Los médicos de la guerra

Amputaban extremidades con bayonetas o serruchos, lavaban heridas con agua de río y preparaban los cadáveres de sus amigos cuando ya no había más remedio. Médicos contras y sandinistas narran sus experiencias de la guerra fratricida de los años 80

Hay un herido en la montaña. Pisó una mina rusa que le destruyó las dos piernas. De la rodilla para abajo no tiene ni carne, ni hueso, solo tendones que cuelgan y sangran. Tampoco tiene genitales y le hace falta un ojo. Suplica por ayuda.

El médico llega e intenta salvarle la vida. Le da una pastilla Diazepam para sedarlo y que el efecto amnésico de la pastilla le haga olvidar el dolor de perder los dos miembros.

En la montaña no hay herramientas. El médico tiene que resignarse y usar lo que tenga a la mano: un cuchillo, una bayoneta o una sierra que los campesinos utilizan para cortar cachos al ganado. Lo acuesta en el suelo y le lava las heridas con agua de la quebrada, hervida.

El médico tiene que actuar rápido. Es probable que el pantalón que anda lo haya usado los últimos veinte días: está lleno de orines, sudor y sangre. Es probable, también, que el hombre de la mina rusa sea solo uno de los veinte heridos más que lo están esperando para que intente salvarles la vida.

El médico es Enrique Zelaya. Aunque ya nadie lo conoce por Enrique. Su seudónimo de guerra le ganó la batalla a su partida de nacimiento y ahora se llama Henry, “doctor Henry”.

Al doctor Henry, quien fue jefe de médicos de las fuerzas de la contra, aún le duele hablar sobre aquel soldado al que atendió y además de todas las heridas que vio en la guerra. Como él, cientos de médicos acompañaron a miles de soldados, curaron las heridas más macabras posibles con el mínimo de recursos.

De la medicina a la guerra

En los Batallones de Lucha Irregular, normalmente había uno o dos médicos y varios sanitarios que debían asistir a estos cuando había un herido. LA PRENSA/ Cortesía de Bill Gentile

El doctor Neri Olivas estaba recién graduado de la Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN–León como médico cuando le tocó ir a la guerra. La UNAN tenía un convenio con el Gobierno: cada médico que se graduara tenía la obligación de entrar al ejército como parte del cuerpo médico.


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El doctor Neri Olivas estuvo en dos Batallones de Lucha Irregular (BLI) entre 1986 y 1987: el Miguel Ángel Ortez y el Pedro Altamirano. “Yo era médico, no militar. Pero nosotros lo hacíamos por obligación. Nos sentíamos comprometidos con la causa y teníamos que defender la revolución”, dice Olivas.

El doctor Ricardo Pineda también llegó a la guerra a través de la universidad. Él comenzó a estudiar Medicina a los 18 años en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-Managua, en 1982. Y desde el primer año de su carrera recibió cursos de Medicina de guerra.

El doctor Ricardo Pineda, ex médico de guerra. LA PRENSA/ Óscar Navarrete
El médico Ricardo Pineda, también fue guerrillero en los años 70. LA PRENSA/ Cortesía

Sin embargo, hubo otros casos en que los médicos se fueron a la montaña por decisión propia, como el caso del doctor Luis Callejas.
Entró como médico a las fuerzas de la contra en 1984, apenas un año después de haberse graduado. Acababa de cumplir 24 años e ingresó a las tropas del Comando Regional Jorge Salazar II, en Zelaya Central. “En ese momento yo decidí que Nicaragua necesitaba ayuda, que el movimiento contrarrevolucionario estaba solo. Los combatientes en la montaña no estaban teniendo atención médica. Y dentro de mí decía: ‘Hay que apoyar esto, hay que sacrificarse, porque Nicaragua necesita libertad’”, expresó Callejas, en una entrevista que concedió a LA PRENSA cuando fue candidato a la presidencia por el Partido Liberal Independiente (PLI).

Su papá, mamá y hermanos menores ya vivían el exilio: unos en México, otros en Miami. “Todo mundo se oponía a mi idea de que tenía que ir a la guerra, especialmente mi madre. Pero fue una decisión que tomé con plena conciencia”, dice.


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El doctor Henry Zelaya se había graduado de Medicina en la Universidad de San Carlos, en Guatemala, donde también hizo una especialidad en Medicina. El médico decidió unirse voluntariamente a la contra por sus críticas al Frente Sandinista, después de la muerte de su hermano Marlon Zelaya, uno de los grandes cuadros de la Juventud Sandinista, y de las confiscaciones del Frente Sandinista a su familia.

Aunque sus historias son diferentes, las realidades a las que se enfrentaban eran las mismas. Tuvieron que enmontañarse e intentar salvar la vida de miles de soldados sin los recursos necesarios para hacerlo.

La muerte de un compañero

Cuando había un herido de gravedad, los médicos no tenían tiempo de trasladar al paciente y debían operar en medio de la montaña. LA PRENSA/ Archivo personal de Óscar Navarrete

“Hacerle la preparación al cadáver de un amigo. Eso es impactante. Porque uno hace amistades. Y de repente te dicen que la persona con la que compartís…” El doctor Pineda calla un momento para recordar. Agacha la cabeza. Su aspecto rudo se derrumba cuando tiene que hablar de la guerra. Y más aún, de lo difícil que fue ver a sus compañeros morir.

En ejército Pineda ya estaba acostumbrado a la guerra. Desde que estudiaba la secundaria en el Colegio Centro América servía como niño correo del Frente Sandinista en la lucha contra la dictadura somocista, visitaba a los presos políticos, hacía planos y también fue guerrillero. “En los años 70 nosotros crecimos en una religión llamada Frente Sandinista de Liberación Nacional”, dice el doctor.

En el ejército, el doctor Pineda siempre compartía su lata de sardina con un compañero en el almuerzo. Compartían todo, hasta un caramelo partido por la mitad. Pero un día, en lugar de cenar junto a su compañero la rutinaria lata de sardina, le tocó eviscerarlo, sacarle los órganos y prepararlo para que no se descompusiera tan rápido y pudiera llegar bien donde su familia.

El doctor Henry Zelaya (derecha) con uno de los heridos a los que atendió. LA PRENSA/ Cortesía

 

El doctor Henry Zelaya, durante una entrevista con Revista Domingo. LAPRENSA Foto: Óscar Navarrete

Muchísimas veces, el paramédico de la contra Julio Blandón también vio morir a sus compañeros en sus brazos. Y una de esas historias aún la recuerda con dolor, a pesar de que la muerte fue algo recurrente en su vida, porque desde los 16 años, en marzo de 1983, se integró a las filas de la Contra por la presión política que existía en aquel momento.

Estuvo cinco años en las zonas de combate hasta que lo golpeó la explosión de una granada que provenía de un helicóptero y le salieron llagas en los pies. Viajó a Honduras para recibir tratamiento y allá le asignaron una misión especial: lo prepararon como paramédico.

Durante ocho años y tres meses, anduvo en la montaña, como médico y como combatiente. Y una de las muertes que más recuerda es la de un compañero. En la contra, los soldados usaban un poncho liner (una especie de bolsa de dormir) para acampar. Pero si los emboscaban durante la noche, tenían que levantar todo lo antes posible. Por eso en cada poncho dormían dos personas. Así serían menos los ponchos que tendrían que enrollar en caso de una emergencia. Julio Blandón buscó a su compañero y dormía con él.
Cuando la contra atacó un poblado en Nueva Guinea, el comandante superior de Blandón le dijo: “Aquí te vas a quedar emboscando en esta carretera”. El paramédico se quedó y el resto siguió de frente. Unos 30 minutos después de que se abrió el combate, le llevaron al compañero que dormía con él. “Estaba desbaratado”, recuerda Blandón, vía telefónica desde Río Blanco, Matagalpa. “Comencé a atenderlo pero no le pude controlar la hemorragia, tenía la arteria femoral cortada, una herida en el abdomen. Era difícil. Porque no pude… no pude hacer nada por él”, lamenta el paramédico.

Las heridas de la guerra

Las operaciones y atenciones muchas veces tenían que hacerse inmediatamente, sin importar las condiciones. LA PRENSA/ Archivo personal de Óscar Navarrete

Durante una de las invasiones que el ejército hizo a la contra, el compañero del doctor Henry cayó en una mina. No tenía genitales, no tenía piernas y tampoco un ojo. El doctor cortó a como pudo los tendones que colgaban de las piernas y le puso vendas en ambas y también en los genitales. Le metió un trozo de gasa dentro del ojo y de inmediato lo cargaron los soldados en una hamaca hecha de palo y trapos rumbo a la frontera de Honduras para que ahí fueran recogidos, si es que daba chance.

