Un médico sin vocación

Alguna vez yo también dije que quería ser médico. Una de esas profesiones nítidas, heroicas, que un niño admira, y con algo en común: una fuerte vocación

En aquellos tiempos de chico, cuando se me acercaba algún adulto con la pregunta típica y poco apropiada de “¿Qué quiere ser este niño de mayor?”, yo contestaba con todo convencimiento un día una cosa, y otro día la contraria. Para un niño, embriagado de presente, eso de “cuando sea mayor”, le suena a otra vida, así que lo que responde no es lo que quisiera ser mañana, sino hoy, ahorita mismo, porque la palabra “ser” es sinónimo de “jugar a ser”.

Por aquellos días, debía yo estar respondiendo que quería ser cura, porque alguno de mis mayores cometió la equivocación de tomárselo en serio. No en vano, con apenas nueve o diez años, un tío que escribía poemas y era muy religioso me llevó un libro de regalo. Era ni más ni menos que de Unamuno y se titulaba San Manuel Bueno Mártir. La historia de un cura de pueblo, un hombre ejemplar y querido que perdía la fe y sin embargo seguía ejerciendo el sacerdocio con el máximo fervor de modo que nadie sospechase lo que le pasaba por dentro.

Aún recuerdo la extrañeza que me causó aquella lectura. Más tarde me pregunté por qué mi tío me regaló aquel libro, siendo yo aún un niño. ¿Quería que desde temprano me forjara un espíritu crítico empezando por mis propias convicciones, poniéndolas en duda? ¿Y por qué él, que era tan religioso, quería que yo me cuestionara?

El título de este artículo no hablaba de un cura, sino de un médico que ha perdido, si alguna vez la tuvo, su vocación. Lo conocí recientemente y me lo confesó llorando, como si se hubiese excavado hasta muy adentro y hubiese descubierto un inmenso vacío.

Alguna vez yo también dije que quería ser médico. Una de esas profesiones nítidas, heroicas, que un niño admira, y con algo en común: una fuerte vocación. No es que no haya otros oficios vocacionales, pero esta es una a la que se le supone como algo implícito y necesario. De otro modo, cómo se van a sufrir las exigencias, renuncias y frustraciones que exige el estudio y ejercicio de la profesión médica. Y en el caso de algunas especialidades, se suma el estrés considerable de trabajar entre la muerte y la vida. Tiene la compensación de poder dedicarse a lo que uno más le gusta, además del poco riesgo de desempleo. Los médicos migrantes, por ejemplo, se sitúan con más facilidad que muchos de sus compatriotas en otros países. Siempre son necesarios.

Ese médico ronda los cuarenta años, es migrante y lloró por todo el tiempo ofrecido a un amor contrariado. Imaginen su desgarro. La raíz de la palabra vocación es la misma que la de “llamada”. Demanda una respuesta intangible, inequívoca, que hace de un oficio casi una manera de ser, algo intrínseco a la personalidad.
Entonces me acordé de aquel cura de pueblo que había perdido a Dios. Y al no desear para su pueblo la incertidumbre y la tristeza profunda que a él le embargaba, hizo un acto de amor: fingió su Dios, se guardó la tristeza del hueco y devolvió la esperanza.

Algunas preguntas que los adultos hacen a los niños van cargadas de veneno. Un escritor decía que la gente menos infeliz es aquella que dedica más tiempo a su pasión. A uno no se le ocurre mejor deseo para un niño que va creciendo. El tiempo y su corazón le guiarán adonde deba ir.

Ante ese médico, me quedé, como pocas veces me ha pasado, literalmente sin palabras, consciente y temeroso de saber que cualquier cosa podría sonarle a Paulo Coelho (y eso que él dice cosas muy útiles con seguridad).

Pude animarle, decir que no somos siempre aquello a lo que nos dedicamos. Pero claro, en el caso de religiosos, médicos, maestros o artistas, el asunto es más delicado. Así que me callé. Lo miré a los ojos, deseando que la buena voluntad le guiara hacia otra forma de amor. Solo le sugerí que llevase antorchas para el camino. Y le pedí que me enviara señales dondequiera que esta noche le guiase. Si vuelvo a saber de él, espero contarles la otra parte de su historia.

El autor es periodista.

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