Rigoberto Cabezas, el héroe olvidado de Nicaragua

Rigoberto Cabezas devolvió al país el territorio de la Mosquitia, pero pasó sus últimos días sin pena ni gloria, vendiendo leche en las calles de Masaya.

El general Rigoberto Cabezas. Dibujo de Luis González Sevilla. LA PRENSA.

El general Rigoberto Cabezas. Dibujo de Luis González Sevilla. LA PRENSA.

En Masaya se sabía que había amanecido cuando la gente en el pueblo escuchaba el “crac, crac” del carretón del general Rigoberto Cabezas recorrer aquellas calles pedregosas, mientras llevaba a vender la leche fresca que él mismo había obtenido ordeñando vacas en su finca El Aventino.

La primera parada era en casa de sus padres, donde se expendía la mayoría de la leche. Ahí se detenía y descargaba los cántaros. A veces llegaba tan temprano que el general se bajaba silencioso de su carretón, bajaba los recipientes y los dejaba en el corredor exterior para después envolverse en una frazada y esperar a que amaneciera. Así lo narra Francisco Acuña Escobar en su libro Biografía del general Rigoberto Cabezas.

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Lo irónico es que aquel caballero que se había convertido en finquero y que pasaba más apuros económicos de los que hubiera querido, era ni más ni menos que el mismo hombre que había fundado el primer periódico de Nicaragua; también el mismo general que logró que La Mosquitia, que comprende gran parte del territorio nicaragüense, quedase liberada del mandato de los británicos al que estaba sometida, reincorporándola como parte del territorio nacional. “Él reclamó para sí mismo no más que un palmo de tierra para su tumba. Cómo vas a creer que siendo él el reincorporador de La Mosquitia (además de fundador del diarismo) le dieron el mérito de héroe nacional a Zelaya solo porque era el presidente de la República”, expresa indignado su sobrino nieto, Diego Rigoberto Cabezas.

El caballero de Masaya

Rigoberto Cabezas, fundó el primer diario de Nicaragua.

Dicen que aún en sus últimos días, Rigoberto Cabezas no perdía el encanto. Después de vender toda la leche que le alcanzaba en el carretón, desayunaba en la casa de sus padres y a la hora que el tren partía, de mañana, él también se iba a su casa. Pero antes, pasaba por la estación del tren conversando con las muchachas que llegaban a pasear. No se afrentaba de su vida de campesino, aunque no era la vida a la que había estado acostumbrado.

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Rigoberto Cabezas nació en Cartago, Costa Rica. Sus padres eran Diego Cabezas y Josefa Figueroa. Él, Diego, era nicaragüense, pero emigró al país del sur junto con su esposa, que era costarricense, y allá nació su primogénito el 4 de agosto de 1860: Rigoberto Domingo de los Dolores Cabezas Figueroa.

El niño más tarde, en su adolescencia, se interesaría por enciclopedistas franceses. Entre sus autores favoritos están Rousseau, Voltaire, Diderol, Montesquieu, D’Alembert, Madame de Sevigné, Madame de Stal, Madame Roland, Lamarline, según detalla su biografía, escrita por Francisco Acuña Escobar en 1940.

Algunos escritos biográficos sobre Cabezas aseguran que cuando tenía 13 años fundó Friendship, una especie de sociedad secreta en que los miembros tenían que verse unos a otros como hermanos. Él mismo —explican los escritos—, redactó cada uno de los estatutos del grupo.

Cabezas leía y leía. Leía en todos lados. Y más de una vez se ganó el regaño de las monjas católicas que se quejaban de él por ir a leer a las iglesias. Un día, una señora llamada Dolores Alemán lo acusó de irrespetuoso, y apenas se enteró de lo que se decía de él, Cabezas llegó donde ella y según los relatos de la época, le dijo: “Vea cómo son las cosas. Dicen que llego a la iglesia a leer novelas y fíjese a quién ando leyendo: a Santa Teresa de Jesús, mi autora favorita, que tanto me ha enseñado para aceptar y hacer llevadera esta vida por el camino del deber y del sacrificio. ¡Vea lo que son las cosas!”

Nicaragua, el primer periódico y el chinchiví

Don Diego Cabezas quería que su hijo mayor, Rigoberto se dedicara a hacer chinchiví, como él. El chinchiví es una bebida tradicional costarricense preparada con harina, maicena, cebada, levadura, vainilla pura y canela. Según el medio digital costarricense crhoy.com, “es una bebida dulce y espumosa con un deje de fermento, a pesar de no tener licor”.

