Crítica de cine: Annabelle 2, La Creación

Juan Carlos Ampie ya vio Anabelle y dice que "los recibos de taquilla comprueban que hay una audiencia para películas como esta". ¿Irías a verla?

Annabelle

Las películas de horror prevalecen como rito de maduración. La gente joven, contra todo pronóstico, sigue acudiendo al cine para asustarse. Sin duda influenciados por el éxito expansivo de Marvel, los estudios apuntan a crear “universos cinemáticos”, películas conectadas por hilos narrativos, perdiéndose en tangentes o trazando caminos complicados. La idea es crear productos que simplemente tienes que ver, si quieres tener la historia completa. Comprar el boleto para la primera película se convierte en una maldición: ¡Tendrás que ver todas las demás!

El éxito de taquilla de El Conjuro (2013) generó una subfranquicia dedicada a la muñeca Annabelle, uno de los objetos empleados para aterrar a la desafortunada familia que se alojó en una casa embrujada. Es como si hubieran producido una secuela sobre el payaso que figura en una memorable escena de Poltergeist (1982). Annabelle (2014) antecede incluso a la secuela propiamente dicha, El Conjuro 2 (2016). Ahora, nos llega su historia de origen que salta al pasado para expandir la mitología.

En 1943, el artesano creador de muñecas, Sean Mullins (Anthony Lapaglia), y su esposa Esther (Miranda Otto) sufren una pérdida trágica. Doce años más tarde, abren la puerta de su hogar a un grupo de huérfanas, acompañadas de la hermana Charlotte (Stephanie Sigman). La casa es acogedora pero extraña. La esposa nunca sale de su habitación. El hombre, hosco y remoto, mantiene un cuarto del segundo piso enllavado. Esto pica la curiosidad de Janice (Talitha Bateman) y Linda (Lulu Wilson), amigas inseparables cuya amistad será puesta a prueba por una presencia maligna.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine. LA PRENSA / Óscar Navarrete

La película es un pequeño triunfo de atmósfera. La casa es un escenario hermoso y amenazante en partes iguales. Los elementos de estilo de la época son tan familiares como extraños. Esto se hace patente en una impresionante toma extendida que sigue a las niñas mientras reconocen el lugar por primera vez. Curiosamente, una vez que los elementos sobrenaturales entran en juego, Annabelle: La Creación se vuelve menos interesante.

La serie de episodios que conforman el grueso de la trama dependen de crear anticipación y satisfacerla con una revelación. El golpe, el “susto”, siempre viene remarcado por un efecto de sonido de volumen magnificado. Algunos momentos son efectivos, pero la dinámica se vuelve repetitiva. El subtexto es similarmente simple: el demonio es malo y obliga a la gente a hacer cosas malas. El sesgo juvenil queda en evidencia por el poder negativo que se confiere al evento biológico de la muerte. No hay nada más terrible e incomprensible que eso, al menos, para alguien que está empezando a vivir.

El “nuevo horror” puede ser el gemelo malvado del nuevo cine religioso, en la medida que ambos se apoyan en concepciones cristianas conservadoras. En Annabelle…, el diablo existe, y la gente que se resiste a aceptar la voluntad divina —digamos, los padres de una niña que muere en un accidente— deben ser simbólicamente castigados. Los recibos de taquilla comprueban que hay una audiencia para películas como esta.

El problema de Annabelle… reside en que los realizadores son descuidados, sembrando semillas que luego no cosechan. La magnífica introducción de la casa no tiene repunte en el clímax. Una muchacha queda encerrada en un granero con un espantapájaros demoníaco y después aparece como si nada. Estamos supuestos a dejarnos llevar por la histeria del momento. Hay algo gratificante en la manera en que finalmente conectan este filme con los demás, pero el efecto completo depende de haber visto la película anterior. Y sí, al final de los créditos hay una escena extra que anticipa otro filme. Aliste su cartera.


Lea también – Crítica de cine: Valerian y la ciudad de los mil planetas