Crítica de cine | Coco

“La película es un espectáculo que debe experimentarse en el cine”, sentenció nuestro crítico Juan Carlos Ampié sobre Coco, la última película de Pixar.

«La película es un espectáculo que debe experimentar en el cine», sentenció nuestro crítico Juan Carlos Ampié sobre la película de Pixar Coco.

Después de una racha de secuelas, Pixar vuelve a brillar con una película original. Coco incursiona en nuevo terreno, literalmente. La acción se desarrolla en un pequeño pueblo mexicano y en un plano alternativo inspirado en la tradición del Día de Muertos.

Miguel (Anthony Gonzalez) es un niño que sueña con convertirse en cantante e idoliza al legendario Ernesto de la Cruz (Benjamin Bratt), una estrella del calibre de Pedro Infante o Jorge Negrete. El problema está en que su familia detesta la música, desde que la tatarabuela Imelda (Alana Ubach) fuera abandonada por su esposo, quien se marchó en busca de fama y fortuna para nunca más volver. En el Día de Muertos, la determinación de Miguel chocará con los prejuicios familiares. Al tratar de robar de un mausoleo la guitarra de De la Cruz, Miguel se adentra accidentalmente en el mundo de los muertos. Si no consigue la bendición de sus antepasados, se quedará ahí para siempre. Pero no será fácil convencer a Imelda.

Coco sintetiza los arcos dramáticos recurrentes en el filme animado moderno. Tenemos al protagonista infantil luchando por su realización personal, enfrentándose a las expectativas de su familia y la sociedad en general. La necesidad de encontrar a De La Cruz le da a la narrativa la forma de una búsqueda, y el plazo fatal del amanecer imprime suspenso en el desarrollo de la historia. Este héroe solitario cuenta con el alivio cómico de un animal, en este caso, un perro xolocuintle. También un posible aliado, un vago llamado Héctor (Gael García Bernal), que bien puede tener una agenda propia. No en balde puede recordarle al zorro y la comadreja que interceptan a Pinocho en su camino a la escuela. No revelaré más detalles de la trama, para que pueda sorprenderse con sus giros. Baste decirle que funde con virtuosismo las artes de construir un mundo, establecer sus reglas, y desarrollar en él una historia con sentido de propósito e impacto emocional.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE
Juan Carlos Ampié, crítico de cine. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

La película es un espectáculo que debe experimentar en el cine. La laberíntica urbe que habitan los muertos es un homenaje multicolor a Ciudad de México y Guanajuato. Es un espacio colorido y monumental, a medio camino entre el sueño y la pesadilla. Merece un lugar al lado de la Metrópolis (Fritz Lang, 1925) y la distopia de Brazil (Terry Gilliam, 1985). Uno quisiera perderse por sus calles. La música de Michael Giaccino es el tejido conjuntivo que conecta pasado con presente, el mundo de los vivos y el de los muertos. Hay una multitud de guiños a la cultura popular mexicana. Irónicamente, el plano mortal pulula de vida, entre la multitud de esqueletos que agolpan calles y salones, encontrará celebridades reconocibles.

Pétalos de flores de cempasúchill conforman los puentes que unen el más allá con el plano terrenal. Más allá de su belleza formal, la película deja en evidencia las tendencias más audaces de Pixar. No cualquier creador de contenido infantil se propone tratar temas que los adultos tradicionalmente tratan de mantener fuera de la órbita de los niños. De la misma manera en que Inside Out (Peter Docter, Ronnie del Carmen, 2015) exploraba la depresión y las enfermedades emocionales, Coco enfrenta la mortalidad con sensibilidad. Es honesta, pero reconfortante. Cada espectador, según su edad y experiencia, encontrará algo distinto. Los niños más pequeños se deleitarán con el color y la comedia física. Los preadolescentes conectarán con la subtrama que explora el balance entre libertad individual y conexión familiar. Los adultos tendrán que explicar porque lloran. Varias veces. Lleve un pañuelo, lo va a necesitar.

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