Flaquencias de nuestra democracia

Detrás de todo sistema político hay una ideología que lo sustenta. Si esta no es compartida, al menos por los sectores más influyentes de la población, dicho sistema es frágil

pobreza, educación

Detrás de todo sistema político hay una ideología que lo sustenta. Si esta no es compartida, al menos por los sectores más influyentes de la población, dicho sistema es frágil. Es lo que ocurre en Nicaragua con la democracia. Sus principios no solo son desconocidos o poco apreciados entre los más pobres —más preocupados por la supervivencia diaria que por valores que le suenan abstractos— sino, y esto es lo más preocupante, por amplios sectores con educación universitaria. Peor aún: un buen porcentaje, dentro de ellos, simpatiza con ideologías manifiestamente antidemocráticas.

Hace pocos días, en ocasión del primer aniversario de la muerte de Fidel Castro, la hermosa fachada de la Universidad Nacional (UNAN) de León se vio engalanada por mantas y pósteres monumentales con su efigie. El hecho es la manifestación más visible y reciente de la admiración que las principales uniones estudiantiles, CUUN y UNEN, junto con sus respectivos rectores, han expresado, por Castro y la revolución cubana —cuando este falleció el Consejo Nacional de Universidades (CNU) publicó sendos campos pagados exaltando su memoria—.

Puede pensarse lo que se quiera de esta revolución y su líder, menos que sean democráticos, entendida la democracia como el sistema donde la ciudadanía escoge libremente sus representantes entre partidos que compiten por el voto ciudadano, donde se respetan los derechos individuales, se someten los gobernantes al imperio de la ley, y donde el poder, lejos de concentrarse, se encuentra dividido entre ramas independientes.

Igual que un enemigo del racismo jamás podría admirar a Hitler, un verdadero demócrata jamás podría admirar a un personaje que, como Castro, impuso un régimen de partido único —en Cuba solo pueden ser candidatos los miembros del partido comunista—, abolió la libertad de expresión —no existe un solo medio independiente—, prohibió el disenso –quienes se atreven a criticar al régimen son considerados traidores y perseguidos— y que estableció, en suma, el régimen más autoritario y represivo de América Latina.

El hecho que nuestra educación superior, donde se forman las generaciones de mayor influencia, siga estando presidida por rectores, catedráticos y líderes que honran a la dictadura más férrea del continente, es un mal augurio para el futuro democrático del país. Sus estudiantes no estudian ni aprecian las ideas de los padres fundadores de las repúblicas democráticas, ni admiran los aportes de la revolución americana o los principios rectores de la revolución francesa.

No nos extrañe, entonces, que las universidades públicas —y la mayoría de las privadas— otrora tan militantes e idealistas, jamás se hayan pronunciado públicamente en contra de la actual concentración de poderes, de los fraudes electorales, de la politización y corrupción del poder judicial, de las violaciones a la ley, o del irrespeto a los derechos humanos. Como instituciones formadoras de pensamiento nuestras secundarias y universidades, lejos de apuntalar y reforzar los valores democráticos, tan necesarios para el país, son centros que los erosionan y corroen.

Esto debe ser una campanada de alerta para quienes verdaderamente aprecian los hermosos ideales y principios que concurren en la democracia. En la década de los noventa el ministerio de Educación, con fondos de USAID, estableció un Centro de Educación para la Democracia donde prestigiosos intelectuales se dieron la mano para producir materiales pedagógicos y cursos de formación para maestros y alumnos. El esfuerzo expiró por falta de fondos, dejando un vacío tremendo en la defensa del ideario democrático. ¿Habrá quienes se interesen por llenarlo?

Las ideas tienen consecuencia. Quien no luche por las buenas no se sorprenda que triunfen las malas.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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