Elecciones, arrogancia y elefantes

Perdí. Y gané, pues gané perdiendo. Y los votos que saqué nadie, ni ningún otro partido ni el Consejo Supremo Electoral (CSE) me los acomodó

Las elecciones municipales recién llevadas a cabo demostraron lo mismo de los procesos anteriores: un partido de gobierno, el FSLN, a manos llenas y cometiendo abusos de poder, navegando en su propio desgaste partidario interno pero flotando vertiginosamente sobre el vacío de una oposición que no existe por ningún lado, ni en la clase política ni en la sociedad civil pues ambas son parte del mismo engranaje, es decir del mismo desgaste institucional, del mismo atolladero al que estamos sometidos mientras no se transforme y renueve la clase política actual, dominada por el caudillismo atávico y complaciente con el poder oficial.

Bajo esas circunstancias corrí (participé) como candidato independiente a alcalde de Managua en la casilla 10 del Partido Alianza por la República (Apre), acompañado de un puñado de ciudadanos amigos y por una tropa de 400 elefantes míticos que me llegaron de la rama cerebral, literaria y humanística de Rubén Darío, y de otras iniciativas que lancé en campaña como congelar el lago de Xolotlán y fumigar alimañas y sabandijas que afectan al ecosistema, ante tanto derroche de candidatos urbanizadores, genios de la pavimentación, maestros de la salud pública y arquitectos de trenes subterráneos, aéreos y espaciales.

Perdí. Y gané, pues gané perdiendo. Y los votos que saqué nadie, ni ningún otro partido ni el Consejo Supremo Electoral (CSE) me los acomodó. Aunque esa es otra historia que por ahora seguirá de pie junto a mis elefantes y las metáforas del uso de la imaginación que usé para intentar llegar al poder municipal. —Y qué decir de la de “asaltar el cielo”, de la cual ya no hubo tiempo de echar a andar—.

Volviendo a las elecciones, sigo pensando que la población debió votar, y no lo hizo como producto de la manipulación del no voto y de cierta cucharada de arrogancia, que aunque esta vez fue menos descarado que en las pasadas presidenciales, sí caló ese mensaje en el consciente ciudadano, la mejor expresión viene a ser la frase consuetudinaria pero falaz del periodista radial Fabio Gadea Mantilla, de que “la culpa no es de los que se equivocan, sino de los ausentes”, de esos ausentes deberán ser responsables quienes le permitieron al sandinismo erigirse con casi todas las alcaldías.

La desconfianza ante el CSE por las amenazas de fraude aunque se hizo evidente, esta vez, ante la presencia de la OEA, fue menos marcada. Y en gran medida el poder electoral jugó mejor que en otros procesos sus cartas, a excepción de los resultados aún no claros con el partido Yatama, de las 7 víctimas que cobraron estas elecciones cuyo hecho merece castigo y de las denuncias de persecución étnica, lo que obligaría a la OEA a establecer un parangón entre el informe preliminar y el final.

¿Que no había condiciones? ¿Acaso las hubo en 1990 cuando todo el país era un arsenal de guerra? Se desperdició una oportunidad ante la “máscara de la cobardía” como bien lo dijo Azucena Ferrey en el programa de Luis Galeano.

Ese abstencionismo lo pagaremos caro pues por eso mismo muchos buenos candidatos a alcaldes en cabeceras y municipios no ganaron, aunque de ellos provendrán nuevos liderazgos fortalecidos desde el territorio. Ahí reside la génesis del cambio. Los elefantes continúan su marcha.

El autor fue candidato a Alcalde de Managua por el APRE.