Humberto Ortega y la revolución rusa

La revolución rusa, por el contrario, ha quedado en el museo de la historia como un triste ejemplo de una involución hacia un despotismo peor que los antiguos

pobreza, educación

Considero a Humberto Ortega, figura decisiva en el triunfo de la revolución sandinista, un hombre muy inteligente. Él supo como estratega romper moldes caducos y hoy proyecta la imagen de un pensador independiente, abierto a posibilidades nuevas. Pero subsisten en él nostalgias ideológicas que, desafortunadamente, tienen la magia de oscurecer los razonamientos e ignorar realidades palpables. Ejemplo de esto es su reciente artículo: A un Siglo de la Revolución Rusa (13,11,2017).

En él Humberto elogia esta “gran revolución, conducida magistralmente por su líder Vladimir Ilich Ulianov Lenin”, como una “entre las más célebres que registra la historia; ella destrona en febrero al régimen de los zares, monarcas que mantenían en gran explotación, opresión y miseria a la inmensa mayoría del pueblo”.

Luego reconoce como positivas, aunque con menor entusiasmo, la Revolución Americana y la Francesa, diciendo: “Estas tres grandes revoluciones de la historia merecen nuestro respeto y reconocimiento, a sus líderes y el pueblo que con muchos ideales sinceros y justos, hasta nobles utopías, se entregaron al sacrificio y el martirio, y así hicieron de la humanidad una sociedad más justa y mejor que las anteriores”.

Esta exaltación de la Revolución Rusa no resiste las evidencias históricas. Es cierta la opresión de los zares, pero el hecho innegable es que la opresión comunista fue mucho peor. Stalin mató a millones de campesinos, los llamados kulaks, y con la colectivización forzosa de la agricultura causó una hambruna que mató a otros tantos millones. Ni en los peores tiempos de los zares sufrió el pueblo ruso la clase de opresión y sufrimientos causados por el comunismo. La revolución de Lenin, lejos de avanzar en la protección de los derechos humanos, la libertad individual y el derecho de los pueblos a decidir sus destinos, concentró todo el poder en la cúspide de un partido único, que con el terror y su policía secreta aplastaba toda disidencia. Tampoco elevó el estándar de vida de sus pobladores por encima del que disfrutaban los habitantes de los Estados capitalistas; por eso tuvieron que construir barreras sin precedentes para evitar que sus gentes escaparan.

Por el contrario, la Revolución Americana y la Francesa —sobre todo la primera— sí marcaron un nuevo hito en la historia de la humanidad: rompieron con siglos de autoritarismo empoderando al pueblo y las clases medias, como nunca antes había sucedido. En lugar de concentrar el poder lo dividieron en tres ramas independientes.

En lugar de perpetuar a los mandatarios, los sometieron al Estado de derecho y al escrutinio periódico de sus electores; en lugar de manejar la economía desde arriba, con un puñado de burócratas del partido, dejaron en libertad a consumidores y productores para que transaran libremente. Su efecto, entre otros, fue construir las sociedades más prósperas y estables del planeta; ellas sí construyeron sociedades mejor que las anteriores.

Hoy, los principios políticos heredados de estas dos revoluciones siguen vigentes constituyendo los paradigmas o modelos con el que se mide el progreso democrático de las naciones. La revolución rusa, por el contrario, ha quedado en el museo de la historia como un triste ejemplo de una involución hacia un despotismo peor que los antiguos.

Humberto, afortunadamente, rompe implícitamente con Lenin al lamentar “que la ideología humanista esté hoy debilitada minándose así los fundamentos éticos y morales de la política”. Porque para Lenin lo único ético en política era aquello que avanzaba la revolución. Por eso no vaciló en usar los medios más inhumanos para aplastar adversarios. No creo que Humberto piense hoy así, a pesar de que aún abrigue contradicciones ideológicas superables.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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