va al mar, pero no sabe si regresa”.

Junto con Ballesteros, en el Miss Johana Betsey viajaban otros 12 marinos, 13 en total, quienes se suponía tenían que haber regresado al muelle de Bluefields, a más tardar el domingo 2 de julio, pero hasta el día de hoy no se sabe nada de ellos. Ellos no iban a pescar, solamente iban a colocar unas “nasas” y luego regresarían. Una nasa es una caja construida con reglas de madera que tiene una malla especial que compran en Estados Unidos y que toda ella sirve como una trampa para capturar langostas.

La búsqueda del Miss Johana Betsey ha sido la más grande que recuerden los pescadores de Bluefields en los últimos años. Y nada. Como que si se los tragó el mar. En las operaciones de búsqueda han participado 85 marineros, tres guardacostas, ocho lanchas rápidas y un helicóptero del Ejército nicaragüense, un avión del Comando Sur de Estados Unidos y una aeronave de la armada hondureña. Para este fin de semana está programada una búsqueda de parte de un grupo de buzos. El mal tiempo, debido a las constantes lluvias, han obstaculizado el rastreo. Hasta ahora se han hallado unos cuantos objetos que, según el dueño del barco, Eduardo Tomás Zeledón Tinoco, de 35 años de edad, sí pertenecen a la embarcación, como una mochila, un bote salvavidas, y dos nasas.

Sin embargo, esas evidencias son insuficientes para determinar con exactitud qué ocurrió con el barco y los 13 marineros. “Si el barco se hubiera hundido, al menos uno de los cuerpos ya hubiera flotado”, es el enigma que se plantean los blufileños.

Edelmira Dávila Avendaño hace arreglos en el altar improvisado en memoria de los 13 marineros desaparecidos, entre ellos su hijo José Esteban Jirón Avendaño, de 27 años. LA PRENSA/ URIEL MOLINA

El “pavo”

“Pavo” le dicen en Bluefields al marinero novato. Los pavos están autorizados para trabajar en un barco y van por vez primera al mar. En el Miss Johana Betsey iba uno: Genaro Enrique González Aragón. El ser “pavo” quiere decir que no entra en planilla de pago. Primero tiene que probar que sí puede con el trabajo. Para suerte de estos primerizos, los marinos y el capitán le dan una ayuda hasta que lo aprueben como marino.

Con 18 años de edad, González Aragón se salió de estudiar, estaba en cuarto año de secundaria, solo para ir a trabajar al mar. Ser marino era su mayor deseo.

González Aragón estuvo viviendo seis años en El Tortuguero y su excuñado, Heyler Sebastián Bravo López, de 22 años de edad, es otro de los 13 marineros desaparecidos. Bravo le platicaba a González que el mar es bonito. “Lo único es que te afligís cuando solo ves agua y nada de tierra”, le decía.

Cuando González Aragón se subió en el Miss Johana Betsey “iba con esa felicidad”, recuerda su hermana Ana Yanori Cano. “Yo le dije (por teléfono) que los que van por primera vez lloran. Que se portara como hombre, que no quería que viniera llorando como niña”, relata Cano. El joven solo se ponía a reír.

En realidad González Aragón no estaba presupuestado para viajar en el Miss Johana Betsey. Un hijo del capitán Denis Ballesteros, de 20 años de edad y quien es sordomudo, era quien viajaría, pero González insistió tanto en que quería ir a conocer el mar y trabajar, que el capitán Ballesteros finalmente decidió dejar a su hijo y llevarse a González.

Dirigiéndose a su esposa Virginia, el capitán dijo, refiriéndose a su hijo sordomudo: “Pienso que usted lo va a necesitar más aquí”.
El capitán Ballesteros tiene tres hijos con su esposa, dos varones y una mujer que en diciembre próximo cumplirá 15 años de edad. Él tiene casi todo listo para celebrar el cumpleaños de su hija. Los dos varones son sordomudos y el mayor, de 20 años de edad, era quien se iba a ir en el barco con él. La esposa de Ballesteros está hoy agradecida de que su hijo mayor se quedó con ella. “Él es el hombre de la casa”, decía su padre.

