El talón de Aquiles de nuestra educación

Mientras no mejoremos la calidad de nuestros docentes estaremos condenando al segmento más pobre de nuestra juventud a una mediocridad sin horizontes.

pobreza, educación

¿Por qué tenemos tantos bachilleres y alumnos de primaria en los últimos puestos de América Latina? Repuesta: por un gran déficit de buenos docentes. No es la única razón, pero es la más importante. Aun cuando hoy contamos con muchas tecnologías aliadas de la instrucción, como computadoras, medios audio visuales, robótica, etc., nada sustituye al rol del maestro. Este, al igual que en tiempos de Aristóteles, continúa siendo la pieza clave, insustituible, de la buena educación.

El verdadero maestro no solo informa, sino que forma. El problema es que a veces nos quedamos con lo primero: buscamos al maestro que sepa mucho y lo pueda transmitir, pero nos olvidamos de su importante papel como formador, es decir, como persona que con su actuar y esfuerzo puede modelar y enseñar actitudes y valores. A la par de habilidades matemáticas y de lectoescritura, el alumno debe aprender comportamientos básicos para la vida; como disciplina, responsabilidad, diligencia, orden, puntualidad, afán de perfección, etc. Más aún si no lo reciben en su casa.

La tragedia está en que nuestros maestros fallan en los dos aspectos: suelen saber muy poco —casi la mitad de los profesores de secundaria son empíricos (sin título)— enseñan mal lo poco que saben, y no suelen ser ejemplo de comportamientos adecuados; al contrario, muchos exhiben los defectos dominantes de nuestra cultura —desorden, indisciplina, chapuza, etc—.

Siendo ministro de Educación en la década de los noventa reuní a los principales directores del ministerio: los  encargados del currículo, primaria, secundaria, formación docente, etc., y les hice un test sencillo de matemáticas y conocimientos generales. No solo salieron mal, sino que uno de ellos escribió que Servantes, y no Cervantes, era el autor de Don Quijote. Recientemente revisé los textos vigentes de Ciencias Sociales y, además de su gran carga de propaganda política, encontré faltas garrafales de ortografía. Y esto con todas las capacitaciones que con dinero internacional se vienen impartiendo.

¿Qué podemos hacer para mejorar nuestros docentes? Una de las exigencias más grandes y al mismo tiempo más difíciles es pagarles mejor. Los maestros de primaria ticos ganan mensualmente casi US$2,000, mientras los nuestros alrededor de 250. El problema es reflejo parcial del hecho que la economía nicaragüense genera la quinta parte que la tica, lo que indica que necesitamos tasas de crecimiento mucho más altas. Mientras los salarios docentes no superen los devengados en la construcción o en los oficios domésticos, difícilmente se atraerán mejores candidatos.

Pero subir salarios no es suficiente. Para que surtan efectos en la calidad es necesario que estén vinculados al desempeño; es decir, que se encuentren formas de asegurar que los mejores ganen más que los peores. Hacerlo es de justicia e implicaría un paso previo que es la evaluación del desempeño —para lo cual hay diversos métodos— así como negociaciones con sindicatos usualmente adversos a las mediciones.

Un primer paso en esta dirección, barato y fácil, como decía en mi artículo anterior, sería verificar algo tan simple como la asistencia. A los maestros de los centros públicos se les toleran tasas de ausentismo que jamás serían permitidas en el sector privado. A los más cumplidos habría que premiarlos y a los menos sustituirlos. Otro paso sería asignar los mejores maestros a las escuelas normales, con un bono extra.

Estas y muchas otras medidas podrían discutirse, consensuarse y aplicarse. Lo importante es tomar ya algunas de ellas. Mientras no mejoremos la calidad de nuestros docentes estaremos condenando al segmento más pobre de nuestra juventud a una mediocridad sin horizontes.

El autor fue ministro de Educación y es sociólogo e historiador.
hbelli@cablenet.com.ni