Terrorismo y crisis global

La globalización y el desarrollo impresionante de internet y de las TIC (Tecnologías de la Información y de la Comunicación) convierten al terrorismo moderno en una estrategia terrible de guerra asimétrica mundial.

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Todo crimen contra gente indefensa, como las víctimas de los últimos atentados en la estación de Parsons Green en el metro de Londres, o en la rambla de Barcelona, o en París, produce una repulsa instintiva y una empatía inmediata con las personas afectadas y con sus familiares.

Europa vive una permanente amenaza terrorista. A medida que la yihad pierde eficacia en el terreno militar, el terrorismo se convierte en el medio predilecto de ataque táctico y, al volverse menos sofisticado, se incrusta en la vida cotidiana de la población, con formas más cobardes de terror contra personas inocentes.

En consecuencia, la ideología que sirve de justificación al conflicto asume, también, un imperceptible significado político, muy degradado y rudimentario, totalmente anacrónico.

No basta, entonces, con expresar una condena horrorizada o con mostrar solidaridad humana con las víctimas, porque el terrorismo que padece Europa no es un acto dramático de desvarío individual, sino, un conflicto político supranacional, con profundas raíces económicas y culturales de amplia trayectoria histórica, que se expresa, desafortunadamente, de forma repugnante. Es, sin embargo, un fenómeno crítico que debe ser visto objetivamente en toda su complejidad y causalidad múltiple.

El terrorismo de la yihad asume connotaciones religiosas, culturales, raciales, políticas y militares, aparentemente sin sentido. En realidad, a pesar de la falsa racionalización ideológica feudal de la yihad, que adopta como sustento político el reprobable fanatismo religioso, el origen inconsciente de la rebelión destructiva es consecuencia, en buena medida, de la repartición del imperio otomano en 1918, llevada a cabo por las potencias europeas de la Entente que resultaron victoriosas al fin de la Primera Guerra Mundial.

Europa se repartió el territorio del imperio otomano bajo el Acuerdo Sykes-Picot y bajo los mandatos de la Sociedad de las Naciones de 1922, con anexiones y protectorados entre Francia e Inglaterra. Abrieron una caja de Pandora al precipitar de la peor forma posible la lenta decadencia del imperio otomano de los últimos trescientos años. En la lógica inmediatista de la rapiña europea de la Gran Guerra Mundial el drama histórico de las poblaciones nativas, que anhelaban escapar de la dominación feudal del imperio otomano, no tenía alguna prioridad, sino, por el contrario, Europa desvirtuó una salida democrática hacia la independencia y el desarrollo de las distintas nacionalidades exsúbditas del imperio, para adelantar la dominación abusiva, colonialista, que gestó nuevos Estados con fronteras artificiales acordadas opresivamente por la repartición territorial.

Se formaron en Medio Oriente Estados sin base nacional, sometidos a Europa, que degenerarían en monarquías absolutistas, sultanatos feudales, emiratos y regímenes dictatoriales, responsables de reprimir política y militarmente a su población, a sus minorías nacionales y a tribus étnicas enclavadas en las fronteras antojadizas, para salvaguardar, sin embargo, las concesiones y contratos extractivos a favor de las potencias europeas.

La repartición del imperio otomano sobre bases ideológicas centroeuropeas, religiosas, culturales, racistas, mutiló el nacionalismo progresivo autóctono (salvo en Turquía), y fragmentó la posibilidad de transformaciones revolucionarias que estimularan institucionalmente la adopción de un sistema económico de unidad nacional multicultural, que barriera los obstáculos políticos para una explotación de los inmensos recursos naturales de la región en propio interés, para gestar una producción industrializada.

El atraso cultural y el fanatismo religioso en las poblaciones nativas del Oriente próximo fue estimulado por las potencias coloniales, para facilitar su dominio sobre poblaciones ideológicamente confusas, enfrentadas entre sí, y dominadas por elites feudales

La globalización y el desarrollo impresionante de internet y de las TIC (Tecnologías de la Información y de la Comunicación) convierten al terrorismo moderno en una estrategia terrible de guerra asimétrica mundial.

A raíz de los atentados terroristas en Barcelona, Mariano Rajoy, presidente del gobierno español, dice: “Estamos unidos en la voluntad firme de luchar contra quienes quieren arrebatarnos nuestros valores”.

¿De qué valores nacionales habla ahora Rajoy, si es que estos no abarcan, estratégicamente, a la humanidad entera?
La única salida a la crisis actual, que mezcla una inmigración desesperada por la miseria y un terror global sin precedentes, es pensar en valores humanos concretos a escala planetaria.

Se debe pensar en un sistema económico mundial que revierta cualitativamente la concentración creciente de capitales. Y que, en lugar de proveer un flujo de riquezas al consumo derrochador de Occidente, planifique el desarrollo armónico de la economía mundial, con atención urgente a los países más oprimidos por la pobreza.

El autor es ingeniero eléctrico.

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