Guerra Fría
Gina Montaner

Jorge Edwards y el tiempo perdido

En el pasado había visto a Jorge Edwards en algún evento en Madrid. Desde hacía años admiraba su talla intelectual y su obra literaria, algo opacada por el protagonismo que, a su pesar, cobró Persona non grata, su alegato sobre las vicisitudes que pasó en Cuba en los setenta como Encargado de Negocios de la Embajada de Chile. En su libro ponía al descubierto el autoritarismo de Fidel Castro y la naturaleza retorcida de un régimen para el cual alguien como él, un intelectual observador, autónomo y sensible metido a diplomático, acabó por ser incómodo y peligroso. Tanto, que fue expulsado de la isla, a la que no ha regresado desde entonces.

En esta ocasión he tenido el placer de poder compartir con Edwards con motivo de la Feria del Libro que anualmente se celebra en Miami. El Premio Cervantes 1999 vino a presentar su más reciente novela, La última hermana (Editorial Acantilado), y tuve la oportunidad de coincidir con él en una reunión. Escuchar la amena conversación de un hombre cuyo dinamismo desafía sus 86 años me devolvió a tiempos lejanos, ligados a la juventud, porque en su ánimo permanece intacto el entusiasmo por la literatura: esa pasión afiebrada por los libros que aflora en los buenos lectores durante la adolescencia, pero que suele amainar con el devenir del tiempo y el desgaste natural de la vida.

Se dice que con los años la curiosidad intelectual se apaga gradualmente. Sin embargo, en el caso de Edwards, que está enfrascado en la escritura de una novela sobre su compatriota Pablo Neruda, esta observación no es válida. Sin estridencias ni pedantería manifiesta su amor por los clásicos que relee hasta el día de hoy. Cuando habla con vivacidad sobre la obra de Stendhal o de Proust, lo hace desde la entrega porque para él los libros siempre han sido su guía, desde los tiempos en que, tal y como ha relatado en entrevistas, siendo un muchacho en su Chile natal ya era un lector ávido de las obras publicadas en la mítica colección de Austral.

Jorge Edwards ama la literatura con ardor adolescente, que es la llama que desde temprano se enciende en quienes tienen vocación de escritores y la cultivan hasta el final. Por eso en la grata velada donde no falta la mención obligada a su accidentado paso por Cuba y el revuelo que causó con su Persona non Grata, resulta mucho más interesante oírle hablar sobre los años que tardó Proust en construir la primera oración con la que dio comienzo a su monumental obra, En busca del tiempo perdido: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Así, de manera somera, puede parecer muy simple, pero Edwards explica con inteligencia la inmensa y compleja belleza que emana de la evocación proustiana. El tiempo y sus efectos al hilo del recuerdo del sabor de una magdalena.

Cuando se conoce de cerca a Jorge Edwards se comprende su elogio de Proust, pues él también ha vivido al compás de su propia cadencia, más apegado a las luces del pasado que a las bengalas de un presente acelerado en esta era de voraces consumos digitales. No en balde aún administra una librería para la que apenas tiene tiempo por sus compromisos, pero que lo mantiene unido a esos libros de papel que son el último vestigio de un mundo que se queda atrás. En su corta estancia en Miami se las arregló para caminar en una ciudad inhóspita para los amantes de los paseos sin prisas y buscó, con éxito, un ejemplar de las memorias de Céline que quería releer.

Indago en Internet algunas de sus reflexiones, algo que seguramente él no haría porque se confiesa un “analfabeto electrónico”. En una entrevista reciente Edwards confesó que escribir le aporta “juventud de espíritu”. Su amuleto es la búsqueda constante del tiempo perdido. ©FIRMAS PRESS.
La autora es periodista.
@ginamontaner

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