Pregones por aquí y allá, guerra de olores, batallas de colores, laberinto y montaña de casas; cosas, chunches, chechereques, competencia; tramo de esto y aquello, oferta y demanda; caleidoscopio de miseria, codicia, contrabando, cerros de riquezas y mentira; importaciones, exportaciones, pólizas, valor CIF, ilusión, pero sobre todo: supervivencia, lucha por la vida.
Todo eso fue lo que encontré una tarde de verano en el Oriental. Aquel día estaba hundido en un oscuro y pestilente túnel, entre las bataholas de gente que me pasaban empujando y restregando el pregón y hasta una canción de los Rolling Stone que sonaba a esa hora a todo volumen por donde venden ropa usada.
Al doblar en una estrecha esquina, en donde la fila india era menor, me topé con una sórdida cantina que llamó mi atención. Se jugaba a la ruleta, naipe, tabaco, mujer y al ron. Y la rockonola sonaba un rico son cubano con aroma a chancho con yuca.
“El borracho”, gritó el ruletero. “Vos mismo”, le respondió una vieja desdentada que se encontraba sentada en una agujereada y mugrienta hamaca de lona y que a la vez fumaba y ojeaba una vieja revista Playboy; luego dirigí la mirada a un grupo de jugadores de póker y el más corpulento clavándome su ígnea mirada comenzó a mostrarme una lustrosa makarov del tiempo de la revolución, y de repente me preguntó a gritó: “¿Vas a jugar o qué?”, sin decirle nada reanude mi exploración, y saltando unas charcas de orín y vómitos logré llegar a una cadena de peluquerías donde dos mujeres discutían, no sé qué, pero lo cierto es que la más joven al final le terminó gritando a la que se alejaba “Chela de cuartería”.
De inmediato aligeré el paso hacia las vende quesillo y cosa de horno, ahí un grupo de vivanderas arrastraban a un muchacho por intentar robar comida. “Maldito ladrón, pedrero, huele pega” le profería la más obesa.
Le compré a un chavalo agua helada, mientras la masa de curiosos que se habían agolpado en derredor del escuálido cuerpo se esfumaba, y cuando el alboroto tomó otro rumbo, en seguida caminé en dirección a donde fue el cine México. En el trayecto un policía que caminaba a mi lado, y que iba silbando de contento, fue inopinadamente víctima de una mujer que saltando sobre su espalda le propinó una puñalada en el cuello, y en el suelo lo terminó dejando como colador.
Poseída, ensangrentada y embriagada le sacó el billete de 20 dólares al ahora occiso gritándole: “Conmigo nadie se limpia el culo hijueputa, yo puedo ser puta pero honrada, maricón”, le terminó gritando hecha una energúmena, y sin ver al centenar de testigos se echó a correr desesperada hacia al dantesco callejón de la muerte en donde la vida es una tentación.
Entre el histerismo, gritos y el sopor de los presentes una gran cuita me encasquilló el espíritu y pensamiento, y seguí un cordón rojo que comenzaba a deslizarse por la cuneta; no sé por qué pensé en lo brutal que es la guerra, me abrí paso entre el tumulto de gente, los gritos, el llanto, la basura y el afro calor Somalí, hasta lograr alejarme del mórbido lugar de los hechos consumados.
En la parada de buses que van para los departamentos la esfera incandescente como una gigantesca y encendida giba se comenzaba a ocultar con suavidad a lo lejos, como un dromedario sol.
El ambiente urbano era emancipador y entonces terminé pensando: “Una guerra, es una guerra, una guerra es un Vietnam (wild), un Oriente medio, te mata, te malmata o te jode sino te alejás, luchás o sobrevivís, porque una guerra es también un gran emporio, o un gran dinosaurio como el mercado Oriental de Managua.
