El rey desde el trono

Desde hace tiempos no solo en el caso específico de los catalanes sino en otras áreas, ciertos sectores muestran la debilidad de exhibir retazos

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La celebración del segundo Congreso Iberoamericano de periodismo científico, acaecido en marzo de 1977 en Madrid, me permitió conocer personalmente al entonces príncipe y ahora rey de España, Felipe Sexto.

A través de la gestión del recordado catedrático de Lenguaje, Eduardo Nicolás Matus, presidente de la delegación nicaragüense presente en el evento y con la venia del resto de participantes se me concedió el honor de tomar la palabra inaugural en el Palacio de la Zarzuela. Luego se produjo un suelto intercambio de ideas entre el heredero de la corona y los miembros del acontecimiento dentro del significado de la conducta y de las relaciones de España con el nuevo Continente. “Antes fuimos nosotros los que llegamos, ahora son ustedes los que vinieron”, expresó el monarca con estilo afable y campechano, liberado de la grandilocuencia habitual.

Tanto tiempo transcurrido no podía ser foco de elucubración dirigido al futuro de España. En este momento la corona está abrumada por la tensión suscitada por la rebeldía reincidente de los catalanes que han desafiado a las autoridades ejecutivas, incluida la del Rey, jefe constitucional de las fuerzas armadas. Empero su línea se ha inclinado por la persuasión puesto que tampoco le era conveniente disparar los dardos ofensivos que han volcado los sectores que pasionalmente, influidos por la vibración patriótica, están propensos a declarar la independencia de Cataluña llevados por el frenesí de una votación que para los sediciosos constituye la más convincente justificación. “Su majestad” era la más indicada para asumir posiciones categóricas en favor de la unidad de España, no obstante la disposición de los radicales de poner en peligro la estabilidad de la monarquía.

Desde hace tiempos no solo en el caso específico de los catalanes sino en otras áreas, ciertos sectores muestran la debilidad de exhibir retazos, de vulnerar a la epopeya cívica. En ese sentido si a alguien le corresponde la consagración de la unidad es a la cabeza simbólica y real de España, el bulto vertical que con erguirse en sus seis pies y seis pulgadas de estatura impone la personalidad apta para la resolución definitiva en nombre de la tradición histórica, en nombre de la virginidad auténtica de la nación.

Es válido reconocer que los hálitos de la actualización repercuten sensiblemente en nuestros días, lejos de parecerse a los antiguos en lo que el rey era una estatua ajena a las flexibilidades del proceso evolutivo cuya modernidad parlamentaria armoniza con el concepto de la liberalidad de poner tanto a los partidos como a las calles en la capacidad del debate fluctuando en los extremos de la izquierda y la derecha.

La mayoría ha pintado su efigie con el símbolo de la blancura. La iniciativa implora la sensatez frente a la perspectiva temeraria de hacer una proclamación unilateral. Tanto la vieja como la nueva generación no quieren repetir la dosis de aquella guerra de 1934 que llevó a las rejas a los líderes nacionalistas de esa época.

Parte de las últimas manifestaciones de la integración —pro unidad— se ha debido a la comparecencia del Rey, quién ha defendido a España con el coraje de un estadista ansioso.

Se ha puesto tibio el clima de la exaltación localista frente a las posibilidades de no cuajar positivamente ante la realidad de una anemia producida por la segmentación. La emoción frente al pragmatismo.

El autor es periodista.

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