Entonces Diego Cabezas era experto haciendo siropes y chinchivices. Un día —narra su biografía—, Rigoberto estaba sentado en un escritorio en la sala de su casa con un mosquitero colgado que lo cubría todo, mientras leía y escribía.

—Hombre, Rigo, ¿pensás pasarte la vida así? Ven, ayúdame a preparar el chinchiví –dijo don Diego.

—Vea papá, a su tiempo sabrá que no sirvo para hacer siropes ni chinchivices. Eso es propio para gente que gusta conformarse con obtener el pan de cada día. No haré eso. Eso de los siropes y el chinchiví es pasadera de tiempo, es perderlo inútilmente —le contestó su hijo.

Don Diego, indignado, le dijo a Rigoberto que más tiempo perdía él estando bajo ese “chinchorro” gastando papel y hablando solo, como si lo hiciera con otra persona que le argumenta en contra.

“Papa, usted no sabe de estas cosas para criticármelas y señalármelas como defecto. Este chinchorro, como usted dice, me ampara de esos malandrines que frecuentemente navegan en su sirope”, le dijo Cabezas a su padre, según cita el texto de Francisco Acuña Escobar.

Don Diego le dijo que se callara, que podía escucharlo la gente que pasaba por la calle y se detenía solo para observar las extravagancias que hacía.

Las principales familias de la ciudad compraban en chinchiví en casa de los Cabezas, pero Rigoberto le contó a su padre que él ya tenía otro proyecto: un diario en Nicaragua.

Para ese entonces, Rigoberto Cabezas ya había trabajado como periodista en Costa Rica, donde se convirtió en crítico del entonces presidente Tomás Guardia Gutiérrez, quien terminó enviándolo a la cárcel en la Isla de San Lucas, Costa Rica. El lugar se ganó el mote de “la cárcel más brutal” que hubo en la historia del país. Los reos dormían en el suelo, había hasta setenta personas en cada celda, y en las salas de tortura se escuchaban los gritos de auxilio.

Rigoberto logró salir con la ayuda de su padre. Era 1881, apenas contaba con 21 años y se fue exiliado hacia Guatemala. “Partió al exilio a Guatemala cuando gobernaba el general Justo Rufino Barrios, que estaba empeñado en la Unión Centroamericana. Barrios le incorporó al ejército y alcanzó el rango de capitán”, explica un reportaje publicado en La Estrella de Nicaragua, del historiador Nicolás López Maltez.

 

Después de Guatemala, fue a México y El Salvador hasta que finalmente llegó a Masaya otra vez, donde un día le habló a su padre de la idea de fundar un periódico, el primero del país.

Para ese entonces, ya le había escrito a don Anselmo H. Rivas para que lo apoyara con la idea. “He escrito a don Anselmo H. Rivas, que tiene imprenta en Granada, que es el mejor escritor del país, para establecer un periódico diario que refleje la situación del país”, le dijo Rigoberto a su padre, según su biografía.

Rivas le respondió positivamente, pero dijo a Cabezas que no tenía fondos para imprimir el diario. Rigoberto Cabezas consiguió el dinero que necesitaban y el primero de marzo de 1884 apareció el primer ejemplar de El Diario de Nicaragua, el primero del país. Hoy, en honor a esa fecha en Nicaragua se celebra el Día del Periodista a nivel nacional.

La Mosquitia

Después del triunfo de la revolución liberal, en 1893, José Santos Zelaya tomó el poder del país y nombró a Carlos Alberto Lacayo como comisario de la Reserva Mosquitia en la Costa Atlántica y a Rigoberto Cabezas como inspector general de Armas de la Reserva Mosquitia.

Estando allá, Cabezas decidió actuar de una buena vez para reintegrar La Mosquitia al territorio nicaragüense. En aquel entonces, La Mosquitia era dirigida por Robert Henry Clarence, el rey mosco que obedecía a los intereses de los británicos. Según los ingleses, el reino de La Mosquitia era un protectorado británico que se extendía desde el cabo de Honduras hasta la desembocadura del río San Juan.


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El motivo de la reincorporación —según explica el historiador Jorge Eduardo Arellano en un texto publicado en La Prensa—, fue “la negación del jefe de la Reserva Mosquita del derecho de las tropas de Nicaragua de pasar por su territorio cuando se dirigían a Cabo Gracias a Dios, mientras se desarrollaba la guerra entre el gobierno liberal de J. Santos Zelaya y el conservador de Domingo Vásquez en Honduras”.

En un texto escrito por Enrique Bolaños Geyer sobre la reincorporación de La Mosquitia, el 12 de febrero llegó a Bluefields un refuerzo de tropas que el general Cabezas había pedido. “Ese mismo 12 de febrero (1894) el Gral. Cabezas tomó militarmente los edificios públicos, la cárcel, el cuartel, arrió la bandera de La Mosquitia e izó el pabellón nacional; emitió decreto destituyendo a todas las autoridades”, relata Bolaños.