Una familiar de uno de los 13 desaparecidos del barco Miss Johana Betsey espera en el muelle de Bluefields. Los parientes de los marineros extraviados comienzan a desesperarse y este viernes le realizaron fuertes reclamos al dueño del barco. LA PRENSA/ URIEL MOLINA
Una familiar de uno de los 13 desaparecidos del barco Miss Johana Betsey espera en el muelle de Bluefields. Los parientes de los marineros extraviados comienzan a desesperarse y este viernes le realizaron fuertes reclamos al dueño del barco.
LA PRENSA/ URIEL MOLINA

Angustia, desesperación y esperanza

Desde el lunes 3 de julio pasado, cuando se comenzó a divulgar la desaparición del barco y los 13 marineros, que en un principio aseguraban que habían naufragado, la angustia y la desesperación se apoderaron del segundo piso de una casa color verde con blanco que está junto al muelle de Bluefields. Allí se concentraron los familiares de los desaparecidos y donde el dueño del barco tiene oficinas.

Al principio eran unas 150 personas y algunas de ellas se desmayaban o se les subía la presión, especialmente a las madres.
La llegada de los familiares a esa casa es todos los días, desde aproximadamente las 9:00 de la mañana hasta las 4:00 de la tarde. El Gobierno regional y la secretaría política del FSLN gestionaron para que un médico esté presente y atienda emergencias con un tensiómetro, un glucómetro y una bolsa de pastillas. También se dispuso que cada día una institución les lleve almuerzo.

Este martes pasado la comida fue pollo frito, ensalada de papa, ensalada de repollo y un refresco de sabor artificial. El miércoles fue arroz, carne molida con repollo e igualmente refresco.

Con el paso de los días van llegando menos familiares. A algunos de ellos se les hace difícil mantenerse en el lugar. La vida tiene que seguir. Hay que estudiar y trabajar.

Lo que hace Juana Asunción Mendoza Vásquez, de 40 años de edad, es “traerse el trabajo” a la casa verde con blanco. Ella es profesora y todos los días a las 11:00 de la mañana, después de dar clases, le dan permiso para que se traslade a esperar noticias de su esposo Aníbal Armando Ramírez, de 45 años. En el salón, donde están todos los familiares de los marineros, ella se sienta en un lugar apartado y desde allí está planeando clases o corrigiendo tareas. “Todos los días (desde el lunes 3 de julio) he venido. Desde aquí estoy trabajando. Cuando me di cuenta quedé en shock, pero tengo tres hijos con él y ellos son los que me han dado fuerza para seguir en esta espera”, comenta Mendoza.

Estos son los 13 marinos desaparecidos:

La esperanza de Edelmira Dávila Avendaño, de 45 años, es que su hijo José Esteban Jirón Avendaño, de 27, y sus demás compañeros sean encontrados aunque sea en otro país, como ha ocurrido con otros marineros. Todas las noches se acuesta llorando por su hijo. “¿Cuándo los van a hallar? Un día buscan y otro no. Yo sé que el agua está sucia, que hay mal tiempo, pero yo quisiera que nos ayuden, que nos hagan el favor. Yo quisiera que él viniera y sentirme feliz”, dice Dávila.

Dávila se refiere a que todos los días ellos pasan en la casa blanco con verde, esperando, pero aún no les dan ninguna información concreta sobre sus familiares. Al lugar llegan los religiosos a orar con ellos, católicos, moravos y evangélicos. En un rincón del salón colocaron un improvisado altar poniendo un manto rojo sobre una silla y adornaron una imagen del Divino Niño y otra de la Virgen.

Juan José Bravo, de 63 años de edad, dice que él no está agotado de estar esperando a su hijo Heyler Bravo, de 22. “Yo me siento como que comienzo (la espera), no estoy agotado”, dice.

Bravo recuerda que hace nueve años se separó de su esposa y de los 14 hijos que tuvo el único que quiso irse con él fue Heyler. El día que se dio cuenta de que su hijo estaba desaparecido sintió como que si se le había muerto. “Es un buen muchacho. Aprendió a todo en el campo. Si está en alguna parte no le da pereza de nada”, alega.

