En el corazón de América

El Descubrimiento de América fue exactamente la antesala de un proceso colonialista que trajo consigo el oprobio sobre la dignidad étnica y moral de los originarios

América hispana sumergida en tradicional costumbre, nuevamente recuerda el suceso históricamente universal que en principio se conoció como el Descubrimiento de América, protagonizado por el almirante Cristóbal Colón en el mar Caribe de nuestro continente el 12 de octubre de 1492. Suceso realmente trascendente sobre el que luego se han emitido diferentes juicios, muy polémicos por cierto, cada uno de acuerdo al concepto particular de quien lo manifiesta y que, a juzgar por su contenido, resulta un testimonio interesante de la evolución del pensamiento que contribuye al desarrollo de las ideas.

A través del tiempo, escritores, periodistas, intelectuales e historiadores, le han llamado también Día de la Raza, Día de la Hispanidad, Encuentro de dos Mundos o Culturas, quienes entre algunos expresan versiones y sentimientos en los que no faltan manifestaciones recriminatorias y racistas, quizá por no querer reconocer o entender el significado real que este hecho representa en la vida de aquellos originarios que experimentaron y vivieron tan trágico y desolador momento y que aún, a lo largo de la distancia, sus secuelas inciden negativamente en nuestras vidas.

El Descubrimiento de América fue exactamente la antesala de un proceso colonialista que trajo consigo el oprobio sobre la dignidad étnica y moral de los originarios, llevándoles al sometimiento, la crueldad y la muerte —genocidio, saqueo, esclavitud y expropiación de sus tierras patrimoniales— deleznables acciones que impunemente fueron cometidas y que la historia en cada momento nos las recuerda.
Sin embargo, se nos ha dicho siempre que gracias a la incidencia colonial en nuestra tierra recibimos la lengua, la literatura y una nueva religión, españolizándonos así con la pertenencia del mestizaje. Es cierto, y sería ignorancia quizás si afirmamos lo contrario, mas a pesar que llevamos este elemento en la sangre, producto original de esa fusión que hoy manifiesta nuestra identidad, no podemos relegar al olvido a aquellos seres humanos que con honor y dignidad defendieron sus derechos muriendo por ellos.

Esos seres que fueron llamados indios salvajes, bárbaros, eran hombres que tenían alma y estaban provistos de creencia y pensamiento; ellos observaban con firmeza sus creencias y destacaban su cultura y aplicaban un léxico quizás extraído del idioma de los pájaros mediante el cual mantenían sus relaciones sociales y transmitían sus ideas, factor principal de la prosperidad de sus pueblos que aportaron en el mismo sentido oportunidades de conocimientos en la diversidad. No podemos obviar sus lenguas principalmente la lengua náhuatl, siempre vinculada con nosotros en el maíz, el sol, las constelaciones y en la naturaleza, esta lengua vive y palpita con trascendencia histórica en nuestros ríos, volcanes, pueblos y ciudades dándoles un nombre hermoso y poético.

Por ello, haciendo justicia a la historia, la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, ha considerado con mucho acierto, entre otros, en los párrafos 3, 5 y 6 del Anexo de dicha declaración: “Afirmando también que todos los pueblos contribuyen a la diversidad y riqueza de las civilizaciones y culturas”. “Que constituyen el patrimonio común de la humanidad”. “Que en el ejercicio de sus derechos los pueblos indígenas deben estar libres de toda forma de discriminaciones. Reafirma la preocupación por el hecho de que los pueblos indígenas hayan sufrido injusticia histórica como resultado entre otras cosas de la colonización y enajenación de sus tierras, territorios y recursos, lo que ha impedido elevar, en particular su desarrollo de conformidad con sus propias necesidades e intereses”.

Bien sabemos que en la vida de un pueblo para alcanzar su desarrollo social el romanticismo sale sobrando, pues la evolución como proceso de cambios más que una necesidad es una exigencia, ante lo que debemos recurrir con razonamiento lógico a una reflexión profunda que nos conduzca a comprender y a valorar la función humana que aquellos hombres desarrollaron desde la antigüedad abriéndonos el camino al trabajo y al progreso. Sus industrias, minerías, textileras, alfarería, lítica y tantas más, son embrión y raíz del desarrollo económico y social de nuestros pueblos que se profundizan y fortalecen en el misterio del corazón de América, la tierra que les vio nacer.

El autor es historiador.

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