Después de constantes enfrentamientos entre ingleses, miskitos y las tropas del general Cabezas, finalmente Zelaya nombra a Rigoberto Cabezas como gobernador de La Mosquitia. Sin embargo, siendo gobernador, a Cabezas se le investiga por el traslado de diez mil dólares de fondo de El Rama hacia Bluefields. En diversos textos sobre el tema se habla de que la investigación fue un caso de envidia y celos políticos. Sin embargo, es destituido por Zelaya y regresa a Masaya.

Abandono y muerte

La bancada designada del PLC rindiendo homenaje en Masaya al periodista liberal Rigoberto Cabezas en el día nacional del periodista. LAPRENSA/Noel Amílcar

“Ojalá que siempre tenga en mente a ese hombre que le dio tanto a Nicaragua y que por honrado y honesto terminó ordeñando vacas y vendiendo su leche en un carretón de caballos”, clama Diego Rigoberto Cabezas, sobrino nieto del general Cabezas. Además, Cabezas expresa que el general nunca tuvo hijos. “Se dice que tuvo unas hijas pero ni las conozco ni nunca han dado cara”, asegura el sobrino nieto.

Después de ser destituido por Zelaya, Rigoberto Cabezas regresó a Masaya, donde compró una finca a la que llamó El Aventino con los escasos ahorros que tenía. Restauró el lugar, compró ganado y empezó a cultivar la tierra. Así pasó sus últimos días.
“Como sus fondos y su carácter no se lo permiten, no tiene más empleado que un pequeño zagal que le presta el auxilio necesario para las cosas indispensables. Lo demás el general Cabezas lo realiza personalmente”, narra su biografía. Arriaba vacas, las ordeñaba, las llevaba a abrevadero, y de mañana salía a vender la leche.


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En Masaya se sabía que había amanecido cuando la gente en el pueblo escuchaba el “crac, crac” del carretón del general Rigoberto Cabezas recorrer las calles de piedra, mientras llevaba a vender la leche fresca que él mismo había obtenido ordeñando vacas.

Un mal día, una nigua (una especie de ácaro al que se le conoce vulgarmente como nigua) le picó en el pie y no tomó las medidas higiénicas necesarias para que la herida sanara. “Tenía la costumbre de poner los pies en el anca del caballo que arrastraba el carretón lechero y contrajo la enfermedad del tétanos”, asegura Acuña Escobar en su libro.

Su madre lo atendió con remedios caseros, pero no fue suficiente. Cayó en cama y debió ser atendido por los médicos de la ciudad. Pero ya no podía levantarse. El 21 de agosto de 1896, 36 años y 17 días después de su nacimiento, falleció.

El modesto funeral reflejó la pobreza en la que había muerto el general. Se cuenta que cuando el presidente Zelaya llegó a darle el pésame a la familia al lugar donde había muerto Cabezas, don Diego, su padre, se levantó y le dijo a Zelaya: “Ahí está el ladrón de mi hijo, muerto en la mayor pobreza, para dicha de nosotros”.

La placa ubicada en la casa donde murió Rigoberto Cabezas en Masaya. La casa fue remodelada después de la muerte del general.

Amores y política

A penas setenta días después de la primera publicación de El Diario de Nicaragua, el periódico dejó de circular. “Surgieron diferencias entre Rivas y Cabezas motivadas por críticas que Rigoberto hizo al expresidente Vicente Cuadra, accionista de la imprenta junto con el expresidente Joaquín Zavala, ambos conservadores, y el diario terminó cerrado a los setenta días de iniciado”, explica un texto publicado en La Estrella de Nicaragua.

Después de algunos meses, en octubre de 1884, Rigoberto es expulsado de Nicaragua por el entonces presidente Adán Cárdenas para cerrar El Diario de Nicaragua. Cabezas se exilió en Guatemala otra vez y regresó a Nicaragua tres años después, en 1887.

Según su biografía, su madre le rogó que se retirara de la política, pero no pudo hacerlo. Incluso, el periodista tenía intenciones de casarse con una joven: Chepita Plata, hija de don Lisandro Plata, uno de los aristocráticos más famosos en Masaya. El padre de Chepita le advirtió a Cabezas que si quería casarse con su hija debía quedarse en la ciudad y retirarse de sus andanzas políticas, pero Rigoberto no aceptó aquella propuesta. Se fue. Años después, se enteró de que Chepita había fallecido.


 

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