Los familiares de los marinos se aferran a la esperanza. En primer lugar, ni el barco ni ningún cuerpo han sido encontrados. Luego, muchos marinos han estado perdidos muchos días y aparecen en lugares lejanos. Por último está el corazón, el cual a algunos les dice que su familiar está vivo.

En otro de los rincones del salón está una joven de 20 años de edad, Rosa Esbenia Paiba, y junto a ella, en el piso, sobre una colchoneta, duerme una niña de 11 meses de edad. No se despierta con todo el ruido que se hace en la sala. Es la hija que Paiba procreó con Rafael Junior Tablada Lackwood, también de 20 años y uno de los 13 marinos desaparecidos.

Tablada se bachilleró recientemente y estudiaba en la BICU lo que llaman el “semestre común”, como una antesala para entrar a una carrera. En este caso el joven quiere estudiar Ingeniería Civil.

El 29 de junio, por la noche, el último día que habló con él, Paiba cuenta que su marido le dijo que tenía frío, que le iba a cortar la llamada porque se iba a meter al barco y que le llamara después. Él ya no le contestó más. El teléfono celular sonaba y sonaba, pero Tablada no respondía. A las 11:00 de la noche la llamada cayó en el ahora aborrecido buzón de voz. “Yo siento que él está vivo. Hasta que me enseñen un hueso, le hagan una autopsia, un ADN y me digan sí, este es tu marido”, dice Paiba.

Otra familiar que tiene fe en que están vivos es Ana Melania Chavarría Lumbí, de 40 años y esposa de Daniel Antero González, de 44 y cocinero del barco. “Lo sueño solo vivo. No lo sueño muerto”, afirma.

González toda su vida ha sido marinero y en los últimos días le había dicho a su esposa que ya estaba cansado del mar. De todo el mes pasa 20 días en el mar. Y a veces hasta 45 días continuos en altamar. Su esposa disfruta cuando él regresa a casa porque cocina muy rico, asegura.

“Como yo le dije que pasaba aburrida, esta vez me dijo que no me quería dejar sola y que este año no iba a ir al mar. Pero el dueño (del barco) le tiene confianza y hasta le dio mil córdobas de adelanto para que se fuera”, explica Chavarría.

Y Alejandra del Socorro Martínez, de 54 años y madre del marino Marcial Bautista Brenes Martínez, de 20, dice: “Yo solo quiero saber la verdad”. Con esa frase resume todo el sentir de los desesperados familiares.

De los 13 marineros desaparecidos, solo la familia de uno de ellos no está constantemente en la casa verde con blanco. Se trata de Josué Daniel Mejía, de 35 años de edad. Él es originario de Managua, pero desde hace varios años vive en el Caribe Sur. Actualmente vive en la comunidad Santa Rosa, de El Rama, con su compañera Bertha Isabel Espinoza, de 29. Espinoza tiene un niño de 4 años de edad con Mejía y también tiene dos hijos más de una relación anterior.

El año pasado Mejía trabajó en otro barco, el Rey Manuel, en donde andaba de cocinero. Pero este año el hombre quiso probar suerte en el Miss Johana Betsey porque allí “pagaban un dólar más”. En una ocasión, cuando más ganó, Mejía sacó 14 mil córdobas en un mes, pero llegó sin un centavo a su casa. Lo asaltaron en Bluefields.

En esa ciudad a Mejía lo asaltaron en total dos veces. Y en cada una de esas ocasiones su hijo gritaba, hacía berrinche, como presintiendo que a su padre le había ocurrido algo malo, indica Espinoza. Pero esta vez, cuando su papá está desaparecido, el niño ha estado tranquilo. Por eso, Espinoza cree que su marido está vivo. “Yo vivo solita en mi casa, a la hora que sea yo estoy despierta y nunca me ha salido nada tampoco”, manifiesta.

