Accidentes de tránsito: ¿más de lo mismo?

El presente nivel de accidentalidad es una situación calificable, puesto que los remedios planteados han resultado ser un terrible ejemplo de mala praxis, con las graves consecuencias por todos conocidos

Columna Competitividad Empresarial

Carlos R. Flores

El presente nivel de accidentalidad es una situación calificable tal cual, en el universo garciamarquiano, como la crónica de una muerte anunciada, un fenómeno tan predecible como el paso del cometa Halley cada 76 años, e inaplazable como las estaciones, cada seis meses, puesto que los remedios planteados –los cuales han sido experimentados sin tener un diagnóstico adecuado, con pobres consensos oficiosos y no independientes, sin referencia sobre las soluciones aplicadas en otras geografías, careciendo de anclaje ilustrado a lo que científicamente se han determinado como causas y efectos– han resultado ser un terrible ejemplo de mala praxis, con las graves consecuencias por todos conocidos.

Metafóricamente, si quienes están a cargo de la resolución efectiva de los accidentes–disminución controlable y atribuible a las medidas formuladas– fuesen médicos, cada paciente se moriría varias veces con el tratamiento.

La epidemia de los accidentes vehiculares fatales ha venido aumentando dramáticamente sin control, sin reducción alguna, sin ningún paliativo más que la maroma que los medios de comunicación publican sin análisis, que es presentar confusa y sorprendentemente las reducciones o aumentos en la accidentalidad sobre una base semanal, tal cual y fuese una fluctuación de algún bien transable en la bolsa de valores, cayendo no solamente en un impecable ridículo, sino en un verdadero diversionismo histriónico sobre la severidad de este grave problema de salud pública, lo cual da pie a preguntas serias sobre la competencia de quienes cubren o abordan esas noticias, puesto que solamente multiplican obviedades, sin hacer cuestionamientos sobre la efectividad de las medidas, perdiéndose en la narración de la fatalidad específica como una morbosa noticia en sí misma, que son solamente los síntomas y las consecuencias de un pensamiento superficial sobre el porqué de sus causas raíces.

Bajan los accidentes, suben los accidentes, disminuyen, aumentan, van menos, van más; al parecer esto se publica solamente para dar una idea de cierto seguimiento del tema, pero cuando se lee la noticia, se concluye tragicómicamente que están haciendo inferencias y deducciones sobre una base inútil y acomodaticia, cuando lo correcto debiera ser enfocarse en la calidad y el resultado de las medidas desde una perspectiva de eficacia, ante un fenómeno cuyas características de mal social principal, están sobradamente acreditadas, siendo necesario salir de esa parálisis paradigmática en que solamente se observa un fenómeno, se aplica mecánicamente lo que más cómodamente se tiene a la mano, y ya veremos entonces cómo cambian los resultados.  Nada más disparatado y alucinante a la vez.

La notoria compulsión de poner multas y más multas que no han disminuido un ápice los accidentes –hasta probablemente los hayan aumentado– es un fenómeno digno de analizar porque en sí mismo carece de articulación alguna con otras medidas verdaderamente educativas, para formular soluciones novedosas, estudiando lo que otras sociedades mejor organizadas han desarrollado como políticas públicas para combatir este flagelo.

El problema de los accidentes es multicausal, y precisamente –la dificultad de entender este concepto por parte de las autoridades y otros sectores con incidencia y voz en la formulación de esas políticas públicas– es por lo cual las medidas que se toman son siempre superficiales, dejando también un amplio espectro de graves omisiones toleradas a otros segmentos tales como el transporte, hechos que solamente conllevan a una fatiga y erosión de la paciencia ciudadana ante un esquema monotemático de multas predatorias que como un bumerán, han causado un daño grave a la reputación de las autoridades policiales, por lo cual es imprescindible efectuar una revisión de sus propias actuaciones.

*Director Ejecutivo Cambio Cultural Consultores

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