“Eran como 30 heridos. Lo trasladaron en un helicóptero, pero murió después de llegar a Yalí, Honduras”, relata el doctor, quien admite que tras ver el sufrimiento de aquel hombre agradeció que hubiese muerto.

El doctor Neri Olivas tiene su clínica de especialidades. LA PRENSA/ Óscar Navarrete

 

El doctor Neri Olivas (sentado), como médico en los años 80. LA PRENSA/ Cortesía

Las heridas eran de todo tipo. Los médicos podían llegar a ver intestinos de fuera, miembros con gangrena, hombres torturados sin ojos, sin piernas, con masa encefálica de fuera.

El doctor Henry ahora está canoso. La barba larga y negra que usó cuando estuvo en enmontañado ya desapareció. Sus ojos, verdes y de mirada dura, vieron toda clase de heridas: desde cráneos destruidos y cerebros engusanados, hasta miembros desbaratados por minas o intestinos de fuera por un balazo. “Lo que hacíamos a veces era lavarlo, curarlo, amputarlo y dejábamos a un paramédico con él en el monte o en la casa de los civiles, en los espacios donde ellos guardaban maíz, para que no los encontraran y no los mataran. Si no los escondíamos en una montaña y los civiles arriesgaban su vida para darles de comer”, narra el médico.

“Lo normal era un tiro de abdomen. En medio de las balas, tenías que poner unas válvulas que poníamos con tubos intratoráxicos. Después, lo más que podías hacer era quitarle la mochila y decirle: seguime porque si no te matan. El sufrimiento de una persona en la guerra es terrible”, dice el doctor Henry.

En 1985, el doctor Neri Olivas tuvo a su cargo la dirección del hospital de Wiwilí, en Nueva Segovia y le tocó ver y atender todo tipo de heridos. “Era macabro ver cómo nos llegaban algunos compañeros. Les sacaban los ojos, les cortaban los genitales. Les cortaban la lengua, les arrancaban las uñas, llegaban sin orejas. A veces los dejaban colgados en la montaña y teníamos que ir a recuperar los cadáveres”, dice Olivas.

El doctor Félix Rubén García decidió dedicarse a la medicina por influencia de su abuela paterna, quien le decía “mi doctorcito” cuando era niño. Luego, cuando estaba en quinto año de secundaria supo que quería estudiar Medicina para ayudar a las personas. Y después lo marcaron las muertes que vio en la montaña como médico del Ejército. “Enfrentarme a muertes tan violentas es algo a lo que uno no está preparado, en la Facultad de Medicina no te enseñan eso, esas muertes solo las había visto en la televisión, en las películas de guerra. A medida que vas viendo más muertos como que te vas acostumbrando”, explica García.

Sin recursos

Cuando había un combate, los médicos debían correr en medio de las balas para atender a un herido. LA PRENSA / Archivo personal de Óscar Navarrete

Como si enfrentarse a ese tipo de heridas no fuera suficiente, los médicos tenían que hacerlo sin recursos. Pocas veces tenían las cosas necesarias para operar o atender a un herido. Y cuando no las tenían, buscaban la forma de resolver.

El paramédico de la contra Julio Blandón, recuerda que una vez le tocó atender a un soldado cuyo seudónimo de guerra era el Gallo, porque había caído en una mina y no tenía las dos manos ni los dos pies. “Totalmente desbaratado”, cuenta el paramédico. Tenía, además, todo el cuerpo lleno de charneles de la mina. Además de atenderlo, a Blandón le tocó donarle un litro de sangre. Pero hacía 15 días acababa de donar otro medio litro y se desmayó.

En la montaña no había transfusiones de sangre, no había equipo médico, no había anestesia de calidad. El doctor Henry, por ejemplo, cada vez que tenía que operar una herida grave, colocaba el paracaídas en el que les dejaban caer ayuda, en los árboles como un techo para que no cayera basura al momento de la cirugía. Las heridas las lavaba con agua de río o de la quebrada que ponían a hervir y acostaban al herido en el suelo.

“Lo más difícil es tener que salvar la vida de alguien sin recursos. En la montaña todo pesa. Un litro de suero pesa. Cargar medicamentos era complicado. La carencia es lo más grave. Un herido necesita líquido, desde para lavar la herida hasta ponerlo intravenoso”, dice Ricardo Pineda.

En los Batallones de Lucha Irregular del Ejército sandinista, normalmente había dos médicos, explica Pineda, y varios paramédicos y sanitarios. Los paramédicos eran entrenados por los mismos médicos, mientras que los sanitarios tenían conocimientos muy básicos y se encargaban de resolver emergencias pequeñas y cargar las medicinas necesarias. El doctor Ricardo Pineda dice que su criterio para escoger a los sanitarios que iban a acompañarlo era buscar a quienes tuvieran más capacidad para cargar, porque en la montaña hasta un par de calcetines pesa. “Si tenés dos heridos, necesitás fácil 10 litros de sangre. Aparte, los sanitarios que andaban conmigo eran escogidos. Pero uno buscaba el que cargara más. Porque ese era el que tenía que andar cinco litros de suero, que son cinco kilos. Aparte de toda su comida, su fusil, sus tiros, sus cosas, ese hombre tenía que andar medicina para todos”, dice.


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En la montaña, según cuenta el doctor Henry, los soldados de la contra tenían una desventaja significativa en relación con el Ejército sandinista: pocas veces contaban con helicópteros para trasladar heridos a Honduras, donde tenían hospitales adecuados para atenderlos. A ellos les tocaba cargarlos durante semanas y hasta meses, para llevarlos a un lugar donde pudieran ser atendidos y cuidados. Las clínicas estaban hechas de madera y las camas, cuando había suerte, eran de bambú. Ante la ausencia de esta, les tocaba dejar a los heridos en el suelo.

También el doctor Neri Olivas habla del “peso” en la montaña. Era difícil andar cargando tantas medicinas y sueros. “Era bien difícil. En las mochilas andábamos sueros, vendas, compresas, inyecciones para dolor y teníamos un grupo de sanitarios para ayudarnos a la hora de los combates. Y tenían que estar armados. Andaba con mi AK. Lo peor fue cuando estuve en Nueva Guinea. Estuve luchando contra Edén Pastora y ahí es bien pantanoso. Dormíamos en el suelo, todos remojados. Todos los días que entrábamos a operar regresábamos con muertos y heridos”, relata el doctor.

El doctor Luis Callejas actualmente. LA PRENSA/Uriel Molina

 

El doctor Luis Callejas, cuando fue médico de la contra. LA PRENSA/Cortesía

El doctor Luis Callejas recuerda que “había veces que si no podía salvar a alguien porque las lesiones eran de tal magnitud, que no se podía hacer nada en la montaña, también les ayudábamos a bien morir…”.

—¿Les disparaba?

—Dependía. Si tenía algo más humano…

—¿Y qué podía ser más humano?

—No sé, si tenía suficiente morfina les daba una sobredosis de morfina. Es horrible.

Aunque no participaba directamente de las acciones militares, cuando los emboscaban, no tenía más remedio que disparar. “Cuando te enfrentás a la muerte de esa manera la vida te cambia. Pasás de ser el médico del hospital y te venís a meter a una montaña, donde la muerte no tiene el significado que yo tenía. Cuando es una muerte violenta se deshumaniza la persona… sobre todo cuando son guerras civiles y fratricidas, donde lo que mueve es el odio”, manifestó Callejas.

Los héroes también fueron otros

“Yo estoy vivo por las acciones de los comanditos, de los soldados. Gracias a los soldados. Al momento del fuego eran los que nos cuidaban con un aprecio increíble”, dice el doctor Henry Zelaya.

Durante una emboscada en Siuna hirieron a un soldado contra. Tenía quebrado el fémur. Las tropas del Ejército venían acercándose y el doctor Henry estaba intentando quitarle el uniforme y las botas, que eran un distintivo enorme, para que no lo reconocieran y lo hicieran pasar como civil. “Me dijo: ‘Doctor, váyase de aquí. Lo van a matar’. Si yo hubiera estado herido le hubiera dicho a cualquiera: ‘Hermano, no me abandonés’. Es impresionante que él más bien quisiera la seguridad mía. Y murió. Un chavalo como de 19 años. Cuando regresé a buscarlo, lo habían degollado”, narra Henry.

Un soldado herido siendo atendido en plena montaña. LA PRENSA/ Archivo personal de Óscar Navarrete

El paramédico Julio Blandón también recuerda cómo mataron a un compañero que lo estaba cubriendo. Él estaba en la primera línea de fuego, y le dispararon en la frente. Después, otro disparo le arrancó el brazo. Blandón intentó detener el sangrado pero era demasiado tarde. Solo pudo quitarle el fusil y despedirse de él.

