El Señor es mi pastor

Jesús y su Espíritu Santo nos proporciona las necesidades más profundas que todos podemos tener: paz, protección, serenidad y la confianza

El Salmo 23 fue escrito por el rey David, como testimonio de la relación que tenía con Dios. En este poema, el escritor deja constancia que en el Señor encuentra confianza, protección y serenidad. Desde que este salmo fue escrito, muchas generaciones de cristianos nos hemos deleitado recitando, orando y meditando en él, pues también infunde en nosotros el amor de Dios para con nosotros como el pastor que está dispuesto a dar la vida por sus ovejas.

La imagen de Dios reflejada como el pastor que cuida de su rebaño nos manifiesta que es un padre lleno de bondad para con sus hijos, y al mismo tiempo, nos aleja de la imagen equivocada que muchos podríamos conceptualizar del Señor, como el Dios lejano de nosotros que infunde miedo en la humanidad.

Cuando reconocemos a Jesús como la imagen visible del Dios invisible, es decir, que el Hijo nos revela la plenitud del Padre, nos damos cuenta que también Él nos dice, en el Evangelio de San Juan: “Yo soy el buen pastor”… “Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí”… “Mis ovejas reconocen mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen”.

Jesús nos está revelando que somos sus ovejas y que Él se ha comprometido para ser el buen pastor, quien cuida incondicionalmente su rebaño. Pues solo los que han trabajado con ovejas, tal es el caso del rey David, que antes de gobernar el pueblo de Dios fue pastor, pueden constatar que las ovejas son animales tímidos, inseguros, frágiles, que tienden a perderse con facilidad, es por ello, que necesitan que su pastor esté permanentemente cuidándolas.

Por tanto, podemos entender por qué David se compara con los animales que en su momento estuvieron a su cuidado. Pues sabe perfectamente que necesita de la protección y seguridad que solo Dios le puede brindar. David se reconoce inseguro, débil sin la presencia de su padre celestial.

El profeta Isaías también se comparó con ovejas cuando confesó: “Todos somos como ovejas descarriadas”. Porque mientras no hayamos dado el paso de reconocer nuestra dependencia hacia Dios no podemos verlo como nuestro protector. Así que, aunque sea difícil reconocer genuinamente nuestra debilidad ante el Señor, es un paso fundamental que todos debemos dar, para ver en Dios, ese pastor que nos proveerá y cuidará incondicionalmente de nosotros.

Dios Padre no es un pastor inexperto que llevará a su rebaño al abismo, sino que con su amor y cuidado, siempre está pendiente de buscarnos, de llamarnos por nuestro propio nombre para revisarnos detenidamente, limpiarnos, sanar cualquier herida, restaurar nuestras fuerzas, cuando nos recibe con amor al momento que nos arrepentimos de la vida de pecado que hemos llevado; y así conducirnos a lugares hermosos para hacernos descansar, tal como lo dice David, en el Salmo 23: “El Señor es mi pastor nada me falta, en verdes pastos me hace reposar y me conduce hacia aguas tranquilas y restaura mis fuerzas”.
En el Salmo 23 encontramos la vivencia que debe tener Dios con todo ser humano. Un papá, que por medio de

Jesús y su Espíritu Santo nos proporciona las necesidades más profundas que todos podemos tener: paz, protección, serenidad y la confianza que nuestra existencia puede descansar en la Presencia de Dios, que sobre todo nos ama y nos invita a ser parte de su rebaño.

¿Qué más podríamos necesitar? Solo con Dios en nuestra vida, basta.

El autor es Presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo