En el ocaso del año 2017

En este año los “nicaragüenses por gracia de Dios”, vimos con dolor como hemos involucionado en el cuidado de la vida “que es sagrada” con la alta tasa de femicidios, accidentes, irrespeto a los derechos humanos

Diciembre… mes de recapitulación y esperanza. Un año que viene y otro que se va. ¿Qué ha pasado este año… qué evolución vemos en relación al 2016? Los evolucionistas muy seguramente nos dirán, ninguna, no podés esperar nada en poco tiempo; los políticos, más aún los populistas, hablarán de sus artificiosos logros, de sus índices inflados de la economía que “atestiguan” la reducción de la pobreza, de que vivimos con más “seguridad”, etc. Pero lo cierto es que en un mundo de comunicación instantánea, vivimos incomunicados, desprovistos, en un mundo utilitarista.

Nuestra humanidad se resiste de manera alienante a evolucionar hacia la excelencia y se resigna de manera atávica a cargar con todos los genes mutantes que la desnaturalizan, como son entre otros, la indiferencia ante el dolor del congénere, el desprecio al que es diferente, la intolerancia con quien piensa distinto, el doble discurso y la patraña para prevalecer y la prebenda para comprar conciencias e inclinar decisiones. Todo esto configura un síndrome que podemos llamar: ¡Humanidad deshumanizada!

Los terroristas continúan perfeccionándose en la escogencia de medios más “eficientes” para matar a personas indefensas, Trump persiste en su autocracia y ahora de construir muros, pasa a derribar según él, el muro que separa a judíos y palestinos, con la sola proclamación de su palabra: “Jerusalén es la capital de Israel”. El espacio cibernético es invadido cada vez más no solo para humillar y desprestigiar personas, sino que vemos cómo compañías, empresas, grandes potencias y hasta un expresidente de una nación, está siendo enjuiciado por adquirir un “programa especializado” para espiar a la competencia, a partidos y políticos que se le oponen, llegando incluso a invadir su vida íntima.

En medio de esto emerge Francisco, el papa de la moral, el pastor humano, proclamando a grito partido en Bangladés: “Rohinyá es hoy la presencia de Dios”, en abierto y valiente desacuerdo con la ONU que inhumanamente, había calificado el éxodo desde Birmania, de esta minoría de seres humanos musulmanes como: “Limpieza étnica”. En realidad no podemos valorar en tan poco tiempo su evolución, ¡ya que es una humanidad que involuciona!

Nicaragua no ha sido la excepción en esta carrera involutiva, de una sociedad que va perdiendo sus valores o hace caso omiso de ellos. En este año los “nicaragüenses por gracia de Dios”, vimos con dolor como hemos involucionado en el cuidado de la vida “que es sagrada” con la alta tasa de femicidios, accidentes, irrespeto a los derechos humanos con agresiones físicas e incluso muerte a personas de todas las edades, burlas y vejaciones que denigran y dañan moralmente al individuo. Sin pretender categorizar ni pormenorizar, fue degradante la vejación a sus 78 años, a José Esteban González, hermano cristiano, educador de generaciones en las escuelas de Lasalle, fundador de la Comisión Permanente de Derechos Humanos de Nicaragua. Esta agresión a José Esteban, ejemplifica en una sola persona como se está violando el respeto a nuestros mayores, al maestro-educador, al personaje público, al religioso, al filántropo. Toda una escala de valores y principios que dignifican al individuo, ignorados o peor aún menospreciados.

Es importante e impostergable abocarse a la tarea de educar, de reconstruir una sociedad y nación amigable, limpia y honesta para lo cual es menester comenzar por dejar atrás malos hábitos como el grito, la chabacanería, el prevalecer por la violencia, la hipocresía güegüense, comenzando esta reconstrucción dentro de la familia. Tenemos que sacudir la indiferencia y promover la concertación, el diálogo, buscando consenso, principios, costumbres e historia que nos enorgullezcan e identifiquen como un pueblo único. Se trata de una tarea ardua de un pueblo que vive en un equilátero cálido, capaz de soñar y trabajar, que mira hacia un futuro mejor para sus hijos, un pueblo que “aún cree en Jesucristo” y en sí mismo. Einstein en una ocasión dijo: “Locura es esperar resultados diferentes, si se continúa haciendo lo mismo”.

Viendo en esta Navidad a mi hijo adolescente, Omar Enrique, arrodillarse reverente ante el paso de Jesús Sacramentado, he tomado fuerza para decir: ¡Manos a la obra! ¡Sí se puede! ¡Felicidades y a buscar logros en el 2018!

El autor es médico, neurorradiólogo.

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