REPORTAJE

Claribel Alegría, la reina de la poesía en habla hispana

Más de siete décadas escribiendo poesía, trascendiendo con su pluma la frontera centroamericana, Claribel Alegría es una de las mayores exponentes de la literatura no solo de Nicaragua y El Salvador, sino de toda América Latina

10/12/2017

El pasado miércoles 17 de mayo, Claribel Alegría dormía plácidamente en su casa, en reparto Los Robles. A sus 93 años de edad, ella ya no camina con facilidad, sino apoyada en un bastón, especialmente desde que en enero de este año se cayó de la cama. Se fracturó la clavícula, dos costillas… no hablaba y casi no reconocía a la gente. Se recuperó pero ya se cansa mucho hasta para hablar.

La enfermera que la cuida la pensó dos veces para despertar a Alegría cuando el teléfono de la casa sonó insistentemente aquella mañana de ese miércoles 17 de mayo pasado. Eran como las 5:00 de la mañana y Alegría estaba profundamente dormida.

—Doña Claribel, doña Claribel.

—No me despertés, no ves que me cuesta dormirme.

—Es que acaban de llamar por teléfono, que dicen que usted se ganó el premio Reina Sofía.

—¿Cóoomoo?

Cuando escuchó esas palabras, Alegría se incorporó rápidamente y habló por teléfono con la persona que llamaba desde España. Había sido galardonada con el XXVI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el más importante para un poeta de habla hispana.

Dos horas después, a las siete de la mañana de ese mismo miércoles, el hijo de Alegría, Erik Flakoll, quien reside en Estados Unidos, se enteró de la noticia de que su mamá había sido distinguida con tan importante premio. Lo primero que se le vino a la mente fue una anécdota de cuando él tenía nueve años de edad y toda la familia vivía en París, Francia.

En una ocasión, Erik quería salir a jugar a la calle y se fue a buscar a la mamá y con un poco de desilusión la encontró haciendo lo mismo de siempre: escribiendo.

Claribel Alegría escribía todos los días, a una misma hora siempre. Si no escribía, leía. Pero todos los días dedicaba tiempo a su pasión de poeta y de narradora. Y lo hacía con mucha disciplina.

Así que en aquella ocasión, para convencerla de que dejara de escribir, Erik trató de desanimar a su mamá, a la que desde pequeño siempre ha llamado “viejita”.

“Viejita, no sé por qué escribís tanto si de todas formas nunca vas a ser famosa. Vamos, hagamos algo divertido”. La mamá solo sonrió. Y esas palabras Erik se las ha tenido que “tragar” debido al éxito de Alegría como poeta y narradora.

Enamorada de las flores, todas las tardes Claribel Alegría se sienta en la sala de su casa o en el jardín de la misma. No le faltan amistades que llegan a conversar con ella. LA PRENSA/ URIEL MOLINA

Benjamín Zeledón y Sandino

En 1912, Daniel Alegría Rodríguez era un joven a quien le molestaba la presencia de los marines norteamericanos en Nicaragua. Decidió entonces unirse a las tropas de un tío suyo que combatía a los invasores, el general Benjamín Zeledón Rodríguez.

Alegría Rodríguez fue admirador de la gesta de su tío Zeledón y, algunos años después, se convirtió en uno de sus primeros biógrafos, escribiendo el texto Vida del doctor y general Benjamín Francisco Zeledón. Lo escribió en Santa Ana, El Salvador, adonde Alegría Rodríguez había llegado para hacer sus prácticas de médico en el Hospital San Juan de Dios. Allí también conoció a una joven de familia acomodada, Ana María Vides, con quien se casó en 1923 y la trajo a vivir a Nicaragua.


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La pareja vivía en Estelí, de donde Alegría Rodríguez era originario. Y tenía una finca que se llamaba Las Nubes, en una comunidad que se llama El Regadío.

En una casa esquinera en el centro de Estelí nació la primera hija del matrimonio, Clara Isabel, el 12 de mayo de 1924.

La poeta en una foto de su juventud, tomada en México en 1953. LA PRENSA/ CORTESÍA

La animadversión que Alegría Rodríguez sentía por los ocupantes norteamericanos seguía intacta desde que había peleado con su tío. Y en una ocasión, cuando la niña tenía como nueve meses de edad, la casa de la familia fue atacada a tiros por norteamericanos. Los Alegría Vides se fueron a vivir a El Salvador. Pero desde allá Alegría Rodríguez seguía adversando a los marines. Según le contaba a sus nietos, le prestó su finca Las Nubes a las tropas del general Augusto C. Sandino para que guardaran allí un buzón de armas. Alegría Rodríguez también fue admirador de Sandino.

Desde que salió de Nicaragua, a los nueve meses de edad, Clara Isabel solo volvería en un par de ocasiones, de vacaciones para visitar a los familiares de su papá, siendo aún una niña. Ella tuvo cinco hermanos pero fue la única que nació en Nicaragua. Los demás en El Salvador. Su papá luchó para que ella mantuviera su pasaporte nicaragüense. Fue hasta muchos años después, cuando ella ya era la poeta Claribel Alegría, que obtuvo el pasaporte salvadoreño. Un pensador mexicano, José Vasconcelos, le dijo en una ocasión que su nombre Clara Isabel era muy hermoso pero que Claribel era mejor para ella. A ella le gustó y ya se quedó con ese nombre.

Claribel Alegría y el escritor argentino Julio Cortázar, en Bismuna, en el Caribe de Nicaragua. LA PRENSA/ CORTESÍA/ ARCHIVO

Cortázar y la revolución sandinista

En 1979 Claribel Alegría vivía con su esposo, el escritor norteamericano Darwin J. Flakoll, y sus hijos, en Mallorca, España. Allí Flakoll remozaba casas y las vendía sobre todo a extranjeros.

A los 18 años de edad, Alegría había salido de El Salvador para ir a estudiar en Estados Unidos, donde se graduó en Filosofía y Letras en la universidad George Washington. Allí también conoció a Flakoll. “El nuestro fue un noviazgo corto. Tres meses y nos casamos. Él vivía en una pensión con un amigo. Yo salía con el amigo de él pero me enamoré de él”, recuerda Alegría entre risas.

Hablar de su marido, quien murió en 1995 en Managua, es una alegría para ella. Eran muy unidos y hasta escribían juntos. Flakoll era un diplomático del Gobierno de los Estados Unidos y eso llevó a la pareja a vivir en diferentes países y a conocer los cinco continentes. Vivieron en Estados Unidos, Chile, Argentina, Uruguay, Francia, España y Nicaragua. Pero Flakoll dejó el trabajo diplomático y se dedicó a escribir.

El 17 de julio de 1979 se encontraban en su casa de Mallorca escuchando la radio cuando oyeron la noticia. El dictador Anastasio Somoza Debayle había huido de Nicaragua.

A los dos días fue el triunfo definitivo de los sandinistas en Nicaragua. Flakoll le dijo a Alegría que debían viajar a Nicaragua, que ese había sido el sueño de su padre, Daniel Alegría, ver a Nicaragua liberada de los Somoza. El padre de Alegría había muerto en 1965.

Por esos días llegó donde los Flakoll Alegría uno de los amigos más queridos por el matrimonio, el escritor argentino y después nacionalizado francés Julio Cortázar. Celebraron juntos el triunfo de la revolución sandinista con varias botellas de vino y allí mismo decidieron que todos irían a Nicaragua. Los Flakoll Alegría llegaron al país en septiembre de 1979 y Cortázar lo hizo en noviembre de ese mismo año.

Era la primera vez que Alegría llegaba al país desde que era pequeña. Se quedaron seis meses y empezaron a entrevistar a todos los actores de la revolución, incluidos la actual pareja presidencial, Daniel Ortega y Rosario Murillo. Finalmente, Flakoll y Alegría escribieron un libro que se llamó Nicaragua: la revolución sandinista.

Bailando en su casa, con su esposo Darwin J. Flakoll. LA PRENSA/ CORTESÍA/ ARCHIVO

Entre 1979 y 1980, Flakoll y Alegría estuvieron viajando entre Managua y Mallorca, pero en este último año decidieron quedarse definitivamente en Nicaragua, apoyando a la revolución, escribiendo y recibiendo a grandes personalidades que llegaban a conocer la situación del país en ese momento. Alegría era como una “embajadora cultural” del país, pero sin ser nombrada, recuerda su hijo Erik Flakoll.

El actual director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, Francisco Arellano Oviedo, recuerda que en los años ochenta se sorprendió cuando vio a Claribel Alegría en Nicaragua y más aún saber que era nicaragüense. Él había estudiado secundaria en El Salvador y en los textos salvadoreños se estudia la poesía de Alegría, como salvadoreña. “Ella aparece en el panorama de la literatura salvadoreña junto a otros grandes escritores salvadoreños. Creo que cuando regresó a Nicaragua recuperó sus raíces nicaragüenses”, dice Arellano Oviedo.

Y la poeta Michelle Najlis dice que Alegría fue “como un regalo” para los intelectuales de la época de la revolución. “Ella te ayudaba a vivir. Cuando yo me sentía cansada, me iba a refugiar a la casa de ellos (Alegría y Flakoll). Allí había mucha paz, tranquilidad, mucho cariño. Estar en la casa de ellos te ayudaba a tomar conciencia con la vida”, recuerda Najlis.

La oficina que Claribel Alegría tiene en su casa. Todos los días escribe algo, aunque últimamente lo hace menos. LA PRENSA/ ARNULFO AGÜERO

Najlis asegura que Alegría ayudó mucho a la revolución sandinista porque ser escritora en esa época era una participación activa en la revolución. “La creación de belleza es una participación importante. Que ella escribiera desde aquí era una forma de lucha. A veces se nos olvida lo cultural, que es parte de eso que queremos construir”, indica Najlis.

El hijo de Alegría, Erik Flakoll, recuerda esos años ochenta. “Éramos todos muy sandinistas. Mi padre era voluntario en el Ministerio de Relaciones Exteriores (Minex), trabajaba con el padre Miguel D’Escoto. Traducía cosas. Y mi madre se dedicaba a atender a los amigos. Después llegó la desilusión. Empezó con la piñata y después con el aferramiento al poder”, dice Flakoll.

Allegada a sus amistades, como Ernesto Cardenal y Gioconda Belli, Claribel Alegría está hoy alejada del Frente Sandinista (FSLN) que dirigen Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo. De hecho, ahora que Alegría ganó el premio Reina Sofía, nadie del Gobierno se pronunció sobre el importante reconocimiento.

“No me importa que no me hayan felicitado. Yo he sido muy directa. Este gobierno no me gusta. Yo los veo como a una pareja dictatorial. Muy al principio (del regreso de Ortega al poder, en 2007), yo me esperaba otra cosa”, explica Claribel Alegría.

La reina Sofía conversa amenamente con Claribel Alegría, quien la observa con una copa en la mano izquierda. LA PRENSA/ CORTESÍA/ ELSY DUARTE

La Reina Sofía, un cabrito en salsa y el museo del Prado

El pasado viernes 10 de noviembre, cerca de las 2:00 de la tarde, Alegría partió del Aeropuerto Internacional de Managua rumbo a Madrid, a recibir su premio Reina Sofía. Le acompañaban su hijo Erik Flakoll y su enfermera Elsy Duarte.

Desde muy pequeña Alegría componía versos sobre todo lo que tenía a su alrededor. Sobre sus muñecas. Sobre las estrellas. Y se los declamaba a su mamá.

