Lo nuestro es crecer

Todos somos pequeñas semillas, llamadas a crecer y a dar abundantes frutos. No nacemos perfectos; lo nuestro es caminar hacia la cima de la perfección constantemente y a esa cima se llega con nuestro propio esfuerzo y deseo de superarnos.

templos vivos, Dios, Jesús, Iglesia Católica

Fuimos creados y llamados para poner a funcionar nuestros talentos. (Mt. 25,14-30). Jesús, una vez más, nos hace ver que no podemos dejarnos llevar por el miedo que nos encadena, nos empobrece y anula, como al siervo “negligente y holgazán” de la parábola (Mt. 25,26). Lo nuestro es crecer y desarrollarnos cada día más y no solos, sino en compañía con los demás, como los siervos “buenos y fieles”. Dios nos ha hecho para crecer y nos ha dado muchos dones para que los multipliquemos y así se lo dijo a Jacob: “Sé fecundo y multiplícate” (Gen. 35,11).

De Samuel se nos dice que “iba creciendo y haciéndose grato tanto a Yahvé como a los hombres” (1 Sam. 2,26). San Lucas nos dice que: “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc. 2,52). Asimismo Jesús nos llama a todos a no contentarnos nunca con lo que somos; por ello nos pone una meta que jamás nos permite ser mediocres ni conformarnos con lo ya conseguido: “Sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto” (Mt. 5,48).

A aquellos que luchan por ser cada día más, Jesús les dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt. 5,6). Y a quienes han luchado en su vida por multiplicar sus talentos Jesús les alaba y les dice: “¡Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mt. 25,21.23).

San Pablo nos invita también a todos a no abandonarnos en la mediocridad y multiplicar nuestros talentos diciendo: “Crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo” (Ef. 4,15). Dios no quiere que seamos gente mediocre que se va arrastrando por la arena de este mundo. Dios ha puesto nuestro mundo y nuestra vida para crecer y multiplicarnos. Nuestra inquietud constante, pues, es mirar siempre a un futuro mejor para nosotros y para los demás. El ayer debe ser siempre peor que el hoy y el hoy peor que el mañana sin miedo alguno. El miedo al crecimiento nos anula por completo, como anuló al tercer siervo de la parábola: “Señor…, me dio miedo, fui y escondí en tierra tu talento” (Mt. 25,25).

Ciertamente que es más fácil no complicarse la vida por nada ni por nadie; que es más fácil ser indolente, mediocre y flojo. Pero, la verdad es que lo bueno de hoy es fruto de quienes trabajaron ayer para que nosotros fuéramos mejor. Y también es verdad que el mañana será mejor, no por quienes se cruzan de brazos por miedo a que se les complique la vida, sino por quienes hoy se siguen esforzando y multiplicando sus talentos, aunque ellos no vean el fruto de su sudor. Un sueño no se hace realidad a través de magia o de simples deseos: conlleva sudor, determinación y trabajo duro. Es en ese esfuerzo permanente por multiplicar nuestros dones donde está el secreto de nuestro crecimiento y el crecimiento de cuantos nos rodean. Lo dones que tenemos en nuestras manos no son solo para gozarlos nosotros de una manera egoísta, sino también para comunicarlos con quienes compartimos nuestra vida.

A los primeros seres humanos Dios les dice: “Crezcan y multiplíquense”. Todos somos pequeñas semillas, llamadas a crecer y a dar abundantes frutos. No nacemos perfectos; lo nuestro es caminar hacia la cima de la perfección constantemente y a esa cima se llega con nuestro propio esfuerzo y deseo de superarnos. Por eso, nos decía San Agustín: “Conócete, acéptate, supérate”.

El autor es sacerdote.