¿Abogado clientocéntrico o qué?

Cuando en 1994 me trasladé definitivamente al país, me tocó alquilar un apartamento en un residencial de la capital

Columna Competitividad Empresarial

Carlos R. Flores

Cuando en 1994 me trasladé definitivamente al país, me tocó alquilar un apartamento en un residencial de la capital. Un trío de personas que no puedo recordar si eran hombres o mujeres, porque me era difícil discernirlo, pero lo que sí ocurrió fue que los escándalos, orgías, borracheras y otras escenas en las cuales tuvo que llegar la policía.

Después de ver la notoria inefectividad de las quejas por escrito, notifiqué a la dueña por medio de carta que desocuparía el inmueble. Posteriormente me di cuenta que su negativa a llamarles la atención, obedecía a que ella patrocinaba a un gremio de personas similar a las del primer piso.

Cuando entregué el apartamento, ella inventó argucias que había deterioro en su piso de madera, entre otros supuestos daños para quedarse con el dinero del depósito, el cual era un total de 650 dólares.

Lea además: Sector turismo y capacitación permanente

Visité a un abogado, le narré mi situación y después éste me dice:

“Mire, por el monto que hay en juego, he calculado que le costaría técnicamente lo mismo ganar el caso, por lo que no tendría sentido que usted se desgaste en un juicio, y, además, con las facilitaciones que ahora algunos operadores piden, hay un riesgo considerable que los costos hasta sobrepasen los 650 dólares” – me miraba mientras se secaba el copioso sudor de la frente.

– “Pero le tengo una buena noticia, continuó”– “solamente déjeme hacer una llamada”– mientras agarraba el auricular de un teléfono fijo.

– “Ven que te tengo a un posible cliente”– lo escuché decir, “pero aparécete rápido”– le decía a su interlocutor.

Unos minutos después se personó al altillo un hombre de unos 30 años, moreno, fornido, con una amplia cicatriz al lado de su ojo izquierdo, quien se presentó de una manera muy educada.

El abogado me dice:

– “Este señor es un especialista en ‘justicia rápida’”, –mientras hace la señal de las comillas al levantar sus manos– “sobre todo por su experiencia militar y por varios casos que ya le ha resuelto satisfactoriamente a otros clientes”.

A continuación, el abogado tomó la batuta al explicarle a él en forma detallada la situación que me había acontecido, a lo cual, el “especialista” me comentó:

“El trabajito es fácil, usted me dirá cómo quiere que procedamos. Le costaría solamente 50 dólares que yo pase por la casa de la señora, le tiro frente a la casa una granada de demolición, o si ella tiene carro, se la pongo debajo y ya verá que con el daño del vehículo Usted quedará tablas” – me describía así su plan mientras finalizaba con un gesto de sus manos como en señal de un empate.

Puede leer también: La visión superficial sobre los clientes

– “No, jamás” – le contesté – “No es para tanto, me metería a un problema mayor por esa situación”.

Entonces, intervino muy educadamente el abogado y me dice:

– “Usted dirá entonces, muy señor mío, porque lo que estoy dándole es alternativas para resolver su caso, quiero brindarle un servicio completo y a la medida, ya sea por la derecha o por la libre, pero que Usted no vaya a decir que yo no le soluciono los problemas a los clientes”.

Le argumenté varias otras razones de índole moral, las cuales él más bien asentía y se reía comprensivamente, diciéndome:

– “Entonces le voy a dar un consejo” – me dice alzando su dedo índice. –“Métase a estudiar Derecho para que no lo vayan a engañar y lo pongan a firmar contratos en que no haya leído muy bien la letra pequeña. Debe Usted saber que vivimos en un país de ladrones”– finalizó.

Podría interesarle: Imaginando el ideal de servicio

Me matriculé en la escuela de derecho una semana después.

direccion@cambiocultural.net

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: