Crítica de cine: Blade Runner 2049

Nuestro crítico de cine, Juan Carlos Ampié, ya vio Blade Runner 2049 y tiene mucho que decir. Lea su reseña sobre la más reciente película protagonizada por Harrison Ford y Ryan Gosling

Blade Runner 2049

Es difícil quejarse de que Hollywood venda una secuela de Blade Runner, cuando el director de la original, Ridley Scott, regresó tanto y tan seguido a ella. El corte teatral norteamericano se estrenó en 1982. La versión distribuida internacionalmente es diferente. Existen al menos dos “cortes del director” que extirpan una narración en off que Scott detestaba, entre otros cambios. Su última encarnación fue un “corte final” estrenado en el 2007. Y ahora nos llega esta continuación, Blade Runner 2049 arranca treinta años después de la última vez que vimos a Deckard (Harrison Ford). Aún quedan androides haciéndose pasar por humanos, y “blade runners” cazándolos. Uno de ellos es K (Ryan Gosling), husmeando en la granja de Sapper Morton (Dave Bautista). Ahí encuentra evidencia de que los replicantes han logrado un salto evolutivo que puede cambiar el orden del mundo. Nada más inconveniente para Niander Wallace (Jared Leto), magnate que domina el mercado de la tecnología. Solo Deckard puede ayudarle a descubrir la verdad, y su lugar en este nuevo orden.

Blade Runner invoca los temas y el arco narrativo del filme original, haciendo sus ideas y preocupaciones existenciales más explícitas. De alguna manera, sus realizadores diluyen y sobre simplifican su preocupación por la condición humana. La primera misión de la secuela, la más importante, es actualizarse para las demandas del público contemporáneo: todo es más grande, el metraje es más largo, y su agenda más clara.

Sí existen cambios interesantes. Su ritmo puede ser demasiado contemplativo para los fans de la edición rápida. Los personajes femeninos ahora tienen más poder: Robin Wright es una policía que supervisa el trabajo de K con mano de hierro. Sylvia Hoesks es una implacable agente de destrucción, como si Pris (Daryl Hanna) hubiera sido cooptada por los poderosos. Hiam Abbas es una rebelde con cualidades proféticas.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine, escribe sobre la película Blade Runner 2049 . LA PRENSA / Óscar Navarrete

La película sortea con éxito el trato a sus arquetipos más problemáticos. K tiene una genuina relación sentimental con Joi (Ana de Armas), novia virtual manufacturada y vendida por la misma corporación Wallace. Es un programa de inteligencia artificial, que solo existe como una proyección. Ante la posibilidad de su extinción, K recluta a Mariette (Mackenzie Davis), prostituta replicante, con un cuerpo mecánico pero concreto, para que les permita consumar su relación. Las imágenes de las dos mujeres se funden en un solo ser, pero de manera intermitente e incompleta. Ninguna absorbe a la otra. Una película menor explotaría el morbo del encuentro, pero la dirección de Denis Villeneuve, el trabajo de los actores y la ejecución de los efectos especiales dota el momento de sensibilidad y melancolía. Es la mejor escena de toda la película. Y existe casi divorciada del arco narrativo principal.

Tras el éxito de Arrival (2016), una de las mejores películas del año pasado, Villeneuve se revela como el hombre indicado para acometer la extraña tarea de actualizar y expandir el “universo” de Blade Runner. Trabajando con el genial director de fotografía Roger Deakins y el diseñador de producción Dennis Gassner, han creado una de las películas más hermosas del año. Si tan solo fuera igual de creativa en su guion. K es el nuevo Deckard, Wallace el nuevo Tyrell, Joi la nueva Rachael… si antes el problema era la conciencia, ahora es la capacidad reproductiva. Los ecos del original son tan fuertes, que uno creería que está viendo un “re-make” y no una secuela. Con dos horas y 43 minutos de metraje, “…2049” dura 46 minutos más que antecesora. Se toma más tiempo para decir lo mismo. Concéntrese en sus hermosas superficies y provocadores desvíos.


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