El premio es “la cereza en el pastel” a una carrera de más de siete décadas escribiendo poesía. Y a veces también prosa, como cuando escribió la novela Cenizas de Izalco, que se refiere a la matanza de unos campesinos en 1932, en El Salvador. La escribió junto a su esposo Flakoll y en esa ocasión casi se divorcian. “No nos poníamos de acuerdo en lo que traducíamos. A mí no me gustaba lo que él traducía y a él no le gustaba lo que yo traducía. Después nos dimos cuenta que lo que buscábamos era que naciera el niño, el libro”, recuerda Alegría.

Ya estudiando en Estados Unidos, el poeta español Juan Ramón Jiménez, el autor de Platero y Yo, y luego Nobel de Literatura, fue su tutor en poesía y le seleccionó su primer libro, Anillo de silencio, en 1948. Jiménez era muy riguroso con Alegría. Nunca le gustaba totalmente lo que ella escribía. Pero finalmente la sorprendió cuando le armó su primer libro y le dijo: “Buscá quién te lo publique”. Y después agregó: “Aquí en España algún día te van a recibir con alfombra roja”. Y ese día se cumplió el 14 de noviembre pasado, cuando Alegría recibió en Madrid el premio Reina Sofía.

Alegría ha producido más de 40 publicaciones, algunas de las cuales han sido traducidas a 14 lenguas diversas. Y también ha ganado muchos premios.

La novela Ceniza de Izalco, traducida al italiano, que Claribel Alegría escribió con su esposo Darwin J. Flakoll, sobre una matanza ocurrida en 1932 en El Salvador. LA PRENSA/ ARCHIVO

Hasta hoy, a los 93 años y medio de edad que tiene, Alegría escribe. Dice que ya no tanto como antes. “Mi vida está muy tranquila, después de este viaje muy cansado (a Madrid). Leo mucho, escribo algunas cositas de vez en cuando. Escribo muy poco. Escucho mucho y converso con mis amigos, a veces gente que viene de El Salvador también”, indica Alegría.

Su hijo Erik Flakoll expresa que el premio Reina Sofía, que es por toda la obra de Alegría, se lo tiene bien ganado porque ella ha trabajado con mucho tesón todos los días de su vida, escribiendo. Siempre ha escrito.

Al conocer a la Reina Sofía, en Madrid, Alegría comenzó a tutearla, a hablarle de tú, y la reina la llamaba de usted. Cuando se percató, Alegría le ofreció disculpas a la reina, pero ella le dijo que no había problema. “Si usted viviera en España, seríamos muy amigas”, le dijo la reina. A Alegría le gustó que la reina es muy sencilla y fácil de acercarse a ella. “La reina me mandó a llamar para estar en privado con mi familia”, revela Alegría.

“Se cayeron bien ambas. Hablaron de mitología griega, porque la reina Sofía es de Grecia”, relata Erik Flakoll.
El viaje a Madrid fue muy agradable para Alegría. Comió “un cabrito en una salsa deliciosa” y también unas “ostras bien frescas, deliciosas”.

Lo mejor para ella fue visitar el museo del Prado, donde existe una galería de obras de Tiziano, el Bosco, Goya y Velásquez.

Acompañada de su hijo Erik y sus hijas Karen y Maya, todos de apellido Flakoll. LA PRENSA/ ARNULFO AGÜERO

Claribel Alegría no quiere más viajes

“Qué lindas las flores”, dice Alegría, en su casa, buscando asiento mientras camina de la mano de su enfermera Elsy Duarte y apoyada en un bastón.

Hace poco en El Salvador presentaron su último libro Amor sin fin, pero ella no fue. “Yo creo que ya no voy a viajar más. Regresé cansadísima. Nunca me he sentido tan cansada”, dice.

Alegría gusta tanto del gallopinto nicaragüense como de las pupusas salvadoreñas, pero ahora prefiere quedarse en Nicaragua, donde vive desde que llegó con su marido Flakoll tras el triunfo de la revolución nicaragüense.

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