Opinión | El club de los machos



El club de los machos

Es evidente que hay grados de acoso sexual, lo que no quita que todos sean reprobables: desde el comentario soez al acorralamiento que puede acabar en violación, pasando por los tocamientos indebidos o las encerronas

20/11/2017

Las acusaciones contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein han abierto las espuertas de un diluvio. Como cabía esperar, en casi todos los ámbitos de la vida las mujeres tienen algo que contar sobre los excesos que cometen los hombres con el sexo opuesto. O, como se decía antes sin el menor sonrojo, con el llamado “sexo débil”, término peyorativo que en parte explica este feo asunto: la potencia física de quienes saben que, de no ser bienvenido su embate sexual, siempre se puede recurrir a la intimidación por la fuerza.

Es evidente que hay grados de acoso sexual, lo que no quita que todos sean reprobables: desde el comentario soez al acorralamiento que puede acabar en violación, pasando por los tocamientos indebidos o las encerronas.

Y los escenarios son infinitos: las mujeres son víctimas de este tipo de agresiones en el entorno familiar; en los centros escolares y universitarios; en el mundo laboral, que comprende desde las empresas más pujantes hasta los círculos políticos. De más está decir que Hollywood y todo el mundillo artístico (el problema cruza las fronteras de Estados Unidos) parecen albergar una numerosa población de depredadores sexuales al acecho de atractivas muchachas, idealmente jovencitas que en muchas ocasiones ni siquiera han alcanzado la mayoría de edad.

Es penoso, pero no sorprendente, que sea tan amplio el abanico de hombres prominentes (también está la lista de los acosadores anónimos) que se han visto implicados en episodios lamentables o incluso con responsabilidad criminal. El escándalo de Weinstein ha arrastrado a una retahíla de artistas, algunos consagrados como Kevin Spacey, Dustin Hoffman o Louis C.K., y afecta a casi todos los estamentos de la industria del espectáculo.

En cuanto a la política, están los sospechosos habituales como el exmandatario Bill Clinton y el propio presidente Donald Trump, quien, irónicamente, en las urnas no pagó precio alguno por sus comentarios degradantes y las denuncias de al menos once mujeres que lo acusaron durante la campaña. Precisamente, parece no tener fin el elenco de políticos que se ven salpicados por su comportamiento indebido y su abuso de poder para ofensivas de carácter sexual.

En estos momentos el republicano Roy Moore insiste en aspirar a un escaño en el Senado por Alabama a pesar de que una serie de mujeres alega que cuando eran menores, y él era un fiscal en la treintena, las acosó sexualmente. Y si en las filas republicanas los depredadores sexuales están a la orden del día, en el bando de los demócratas no se quedan cortos. Sin ir más lejos, el senador por Minnesota, Al Franken, ha tenido que pedir perdón públicamente porque, tal y como ha revelado la presentadora Leeann Tweeden, en 2006, cuando Franken era un exitoso comediante antes de dar el salto a la política, en una gira de apoyo a los soldados en Afganistán la besó a la fuerza. En el viaje de regreso Franken se tomó una foto tocándole los pechos mientras Tweeden dormía en pleno vuelo. Dicha foto acabó circulando entre los hombres que estaban presentes a modo de travesura. O sea, una broma pesada en la que propasarse con una mujer fue motivo de chanza.

En estos momentos republicanos y demócratas aprovechan los pecados de unos y otros para echarse tierra mutuamente. Es tanto el cinismo, que mientras Trump no tuitea ni una línea sobre el escándalo de Moore, apunta con el dedo a Franken, quien a su vez ha sido crítico con los comentarios vejatorios que el presidente le ha dedicado a un sinfín de mujeres. Asimismo, ya comienza a ser habitual que muchos hombres se pregunten (no sin cierto nerviosismo) hasta dónde puede llegar este rosario de acusaciones, y más de uno pone en duda los motivos ulteriores que pueden tener las mujeres que, según los más escépticos, esperan tantos años para revelar que fueron víctimas de acoso o agresión sexual.

Tristemente, las cosas parecen no haber cambiado demasiado. El discurso malévolo, en el que se le traslada a la víctima la culpa del victimario, pervive y es el escudo del depredador. Se sabe que cuando alguien en una situación de desventaja es víctima de abuso sexual, quien los violenta los condena al silencio vergonzante, asegurándoles que nadie les va a creer o, peor aún, que son copartícipes del hecho.

Hoy, cuando sale a la luz la cantidad de abusos que los hombres (con mayor poderío físico y tradicionalmente en más puestos de poder) cometen contra las mujeres, abundan las dudas sobre las intenciones de las presuntas víctimas o sencillamente dan a entender que algo habrían hecho ellas para acabar en dicha situación.
No nos engañemos. Este mal del que las mujeres han de resguardarse en casa, en el trabajo, en la calle y en la vida en general, difícilmente podrá erradicarse. Pero no cabe duda que la mejor forma de combatirlo y debilitarlo es la tolerancia cero con los desmanes del club de los machos. Maldita la gracia que nunca han tenido. ©FIRMAS PRESS
La autora es periodista.
Twitter: @ginamontaner

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