Los doctores aseguran que aunque a ellos les llamaban héroes por salvar vidas, los verdaderos héroes en ese momento eran los soldados. Los médicos combatían también. Tenían su uniforme, sus tiros y sus armas. Pero en el fragor del combate, también se convertían en un soldado más, hasta que escuchaban: “¡Un médico!” “¡Ayuda!” “¡Hay un herido!”.


Los médicos en las universidades

Durante los años 80, las facultades de Medicina de la UNAN León y la UNAN Managua, se convirtieron en la abastecedora de médicos del Ejército sandinista.

El doctor Ricardo Pineda explica que en ese entonces existía algo que se llamaba Batallón Sanitario de Refuerzos y Reemplazos (BSRR), donde la Facultad de Medicina mandaba contingentes de médicos por 90 días, cuatro veces al año, aunque estos aún no estuvieran graduados.

“Íbamos un grupo de estudiantes por 90 días. A los 90 días llegaba otro grupo de reemplazo, de tal forma que había cuatro contingentes al año y atendíamos las necesidades del Ejército”, relata el doctor Pineda.
En 1982, cuando él estaba en primer año, todos los estudiantes de Medicina de todos los años y de ambas facultades recibieron un curso de medicina de guerra.

“En el Maestro Gabriel nos reunimos todos los estudiantes de Medicina de León y de Managua de todos los años y nos prepararon 15 días para aprender una serie de cosas. El médico en la montaña tiene que inmovilizar, parar sangrados, controlar dolor y tratar de preparar a la gente para la evacuación. Es muy poco lo que se puede hacer”, explica Pineda.


Matar, luego pensar

Las camillas en las que trasladaban a los heridos una vez que aterrizaban los helicópteros, cerca de las clínicas. LA PRENSA/ Archivo personal de Óscar Navarrete

El doctor Ricardo Pineda resume su experiencia de guerra en una frase: “La gente que quiere guerra, no sabe lo que quiere”. Él, asegura que a pesar de ser médico, se imponen los instintos a la hora de un combate, porque el militar eficiente “es aquel que mata y después piensa“. “En el momento en que usted piensa, se muere. La guerra transforma los valores. Uno anda en el doble papel. Porque aún cuando uno es médico y anda en una misión de salvar vidas, anda salvando la vida de este grupo, (pero) si te disparan los del otro, disparás”.

El doctor Félix Rubén García cuenta que participó en nueve combates y en todos ellos usó su arma. En tres ocasiones estuvo a punto de morir. Lo más fuerte que le tocó vivir, cuenta, fue cuando lo atacaron los contras a las diez de la noche. “Estábamos dormidos cuando comenzó el combate, solo recuerdo que el jefe del batallón me dijo: ‘Médico agáchate’. Después salí en el aire junto con otro compañero producto de un estallido de un RPG-2, gracias a Dios solo fue el impacto, no hubo heridas en mi cuerpo, después de pasar ese susto agarré mi AK y empecé a disparar al lugar donde venían los disparos”, dice.


Los traumas

Los sanitarios tenían conocimientos básico en medicina y cargaban con la mayor cantidad de medicamentos posible. LA PRENSA/ Archivo personal de Óscar Navarrete

Los médicos aseguran que cualquiera que haya ido a la guerra, queda con traumas.

El doctor Félix Rubén García, por ejemplo, asegura que cuando se desmovilizó del Servicio Militar Patriótico pasó tres días soñando que sus padres estaban muertos y que él los preparaba. “Esto creo que fue a raíz que preparé muchos muertos en San Rafael del Norte”, dice García.

El paramédico contra Julio Blandón recuerda por ejemplo que muchos soldados tenían problemas psicológicos una vez que se desmovilizaban. Incluso, muchos de ellos terminaron muertos. Contras y cachorros se encontraban en bares o cantinas, se peleaban y se mataban a balazos.

El doctor Ricardo Pineda también recuerda que después que terminó la guerra quedó con un trauma: los ataques por la noche. Cuando los atacaban por las noches se levantaban y ni siquiera sabía de dónde venían las balas. Años después, cuando estaba durmiendo, de pronto se despertaba escuchando balas y tratando de averiguar de dónde venían.