La parte frontal de la casa verde con blanco, a la par del muelle de Bluefields, donde todos los días los familiares de los 13 marineros desaparecidos los llegan a esperar a ellos o alguna noticia sobre los mismos. LA PRENSA/ URIEL MOLINA

Cambio en la salida

El Miss Johana Betsey es un barco construido todo de hierro naval y tiene algunas divisiones de madera, explica su dueño Eduardo Zeledón. Tiene cinco años de tenerlo y se lo compró al padre de la actual alcaldesa de La Desembocadura de Río Grande, Betsey Johana Sinclair Humphrys. De ahí que el barco se llama Miss Johana Betsey.

Lo compró barato, dice, en 70 mil dólares. Para mejorarlo le ha invertido más de 25 mil dólares, explica Zeledón, mientras muestra documentos que certifican dichas mejoras. “Lo que haya pasado no fue porque el barco estaba malo”, se defiende Zeledón, quien es dueño de cuatro barcos en total, incluido el desaparecido.

El pasado martes 27 de junio, a las 2:00 de la tarde, el barco salió de El Bluff. Zeledón explica que los barcos grandes siempre apoyan a los pescadores artesanales regando nasas y por eso el Miss Johana Betsey fue a plantar en el mar algunas de estas trampas para capturar langostas. Luego se dirigió a Corn Island. Allí hubo atrasos con las nasas que iba a cargar y Zeledón tuvo que llegar el miércoles 28 al lugar para poner orden en la situación.

El jueves 29, a las 11:00 de la mañana, terminaron de cargar las nasas en el barco. Por la tarde hubo una confusión. No había permiso para darle salida a los barcos que iban a pescar. Pero el Miss Johana Betsey no iba en jornada de pesca, sino solamente a dejar nasas en alta mar, esta vez ya no de los pescadores artesanales, sino las propias de Zeledón.

Finalmente le dieron salida al Miss Johana Betsey. Habían pronosticado mal tiempo, pero si el barco regresaba el viernes en la noche o al amanecer del sábado, no iba a tener problemas. Le daba tiempo de ir y regresar.

Los marineros habían llamado a sus familiares explicándoles que ya no iban a salir de Corn Island ese día. Pero después los sorprendieron llamándoles y diciéndoles que ya iban lejos en el mar.

“A las 6:00 de la tarde me dijo que no iban a salir. Y a las 7:20 me dijo que ya iban a salir”, dice Rosibel Melgara sobre las pláticas que tuvo con su hijo Antonio Nicolás Melgara, de 36 años de edad, el día jueves 29 de junio. “Dieron permiso, ya estamos lejos del muelle”, le dijo su hijo. Y luego le pidió que se cuidara porque ella estaba enferma de la presión y tiene problemas con un ovario.

Rosa Esbenia Paiba también cuenta que su marido Rafael Tablada le dijo que no iban a salir. “A las 3:00 de la tarde me llamó diciendo que no iban a salir porque había mal tiempo. A las 7:00 de la noche me dijo que sí iban a salir y que no sabía por qué los dejaban salir. Me pidió que cuidara a la niña y yo le dije que no saliera, que no nos estábamos muriendo de hambre. Pero los hombres no hacen caso”, explica Paiba.

Algunos de los marineros también se quejaron con sus familiares de que la nave iba sobrecargada. “Vamos saliendo, mamá. Voy bien afligido. El barco va demasiado cargado. Écheme la bendición. Que Dios te guarde, le dije. Ya estoy en lo que estoy, me contestó”, relata Alejandra del Socorro Martínez, de 54 años, sobre lo último que platicó con su hijo Marcial Bautista Brenes Martínez, de 20.

El dueño del barco dice que la nave iba correcta en cuanto a la carga. Llevaba 260 nasas, a las cuales, además de la regla de madera, se les unta algo de cemento en las esquinas y también se les cuelga un pequeño saco con tres paladas de arena, para que cuando sean echadas en el mar, puedan hundirse hasta el fondo.

Un barco parte del muelle de Bluefields cargado con nasas iguales a las que llevaba el Miss Johana Betsey cuando desapareció el pasado 29 de junio. LA PRENSA/ URIEL MOLINA

La desaparición

Zeledón vio salir el barco de Corn Island a las 7:30 de la noche del jueves 29 de junio pasado. Iba todo tranquilo. El capitán Ballesteros informó que las olas del mar tenían una altura de cuatro a cinco pies, lo cual es considerado normal.

