La primera de todas las revoluciones

Desde luego es penoso admitir que nos encontramos en una etapa de sub-desarrollo moral, corriendo pareja con el material

elección pura

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director martir del Diario LA PRENSA. Foto: LA PRENSA/ ARCHIVO

Parece mentira, pero quien implantara en Nicaragua la honestidad administrativa con todo el rigor que esta expresión tiene, haría en nuestro país la más elemental y necesaria de todas las revoluciones.

Cuando deje de haber empleados supernumerarios; cuando deje de haber becarios y maestros fantasmas; cuando desaparezcan las regalías de los ministerios y dependencias del Estado, las libres, las dispensas, las comisiones, los puestos inventados para favorecer a amigos, los viáticos exagerados, etc., Nicaragua va a respirar de una carga, que ha padecido durante mucho tiempo.

Hacer todo eso sería hacer una verdadera revolución, por cuanto equivaldría a cambiar sustancialmente el concepto del “Estado botín” que ha privado largos años, por otro diferente, del Estado como organización dentro de la cual el ciudadano debe servir obligadamente, para beneficio de la comunidad.

Desde luego es penoso admitir que nos encontramos en una etapa de sub-desarrollo moral, corriendo pareja con el material, pero ante las evidencias diarias, no se puede ocultar la verdad, ni se puede soñar con hacer planes de perfección administrativa, sobre la arena movediza, la base falsa, de una ausencia de probidad, en muchos órdenes de nuestra vida.

Nosotros creemos sinceramente que Nicaragua necesita sobre todas las cosas, una limpieza total de los vicios administrativos, una purificación de sus costumbres oficiales, y solo entonces podrá ya con el terreno limpio de maleza, germinar una nueva vida, a la cual tienen derecho las futuras generaciones.

Mientras las regalías sigan siendo vistas como asunto normal; mientras el erario sea considerado como una gran cartera capaz de cubrir cuantos cargos imaginarios se inventen, aumentando así una burocracia ociosa y petulante que consume las energías de quienes producen, y resta ingresos al Fisco, no podremos progresar al ritmo acelerado que exigen nuestra explosión demográfica, y la competencia por un mejor nivel de vida, impuesta a nuestra existencia de país pequeño, por consideraciones de orden moral universal.

La primera de todas las revoluciones en Nicaragua, sigue siendo la revolución de la honradez, y esa no pueden hacerla los que han gobernado durante tantos años subvirtiendo nuestros valores morales.

LA PRENSA, viernes 26 de agosto de 1966.

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