El regreso a la normalidad

Poner al transeúnte en las aceras diseñadas originalmente para ser el espacio específico de la circulación humana y no para convertirse en la sede del comercio informal que ha puesto a las calles como las sustitutas de la locomoción poniendo en crisis a la seguridad personal y a la estética urbana

Después de la bulla vino el silencio. El retorno a la regularidad. Causa y efecto. La motivación de la extroversión debió tener como soporte eufórico y pragmático a las elecciones en las que con lupa se buscó el estreno de nuevos ediles, cuyo desenlace ya estaba previsto por los pronósticos basados en los antecedentes del pasado. No fue notoria la diferencia en el vaivén de las tonalidades. Más de lo mismo en el espectáculo con escasos argumentos para reivindicar la imagen de Managua, la capital trastornada en aquel diciembre de 1972.

A partir de ahí ha palidecido la creación reconstructiva del hombre, sumada esa deficiencia al mal manejo de los recursos que debieron tener una compensación útil. Managua sigue necesitando un incremento sostenible: poner en ejecución un plan vital para su desarrollo con disposición previsora, con el montaje de una planificación capaz de estirarse a dos décadas más según el orden conducente con la cristalización de la meta. El recorrido es largo y debe transitar por los rumbos elementales del “bien común”.

Poner al transeúnte en las aceras diseñadas originalmente para ser el espacio específico de la circulación humana y no para convertirse en la sede del comercio informal que ha puesto a las calles como las sustitutas de la locomoción poniendo en crisis a la seguridad personal y a la estética urbana.

Estos planteamientos, elementales son los del ciudadano afectado por sufrir las molestias de no poder caminar ileso en la superficie destinada a ser pública. La anomalía es visible. Se le consiente con naturalidad, como algo normalmente establecido. Compete a las autoridades municipales vigentes y a las que están por ocupar la silla edilicia en el próximo periodo administrativo la subsanación prioritaria dentro de los cuales se encuentran los candidatos que figuraron en la cruzada con endeble poder de convencimiento, candidatos también a ser juzgados por la posteridad.

Durante el operativo preliminar no brilló la sabiduría del aporte humano, la inteligencia básica del postulante vocativo. La presentación por parte de los candidatos para un programa felizmente resolutivo, no cautivó, no persuadió al elector el cual desde su llanura quedó atrapado por la apatía. Lo que proliferó —y con una deplorable ausencia de imaginación— fue la exhibición incisiva de los rótulos comerciales así considerados los rótulos políticos como un factor contaminante y perturbador de la distracción normal, letreros que promocionaron a un producto ausente, que nunca ofrecieron la talla útil del mensaje comunal constructivo, que contribuyeron a irrespetar los moldes de la creación persuasiva. Tampoco afloró el debate orientador e iluminador.

Diría que el expediente publicitario de los rostros que aparecieron en la “cuerda floja” del viento, fue sacar del anonimato a los propuestos por los partidos por cuanto la popularidad nunca trascendió en la parte mayoritaria de la receptividad. Pero dentro de la monotonía —un hábito en la campaña— brincó un canto. Emergió la figura del poeta que convirtió en metáfora desesperada la fluidez de su sangre para escribir con ella su promesa, al mismo tiempo que dibujó el hielo sobre las olas para que patinara la felicidad infantil.

Ah, si las calles, enmudecidas por el pavimento, tuviesen el derecho de protesta contra el contenido mentiroso de tanta tinta volátil, pedirían la eliminación de las mantas en aras de tener a una capital cuerda. Managua merece liberarse de las máscaras.

El autor es periodista.

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