El siglo de Camilo

Camilo es poeta y músico bajo el cielo de maíz o de trigo, bajo el bejuco o el mecate de cabuya, sobre el zacate o frente al barro del comal, junto a la piedra de moler.

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El son nica de Camilo Zapata nació bajo un árbol de malinche. Fue esa la cuna donde se meció la métrica de su creación en compás de seis por ocho. Las manos del autor bailaban sobre la madera hasta que dominó el ritmo que danzaba en las sombras del misterio, hasta que logró la purificación en el ambiente donde la naturaleza desnuda nunca puso al Sol como su verdugo. Siempre anduvo sobre serranías vacunadas.

Tradujo en son el lenguaje bucólico al que consagró lira suelta. Qué salvaje esplendor, virarse en las cumbres empinadas con la cuerda que le era indispensable para sus manos en la vecindad del corazón, en la revelación del nacionalismo en la música que recorrió en periplo de “pies a cabeza” donde también vibró la intensidad melódica del amor con el atuendo romántico de los versos. Dionisíaco y no Apolíneo.

Uno entre tantos días de comunicación personal me contó cómo descubrió el son nica, cómo cuajó el acento perseguido por la ilusión. Estaba bajo un palo de malinche tocando la guitarra, la novia de madera de su destino armónico apelando a todos los arrojos por sacar y encontrar el ritmo que pretendía descubrir. De pronto lo oyó. De sopetón dirían los españoles. ¿Qué es esto, qué es? Alucinado por la impactante novedad.

Ese ritmo no lo estoy haciendo yo, sale como si fuese un milagro. Pulsó y pulsó. Concluyó  “Dios mío este es el ritmo que yo quiero para Nicaragua”. Llegó por fin a la meta del son perfeccionado por sus ideales nacionalistas en concordancia con el sabor y la carcajada rural. Así nació El caballito chontaleño, símbolo primigenio, el testimonio que corre y corre de su legado. Originalmente lo llamó “aire nicaraguano”, luego “métrica nicaragüense”. Así fue construyendo su Partenón primitivo. Pablo Centeno Gómez dice que “su son puede verse con los oídos”.

Al terminar de escribir mi libro Camilo Zapata vida y canto evacuo esta valoración: Camilo es poeta y músico bajo el cielo de maíz o de trigo, bajo el bejuco o el mecate de cabuya, sobre el zacate o frente al barro del comal, junto a la piedra de moler. De toda esa instrumentación está llena su orquesta, ruiseñor de la peregrinación mítica del campesino. Vivió tanto tiempo en la montaña, explorador de rutas, de superficies, de ríos.

La memoria de Camilo estuvo dignamente representada en el Teatro Nacional Rubén Darío bajo la dirección de Ramón Rodríguez con motivo de celebrarse los cien años, el equivalente selectivo de un siglo. Se expuso al compositor versátil. Un júbilo emotivo cayó sobre la cabeza reunida de la concurrencia en las diversas formas de lucir el vestuario cadencioso y acompasado. Camilo hacedor de boleros, mazurcas, pasillos, pregones, villancicos y otras expresiones del universo sonoro. El alma de este gran pinolero quedó reflejada en el colorido típico puesto para la ocasión por el Ballet Folklórico Nicaragüense y el Ballet Folklórico de Haydée Palacios con una orquesta ampliada y coros que honraron la capacidad prolífica del homenajeado. Una noche para quedar inscrita en la perdurabilidad y a propósito de esa densidad no temporal para que triunfe la moción de Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy para que el Día del Músico sea celebrado cada 25 de septiembre, efemérides en que debe caer una lluvia de flores vernáculas sobre su canto.

El autor es periodista.

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