Nuevamente ganó el hastío

Para Ortega, este rechazo masivo a su política le resulta provechoso, porque por una lógica perversa anticiudadana el absolutismo se fortalece cuando cualquier institución democrática colapsa

fraudes electorales, elecciones municipales

Quizás el setenta por ciento de los votantes aptos para votar no votó, según observadores independientes. Y cuatro por ciento de los votos efectivos fue nulo. Significa que la población no ve solución a sus graves problemas ni con la política orteguista ni con los procesos electorales bajo control orteguista.

Los fraudes electorales de los últimos diez años han gestado finalmente un rechazo a la política de Ortega, incluso, entre su núcleo duro, ya que del universo de votantes el orteguismo obtuvo menos del 35 por ciento. La OEA no aportó ni pizca de credibilidad a este proceso viciado, diseñado abusivamente de manera tal que, por el voto, sea cada vez más imposible desmontar el absolutismo. Ortega, al perder buena parte de su base de apoyo tradicional para mantener un porcentaje de votos decente tuvo que recurrir al voto de los militares, policías y empleados públicos, sometidos a una coacción desvergonzada a la que poéticamente la imaginación popular llama, con acierto, pastoreo de votantes. Este pastoreo llevó al redil orteguista al menos 11.5 por ciento de los votos obtenidos.

El gran perdedor fue Ciudadanos Por la Libertad (CxL), que obtuvo 4.9 por ciento del universo de votantes aptos. La marea abstencionista, que esta organización intentó revertir con arrogancia excluyente, integrándose con bravuconería a este proceso electoral desacreditado, los arroyó. En las elecciones municipales de 2012, bajo el nombre de PLI, obtuvo en aquel entonces 15 alcaldías, ahora apenas llegó a seis. El porcentaje de votos que obtuvo CxL (bajo el nombre del PLI) en las elecciones municipales de 2012, fue de 19 por ciento de los votos válidos, ahora, obtuvo 9.53 por ciento. En Managua consiguió, apenas, 2.55 por ciento de votos válidos. Su caída a nivel nacional, en estos cinco años, ha sido del cincuenta por ciento. Lo que significa, al cruzar con altanería la línea difusa hacia el zancudismo, un descalabro político total.

El zancudo mayor es, ahora, el PLC con el 16.21 por ciento de los votos válidos, y 11 alcaldías, cuando en 2012 obtuvo 7.81 por ciento de votos y, únicamente, dos alcaldías.

El problema no es, únicamente, que los candidatos zancudos sean inútiles, poco conocidos o sin propuestas, sino, que el zancudismo inspira repugnancia, si acaso, más que el orteguismo. Lógicamente, porque la antipatía se propaga con más fuerza contra el colaboracionismo carente de perspectiva propia.

Los orteguistas más obtusos dicen que, con pasividad y silencio, con el fracaso electoral, se construye la democracia. Para ellos, el abstencionismo consciente, mayoritario, es el modelo de democracia orteguista, cuyo resultado es el partido único, con un único liderazgo, severamente deficiente. Y celebran, sin convicción, que cuando peor están en el ánimo de la población, más alcaldías obtienen. De 127 alcaldías en 2012, pasaron ahora a 135.

Para Ortega, este rechazo masivo a su política le resulta provechoso, porque por una lógica perversa anticiudadana el absolutismo se fortalece cuando cualquier institución democrática colapsa. La correlación de fuerzas es relativa, y cambiante, aunque el cambio de la conciencia de las masas, en sus inicios sea imperceptible como el agua cuando empieza a hervir, y las moléculas de agua empiezan a perder cohesión antes de mezclarse invisiblemente con el aire en forma de vapor. Ortega no necesita cautivar la imaginación de las masas, dado que su mayor éxito —de corto plazo— radica en el silencio político y la dispersión. No se percata, sin embargo, que su adicción al abuso constituye un lento suicidio, al terminar hastiando al pueblo.

Son tiempos difíciles y oscuros, donde las oportunidades irrepetibles para el país se pierden bajo la corrupción. Pero, la vida con dignidad personal en estas circunstancias desalentadoras resulta gratificante para quien toma la existencia como un reto.

Quizás el político más ejemplar en este sentido, más que Mandela, sea Gramsci, encarcelado por el fascismo los últimos nueve años de su vida, aquejado del mal de Pott, la tuberculosis vertebral que le afectó las vértebras con artritis tuberculosis. Pese a que estaba agobiado, también, de arterosclerosis, hipertensión y gota, continuó su labor más fructífera de filosofía, teoría política e histórica en esas condiciones carcelarias en extremo invalidantes.

Gramsci, sin embargo, reclamaba: “A mí nadie debe compadecerme, soy solo un combatiente que ha tenido mala suerte”. El pueblo de Nicaragua, combativo a su manera, también ha tenido mala suerte.
El autor es ingeniero eléctrico.

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