Jesús es mi vida

Es verdad que los cristianos solemos ser más teóricos que prácticos, que la fe en Jesús la hemos reducido a una bella teoría o a un recuerdo del pasado que nada dice hoy a la vida

Jesús, vida

Conocer la identidad y la raíz de lo que soy y de donde vengo, conduce a verme tal como soy frente a mí y a los demás. ¿Quién soy yo? ¿Quién es mi familia? ¿Quién es ese que está enfrente de mí?

Preguntarme ¿quién soy yo?, es preguntarme por mi vida, por los valores que la sostienen, por lo que hago y cómo actúo, por el sentido que le estoy dando a mi vida en cada momento.

Preguntarme por mi familia es preguntarme por mi vida de comunidad, por el amor y la comunión que llevo a cabo entre los míos, por lo que hago en el hogar, por mi actitud ante los hijos, ante la esposa o el esposo, por mi actitud ante mis padres y hermanos…

Preguntarme por el que está enfrente a mí es preguntarme hasta qué punto me importan los demás, hasta qué punto los demás me comprometen, hasta qué punto el otro afecta mi vida y es capaz de inquietarme.

Esta es la pregunta que hace también Jesús a sus discípulos: “¿Quién soy yo para ustedes?” (Mt. 16, 15). Simón Pedro es alabado por Jesús porque ha respondido correctamente: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 16).

A la pregunta de Jesús no se puede responder al estilo del catecismo que aprendimos, cuando éramos niños, de una manera teórica:

“¿Quién es Jesús? Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre”… Preguntarse por Jesús es preguntarse lo que significa Jesús en mi vida concreta, darme cuenta hasta donde influye Jesús en mi vida, en mi obrar y actuar; hasta qué punto Jesús me ha cambiado.

Es plantearme si Cristo le ha dado algún sentido a mi vida; si Jesús está siendo mi Mesías, mi liberador. La pregunta de Jesús ¿quién soy yo para ustedes? solo puede tener una respuesta y esa respuesta se da “desde la vida”.

Estaba con unos amigos y uno de ellos compartía la felicidad de haberse convertido a Jesús en una Hora Santa a los pies de Jesucristo, y una persona que le escuchaba le cuestionaba: “¿De modo que te has convertido a Cristo?  “SÍ”, respondió.

“¿Entonces sabrás mucho sobre Él?  Dime: ¿En qué país nació Jesús?” —No lo sé. “¿A qué edad murió?”—  “Creo que a los 33”. “¿Sabrás, al menos, cuantos sermones pronunció, no?” —“Pues no lo sé, pero leo, medito el Evangelio y voy al Santísimo cada semana”.

“La verdad es que sabes muy poco, para ser un hombre que afirma haberse convertido a Cristo…” “Tienes toda la razón. Y yo mismo estoy avergonzado de lo poco que sé acerca de Él.  Pero sí que sé algo: Hace tres años, yo era un borracho, estaba cargado de deudas, mi familia se deshacía en pedazos, mi mujer y mis hijos temían mi vuelta a casa cada noche. Pero ahora he dejado la bebida, no tenemos deudas, nuestro hogar es un hogar feliz, mis hijos esperan ansiosamente mi vuelta a la casa cada noche. Todo esto es lo que ha hecho Cristo por mí. ¡Y esto es lo que sé!”

Es verdad que los cristianos solemos ser más teóricos que prácticos, que la fe en Jesús la hemos reducido a una bella teoría o a un recuerdo del pasado que nada dice hoy a la vida. Por eso yo pregunto: ¿Somos capaces de conciliar fe en Jesús y a la vez llevar una vida que no corresponde en nada a esa fe que confesamos?  ¿Somos capaces de decir “creo” con las palabras y hacer lo contrario con las obras? Pero, como decía Jesús: “No con decir Señor, Señor… ya está todo hecho… Es necesario cumplir con la voluntad de Dios” (Mt. 7, 21).

El autor es sacerdote.