Bravucón todo el que se abstiene

Más ilógico aún es que Ortega piense que la percepción de fraudes electorales reiterados, evidentes para la totalidad de la ciudadanía, se puedan esconder bajo la alfombra.

Ortega, el político más errático de nuestra historia, sin pizca de pensamiento estratégico, capaz de usar sin escrúpulos únicamente la técnica de la zanahoria y el garrote, y de obtener únicamente también los éxitos miserables que tal técnica produce en la compra de conciencias, con la degradación cultural del país, se entrampa a sí mismo constantemente con cada exabrupto que hace, por falta de formación política elemental.

Ortega da la idea que vive en una cápsula fuera de la realidad, construida a su antojo con el despojo de las instituciones del Estado, desde la cual piensa que su forma errática de actuar no tenga consecuencias que se reviertan en su contra. Por ello, es quizás el menos político de cuantos políticos irresponsables y corruptos han deshecho el país a lo largo de nuestra historia desastrosa.

No es de extrañar que en la conciencia colectiva exista una enorme desconfianza hacia la clase política, que se revela no solo en la abstención electoral, sino en el rechazo permanente a todas las agrupaciones electoreras, cuyos analistas, por miopía severa, llaman apatía a esa desconfianza, sin percibir en ello un avance de la conciencia colectiva hacia formas de luchas masivas directas.

Son estos cambios de conciencia en los sectores sociales, sobre contradicciones objetivas, los que determinan los cambios históricos. Esencialmente, cuando parece iniciar un movimiento pendular hacia un auge de las movilizaciones de masas.

Recientemente, Ortega llamó bravucón y radical a un obispo que criticó el sistema electoral orteguista por su falta de confiabilidad. El setenta por ciento de la población apta para votar se abstuvo de votar, al igual que el obispo, por falta de confiabilidad en el sistema electoral. Pero, quienes saben que el sistema electoral es fraudulento es el ciento por ciento de la población, incluido, por supuesto, el propio Ortega, que decide sobre estas cosas encerrado en su cápsula estatal.

Ellos —dice Ortega—, el cardenal Brenes y Obando, no estaban fuera del país durante los años ochenta, por eso valoran ir a votar. Ahora es fácil que uno que se las pasaron afuera vengan a hablar como los más bravucones y los más radicales.

Esta es la forma usual de Ortega de pronunciar exabruptos. Resulta poco lógico pensar, como hace Ortega, que la valoración sobre la confiabilidad de un proceso electoral no se sustente en un análisis concreto de anomalías o menos en dicho proceso, sino, en la residencia en el país durante los años ochenta, de quien emite un juicio sobre el sistema electoral. Buena parte de ese treinta por ciento que votó en las pasadas elecciones fue tristemente coaccionada a votar, con variadas formas de coerción. Y ello lo saben tanto quienes residieron aquí durante los años ochenta como aquellos que estaban afuera en esa época.

Más ilógico aún es que Ortega piense que la percepción de fraudes electorales reiterados, evidentes para la totalidad de la ciudadanía, se puedan esconder bajo la alfombra con solo impedir que venga la observación internacional independiente, como hizo Ortega en 2016 a grandes voces, como si de declarar la independencia se tratara.

El colmo de la insensatez, sin embargo, es que en este tema polemice a su manera ofensiva con un obispo católico, descalificándole porque ha manifestado que no confía en el proceso electoral. Y que le llame bravucón radical porque ahora —según dice Ortega— resulta fácil serlo.

El problema no es si a un dado momento resulta fácil ser bravucón o radical, sino por qué se deba concluir que quien critica el proceso electoral debe, forzosamente, ser bravucón. Y por qué no debiera ser fácil para cualquier ciudadano hacer esa crítica, sin ser necesariamente radical, aunque no haya residido en Nicaragua durante los años ochenta. Del resto, el exabrupto ofensivo de Ortega, a este respecto, demuestra que no es fácil ahora hacer críticas a su régimen. Y que ello, más que bravuconería, requiere cierto valor cívico.

Cualquier político bisoño sabe que, para polemizar con un obispo, o bien debe hacerlo filosóficamente, sobre las creencias religiosas, como Bertrand Russel que debatió sobre la existencia de Dios con el padre F.C. Copleston, SJ, en 1948. O bien, ideológicamente, sobre temas políticos. En cuyo caso, la descalificación grosera significa perder el debate antes de empezar.

Pero, Ortega, aunque no sea en grado de debatir ni filosófica ni ideológicamente, debe obligadamente responder por el ejercicio abusivo del poder, máxime si lo ejerce desde una cápsula estatal propia.

El autor es ingeniero eléctrico.