Vengan a mí los cansados

Necesitamos reconocer que somos débiles, y que si no buscamos una relación con nuestro Señor Jesús careceremos de la solidez y firmeza que solo la roca firme que es Cristo nos puede dar, para enfrentar los momentos de soledad y desesperanza.

Nochebuena

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Desastres naturales en este último mes han enlutado al mundo. Grandes metrópolis de México y Estados Unidos, como islas de nuestro Caribe se han visto mortificadas por intimidantes huracanes y terremotos. Son estos acontecimientos los que nos sacuden el alma, nuestras entrañas y también ponen a prueba nuestra fe. ¿Por qué Dios permite tales desastres?, ¿por qué tienen que morir tantos inocentes? Son interrogantes que en la mayoría de dificultades se quedan sin comprender.

Y es que desde la hora sexta, el Evangelio de Mateo nos dice que el cielo se había oscurecido y Jesús estaba agonizando en la cruz, rodeado de malhechores y soldados romanos, donde solo su madre le acompañaba. En ese momento en el que se escuchó un grito desgarrador en lo alto de su cruz, donde se oía claramente un detrimento a Dios. ¿Cuántas familias en estos momentos han gritado sin cesar de la misma forma, embargadas de desesperanza? Muchas. Sin embargo, Jesús con esta exclamación nos quiere llevar más allá de pensar que estaba “reclamándole al Padre”.

Jesús en el momento más crítico de su vida, donde se encuentra abandonado por sus seguidores, traicionado y negado por sus amigos, recurre a recitar el Salmo 22, una bella composición que nos lleva a refugiarnos en Dios, cuando en la vida nos encontramos con la desesperanza.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” No es una frase espontánea de Jesús, sino más bien, es la exaltación de un profundo sentimiento humano, pues aun siendo verdadero Dios, estaba todavía en su condición de hombre. La pasión y la muerte en la cruz para Jesús fue un profundo dolor, en el cual experimentó exponencialmente la miseria humana, pues cargó con cada uno de nuestros pecados y asumió la deuda por nosotros.

Jesús no le reprochó al Padre el camino de la cruz, pues en todo momento estuvo dispuesto a cumplir con su Santa Voluntad, sino que en ese momento, más que en ningún otro, experimentó la debilidad humana y la crueldad del mundo. Se sintió solo. Así como estas catástrofes naturales, que son impredecibles y que la humanidad no puede controlar, nos hacen reflexionar en el sufrimiento de nuestros hermanos, que hoy tienen que sepultar a sus familiares o aquellos que sin haber perdido vidas, han quedado sin nada para seguir adelante.

El camino de la cruz no solo fue transitado por Jesús, también a nosotros en la tierra nos toca muchas veces encontrarnos con nuestra vulnerabilidad humana, que nos ayuda a entender las palabras de nuestro Señor cuando nos dijo: “Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, yo he vencido al mundo”. Juan 16:33.

La misión de Jesús en la tierra fue venir hacia nosotros para hacer morada entre su pueblo, siendo Dios, lleno de divinidad y majestad, renunció a su condición, abandonó su trono y se hizo un humano, padeciendo a su vez todos nuestros dolores, superándolos todos por amor a nosotros,  por tanto, en su resurrección y por el poder de Su Espíritu Santo podemos alcanzar la esperanza de la vida eterna.

Necesitamos reconocer que somos débiles, y que si no buscamos una relación con nuestro Señor Jesús careceremos de la solidez y firmeza que solo la roca firme que es Cristo nos puede dar, para enfrentar los momentos de soledad y desesperanza. Pues Jesús es el amigo, que en los peores momentos de nuestra vida nos dice: “Vengan a mí, todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar”. Mateo 11:28-30.

El autor es Presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo.

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