A las 10:00 de la noche fue la última vez que Ballesteros se comunicó con tierra. Habló con el abastecedor y estuvieron chileando.
El viernes Zeledón intentó llamar por radio al barco. No le contestaron. Tres veces llamó entre las 8:00 y las 9:00 de la mañana de ese día. El capitán de otro de sus barcos le dijo: “Maña que tienen estos de apagar el radio”.

A las 2:00 de la tarde todo barco se debe comunicar con Capitanía, para reportar la ubicación. Los del Miss Johana Betsey no lo hicieron. “A veces eso pasa”, explica Zeledón.

El sábado, Zeledón llamó a amigos de otros barcos y les preguntó si habían avistado al Miss Johana Betsey. Todos respondieron que no. “Si los ven, díganles que se reporten, que nos van a multar”, les pedía Zeledón.

A las 2:00 de la tarde del sábado primero de julio, los del barco tampoco se comunicaron con Capitanía. Zeledón dice que no quiso alarmar a los familiares pero él sí ya estaba muy preocupado. La baliza, un objeto que señala la ubicación de los barcos y que es manejado por una empresa desde Managua, indicó que la última vez que el Miss Johana Betsey fue detectado estaba a 11 millas náuticas al noreste de la isla Pequeña. Zeledón alertó a la Naval. El lunes estalló la noticia y desde entonces Zeledón toma pastillas para poder dormir.

Algunos familiares se quejan de Zeledón. Y él también de ellos. Dice que no lo dejan trabajar, que quieren que él siempre esté con ellos en el muelle, pero él necesita moverse para poder encontrar el barco.

Zeledón calcula las pérdidas por la desaparición del Miss Johana Betsey en cuatro millones de córdobas. Y todavía debe tres cuotas del barco, de 1,500 dólares cada una. Pero aclara, lo más importante son las personas y sus familias.

Las familias de los marineros continúan en la casa verde con blanco, esperando a sus familiares. Todos sufren. El mensaje de buzón de voz que escuchan cada vez que llaman a sus parientes se les clava como un cuchillo en el corazón.

barco desaparecido en el Caribe, Costa Rica, Corn Island
Esta es la embarcación desaparecida en el Caribe nicaragüense desde finales de junio. LA PRENSA/ CORTESÍA

En el desamparo

El presidente de la Asociación de Pescadores de la Costa Caribe, reverendo George Wrigth, indicó que en este momento es temporada de pesca de langosta y todos los barcos langosteros están en alta mar, por lo cual es muy raro que ninguno de ellos haya visto el Miss Johana Betsey. “Al menos alguna nasa debieron haber visto”, dice Wrigth, quien no cree que los objetos encontrados hasta ahora sean del barco desaparecido. “Esas nasas que hallaron son de días anteriores. Ahorita todos los barcos tienen nasas nuevas”, dice.

El reverendo no cree que el narcotráfico esté de por medio en esta desaparición, pero sí cree que la mafia, colombiana tal vez, o de otros países.

En lo que hizo énfasis el líder de pescadores es en que el Gobierno debe poner más empeño en este caso, del que ya ha puesto, y vea de cerca la necesidad de esas 13 familias, ya que los pescadores desaparecidos son el único sostén en sus hogares. “Ahí hay niños”, dice.

Virginia Larrave, la esposa del capitán Denis Ballesteros, relata que ha tenido que salir a vender bisuterías o hacer sopa para vender. “La gente se ha solidarizado conmigo y para apoyarme me compran”, dice agradecida.

Los círculos de oración son constantes entre los familiares de los 13 marineros desaparecidos a bordo del barco Miss Johana Betsey. LA PRENSA/ URIEL MOLINA
Los círculos de oración son constantes entre los familiares de los 13 marineros desaparecidos a bordo del barco Miss Johana Betsey. LA PRENSA/ URIEL MOLINA