Dichosos los que batallan por la justicia

Es extraordinaria lo importante que es la virtud de la justicia. Un dato revelador es la relevancia que Jesús mismo le dio en las bienaventuranzas.

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Es extraordinaria lo importante que es la virtud de la justicia. Un dato revelador es la relevancia que Jesús mismo le dio en las bienaventuranzas. De sus nueve bendiciones es la única que recibe dos: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados”, (la dos) y “Bienaventurados aquellos perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos” (la cuatro). En el viejo testamento numerosos salmos y pasajes reiteran también que Dios ama a los justos y detesta la iniquidad.

La justicia ha sido tradicionalmente entendida como el dar a cada uno lo que le corresponde. Una multa impuesta a quien no ha cometido una infracción es injusta, pues no le corresponde. Mas si ha cometido la infracción, y la ley que la pena es justa, entonces sí le corresponde. Advirtiéndose al respecto que no debe confundirse justicia con legalidad, pues haber leyes inicuas o injustas, como sería una permitiendo la esclavitud. Justas lo son únicamente aquellas que se corresponden con la dignidad humana y la ley natural, de la cual derivan preceptos supra legales (que no dependen del legislador) como no robar, matar, extorsionar, etc.

La exigencia de ser justos tiene dos dimensiones; la personal y la social. La primera nos exige ser justos en nuestros pensamientos y en nuestros actos. Nada fácil, pues tenemos la tendencia a juzgarnos a nosotros mismos con una benevolencia que negamos a otros; como cuando les atribuimos culpas sin suficiente conocimiento o hacemos generalizaciones indebidas. La dimensión social de la justicia se refiere al deber ineludible de luchar por ella ante los poderes del mundo, aunque nos traiga riesgos.

Un caso actual puede servirnos aterrizar estos conceptos: los crímenes cometidos recientemente por militares en el norte del país. Ellos son, sin el más mínimo paliativo, injusticias monstruosas: violan el más vital de los derechos, como es el derecho a la vida, lo hicieron sin mediar proceso, y afectaron a personas que por su edad (13 y 16 años) eran inocentes. Afortunadamente este hecho ha producido una serie de condenas sin precedentes que demuestra una saludable hambre y sed de justicia en muchos ciudadanos.

Menos afortunado, sin embargo, es que algunos hayan condenado genéricamente al ejército, sin mayores matizaciones, cuando este en un cuerpo compuestos por numerosos oficiales, soldados y empleados, decentes y rectos, que no tuvieron que ver nada en los hechos y que, posiblemente, estén inconformes con los mismos.

En este caso lo justo es situar la culpa donde verdaderamente reside: en los comandos superiores. El ejército es una institución jerárquica. Solo los jefes deciden. Los subordinados obedecen sin chistar o son disciplinados. La responsabilidad de las actuaciones recae pues, en primer lugar, aunque no exclusivamente, en los jefes. Si en estos no se castiga ninguna, o se calla al respecto, la responsabilidad sube a los superiores hasta llegar al jefe de los jefes. A él es quien debe exigirse que castigue a los mandos culpables del atropello y dé explicaciones al público. Si no lo hace apaña una terrible injusticia y se hace personalmente, por su rango y potestades, el responsable mayor de la misma.

Si no lo hace la responsabilidad vuelve a la ciudadanía, que debe entonces exigir justicia —sin ambigüedades o quejas feminoides—. Quien calla ante la injusticia se hace su cómplice, fortalece a los injustos y facilita la comisión de futuros atropellos. De aquí que se ofrezca el cielo a quienes padezcan persecución por defender la justicia.
Es un acto de amor que interpela nuestra conciencia.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.