Dos Cristos y una historia

La Catedral de León contiene muchos relatos históricos desconocidos y ha sido testigo mudo de innumerables acontecimientos tristes y alegres.

La Catedral de León, además de majestuosa, contiene muchos relatos históricos desconocidos y ha sido testigo mudo de innumerables acontecimientos tristes y alegres.

Existen en dicha iglesia, dos Cristos interesantes: El Cristo de Pedrarias o Sangre de Cristo —de madera fina con brillo de bronce—  que fue traído de León Viejo y que está en la segunda nave norte y el Cristo también de madera fina, que fue donado por la familia Icaza y que yace en el costado sur.

Ambos Cristos tienen un gran valor espiritual, artístico e histórico y comparten una historia similar.

El 21 de agosto de 1685 William Dampier, atraído por los escritos de Tomás Gage, desembarca con sus hombres en el playón del Jaguey. Se dirigen a la ciudad de León la que toman por asalto a pesar de la resistencia de sus ocupantes. La suegra del gobernador, doña Paula del Real, heroína olvidada, animó a los habitantes a luchar tocando un tambor por las calles de la ciudad. León pierde trece de sus mejores hijos y cae en manos de las hordas del pirata.

Los filibusteros asaltan iglesias, queman casas y asesinan impunemente. De la Catedral intentan llevarse el Cristo de Pedrarias que creen es de oro. Le pegan tres sablazos en el pie derecho y al comprobar que es bronce, lo dejan abandonado. Incendian la Catedral, el Convento de la Merced y el Hospital de Santa Catalina.

Huyen los malhechores pasando por el puerto de la Posesión o el Realejo al que también destruyen.

Una de las dos bajas que sufre Dampier es un viejo capitán, Mr. Swan, que había peleado en Irlanda bajo las órdenes de Oliver Cromwell. La otra baja es un comerciante, Mr. Smith, de quien se dice que enamorado de una mulata que conoció en las Islas Canarias y que sorpresivamente se encontró en León, decide quedarse a cambio de reconstruir la ciudad y su Catedral. Sin embargo, Dampier  asegura en su obra A new Voyages Round the World  que Mr. Smith es canjeado por una dama de alta alcurnia que habían secuestrado.

El Cristo permanece incólume con sus tres sablazos en la actual Catedral.

El otro Cristo, el que yace sobre la tumba de los que lo donaron, fue hecho por don Saturnino Zapata, ebanista sutiaba que era no creyente, según datos personales obtenidos de la familia Icaza.

Este segundo Cristo que es una obra magistral de arte fue dado a hacer por Rosita Baca Icaza a finales del S XIX.

Esta señora era tataranieta del gobernador José Antonio Lacayo de Briones. Fue la primera presidenta de la Cruz Roja en Nicaragua y era esposa del héroe nacional José Francisco Balladares, uno de los pocos que se resistió a la vergonzosa demostración de fuerza del entonces imperio bufón prusiano en el caso Eisentuck-Leal. Es en su casa donde se celebra la primera Gritería con gorra. Ella descansa debajo del Cristo junto a su yerno el señor Carlos Manuel Icaza Enríquez.

El Cristo, con sus gonces y sus brazos que pueden moverse como articulaciones naturales, todos los Viernes Santo es sacado de su nicho, cuidadosamente limpiado con aceites, perfumado y luego crucificado por la mañana en el centro del altar mayor.  Luego es bajado de su cruz y solemnemente llevado en procesión a las tres de la tarde ese mismo día.

Cuando las turbas comandadas por los sandinistas asuelan León en el año 1979, se introducen a la Catedral. Llenos de ignorancia, profundo odio social, y absoluto irrespeto a Dios, destruyen cuadros religiosos de gran valor. El Cristo es víctima del vandalismo y con gasolina se le pega fuego. Estos individuos que aún caminan sin castigo en nuestras calles no pudieron saciar su resentimiento social.  El Cristo no se quemó dejando solamente una pequeña mancha oscura en su talón derecho como marca testifical del daño que quisieron hacerle.

Jesús vive en dos figuras de valor trascendental en nuestra magna Catedral, una con sus sablazos y la otra con su mancha de hollín, victorioso como lo es Cristo Rey.

El asalto de salvajes y amargados sociales impunes, piratas ambiciosos, e indiferentes ciudadanos, no han podido, ni podrán jamás vencerlo.
El autor es médico y cirujano.

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