Nindirí, un pedazo de paraíso

Este es Nindirí, reducto sagrado de la vieja estirpe, asentado desde los albores del tiempo en una fértil llanura interlacustre de origen aluvial sobre la que el viento vuela con la fuerza de la historia y los sueños penetran todas las vigilias entre la palpitante sombra de la verde arboleda.

Extraer de la memoria los recuerdos es volver al pasado para vivir el presente, dice un viejo adagio. Es eso realmente lo que me mueve a recrear en mis  pensamientos la grata satisfacción que hace 22 años me  causó el hecho,  cuando la Asamblea Nacional aprobó el 23 de agosto el acuerdo por el cual se eleva a Nindirí a la categoría de ciudad, un acontecimiento político-cultural que muy bien recordamos, primero, por la satisfacción que produjo en toda la población y segundo, porque me considero parte de este hecho histórico al haber tenido la oportunidad de trabajar personalmente para alcanzarlo.

Nindirí, aquel pueblecito de los cronistas del siglo XVI, de hombres y mujeres amables y generosos; supongo que  volverá a celebrarlo como una hermosa ocasión para renovar la promesa de perfilar los esfuerzos en la búsqueda de su grandeza aprovechando el hecho de que el supremo Dios le ha conferido una riqueza cultural, y pueda dejar en el tiempo su crisálida para volar hacia el horizonte que le ha reservado. Bendita particularidad para festejar este importante acontecimiento que marca el punto de partida hacia adelante, de un pueblo tan nombrado desde lejanos tiempos y hemos de celebrarlo con los valores de una franca espiritualidad, poniendo nuestra mirada con fe y esperanzas en el porvenir, interesándonos por el progresivo desarrollo social y cultural lo cual las generaciones pasadas alimentaron cada día y de ello hicieron el emblema de su propia identidad.

El carmelita descalzo Antonio Vásquez de Espinoza, en 1613 asombrado dijo: “Cuatro leguas delante de Managua, está el pueblo de Nindirí, de muchas fiestas y regalos, parece un pedazo de paraíso… Hácese en él cantidad de jarcias y lona de algodón para velas de los barcos del Perú… solo para escribir de la laguna y las cosas de este pueblo habría bien para alargar la pluma… cruzamos calles sombreadas y cerradas de piñuelas hasta desembocar en una espaciosa plaza, en cuyo centro se levanta una iglesia de exquisito arcaísmo… Salimos del pueblo, sin olvidar de dar las mil gracias a una indita de reír cascabelero que en blanquísimos huacales nos dieron de beber una rica mixtura de agua de coco con jugo de marañón”.

Sin duda alguna Nindirí en los designios del gran creador del universo fue diseñado como un proyecto de mejores oportunidades, sus calles donde se aspiró siempre la fragancia del resedo y el lilán, sus viviendas jadeantes de esmeralda y de cantos de pájaros, su laguna, misterioso acento de cuentos y leyendas, el paisaje resplandecido de albores y crepúsculos, su iglesia, monumento sagrado de religiosidad y cultura, su gente singularmente apacible y serena tanto hoy como ayer.

Así es la joven ciudad de Nindirí, siempre, siempre un pedazo de paraíso, un pueblo mítico del que muchas cosas se han leído pero muy pocas hemos vivido. “Tierra de encantos y leyendas” le hemos nombrado, pues los nindirises, particularmente  sus mujeres,  llevan en el alma la pasión con la ilusión, cual los cantares de aves angelicales que con el clamor de líricos violines hablan el lenguaje del amor. ¿Quién diría que esta enigmática tierra no fuera una atracción o una referencia de la cultura clásica del mundo greco-romano bajada del monte Olimpo? Será por esto que el viajero George E. Squier dijo: “Tu nombre musical que a muchos años, cuando Roma era joven todavía/ no ha perdido a través de los tiempos/ su suave y amorosa melodía./ Y en tu fantasía ver quisiera/ pintada con crayón de hábil artista,/ como Olimpo tu lago y tu montaña/ y tenerla perenne ante mi vista”.

Este es Nindirí, reducto sagrado de la vieja estirpe, asentado desde los albores del tiempo en una fértil llanura interlacustre de origen aluvial sobre la que el viento vuela con la fuerza de la historia y los sueños penetran todas las vigilias entre la palpitante sombra de la verde arboleda.

El autor es historiador.

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