LA HISTORIA

Katherine Espinal: La pianista que venció a la muerte

Katherine Espinal luchó contra una enfermedad que deformó su rostro y la dejó sin caminar durante dos meses. Los médicos le daban dos años de vida. Ahora es una virtuosa pianista

07/01/2018

El primer concierto de Katherine Espinal fue a los 10 años. La hija de uno de sus vecinos estaba cumpliendo 15 años y en las calles del barrio ya se rumoreaba sobre la niña que estaba aprendiendo a tocar piano. Decidieron contratarla como pianista de la fiesta.

Aquel día recibió su primer salario: 30 córdobas que se ganó tocando El Danubio Azul y Estrellita. “No tengo idea de cómo lo toqué. Seguramente toqué tres notas y a la gente le encantó. Los vecinos estaban alegres y me pedían más canciones y yo solo me sabía dos”, cuenta Espinal.

A los 7 años tocó el piano y desde entonces no ha dejado de hacerlo. Fue amor a primera vista. Ni siquiera cuando una extraña enfermedad con la que convivió durante ocho años le inflamó las articulaciones en las muñecas e hizo que sus dedos quedaran casi inmóviles y se inflamaran tanto que solo podía tocar con tres.

Poco a poco fue superando la enfermedad hasta que recuperó la movilidad en los dedos. Katherine, de 30 años, siguió dedicándose a estudiar Música y sus profesores empezaron a recomendarla como pianista a artistas como Katia Cardenal o Juan Solórzano. Desde entonces, comparte escenarios con ellos, trabaja para algunas embajadas, donde toca recitales y ahora empezará a estudiar una licenciatura en Enseñanza Artística y Musical.

Perchas, baldes y un piano

A los 22 años, Katherine Espinal comenzó a padecer una enfermedad contra la que luchó durante ocho años. La desahuciaron y los médicos le daban dos años de vida. LA PRENSA/ Óscar Navarrete

La pasión por la música nació en el patio de su casa. Cogía los baldes de su mamá, los ponía al revés y cortaba ramas de los árboles para empezar a tocar en una batería improvisada. Si no alcanzaba ramas, usaba las perchas de madera de su mamá y junto con los baldes terminaban quebradas.

Su mamá se molestaba. Su papá descubrió su talento. “Yo digo que mi papá siempre ha sido mi impulsador cultural”, dice Katherine. Su padre le compró una docena de baldes para que siguiera tocando en casa. En aquel entonces eran tres hermanos que jugaban a las coplas: dos de ellos eran la Gigantona y el Enano Cabezón y Katherine era la que tocaba. Tenía 6 años.

Al año siguiente su padre se enteró que había matrículas abiertas en el Conservatorio Bautista y llevó a matricular a su hija, sin saber qué instrumento quería aprender. En el lugar había demasiada gente. Katherine se echó a llorar porque no quería quedarse sola. La entonces directora del Conservatorio la cogió de la mano y la llevó a sentarse a la primera banca, que estaba frente al escenario.

En la tarima había una especie de caja misteriosa. La niña de 7 años, asustada, creía que se trataba de un ataúd con la tapa levantada. Hasta que detrás de aquella caja apareció una mujer estadounidense llamada Joey Crocker, fundadora del conservatorio. Aquella caja misteriosa era un piano.

Crocker se sentó y empezó a tocar un rock and roll llamado Pronto tú y yo miraremos al rey. “Yo me quedé impresionada. Cuando miré a esa señora tocar dije: quiero ser pianista. Yo quería que llegara el sábado porque quería encontrarme otra vez con el piano”, cuenta Espinal.

Desde entonces, el piano la ha acompañado. Fue quien la consoló durante ocho años, cuando luchó con una enfermedad de la que se recuperó hasta hace dos semanas, que la dejó sin caminar por dos meses, la alejó de Dios y en un momento la hizo creer que ya solo viviría dos años.

Dos años de vida

“Señor déjame sorda, déjame ciega, déjame sin pie, pero no me quites las manos, porque vivo mis días con la música”, fue la plegaria que la pianista Katherine Espinal le hizo a Dios en los momentos más dramáticos de su carrera artística. Óscar Navarrete/ LA PRENSA.

Las manos de Katherine han sido testigo de sus luchas. Usa las uñas cortas porque no puede tocar piano si las tiene largas; aunque no está tocando piano, se ve lo ágiles que son sus manos cuando intenta sacarle ritmo a la orilla de una mesa, inconscientemente. Sus manos están llenas de pequeñas cicatrices que están regadas por sus dedos.

A los 22 años comenzó la enfermedad. Parecía inofensiva. Eran solo fiebres que curaba con acetaminofén. Pero empezaron a durar más de lo normal y se extendieron durante cinco semanas. Aquello terminó convirtiéndose en una infección fuerte en la garganta, por la que tuvieron que operarla. Tenía 68 ganglios por todo el cuerpo. “La cara se me deformó, me quedé sin caminar dos meses. Me encontraron la bacteria hace seis meses y se estaba comiendo mis nutrientes”, cuenta Katherine.

Durante ese tiempo, llegó a pesar 80 libras. Le hicieron 168 exámenes. Le decían que tenía cáncer linfático, cáncer de tiroides, de lupus. Y en un momento el sufrimiento era soportable para Katherine, pero no para su familia. “Yo decidí ir a los hospitales sola. Usaba una gorra, que era mi máscara. Porque para mí era bastante cruel que mi familia escuchara, por ejemplo, que un médico me dijera que tengo cáncer”, cuenta Espinal.

La bacteria comenzó a ganar terreno y empezaron a inflamársele todas las articulaciones. No podía caminar. Su padre y su hermano tenían que cargarla de un lado a otro todo el tiempo. Tocar piano se había vuelto doloroso, pero seguía haciéndolo. Sus dedos y sus manos estaban inmóviles y petrificados. Tocaba con los dedos en una sola posición. Le pedía a Dios que la dejara sin piernas, sin ojos, sin cualquier cosa, pero que no le quitara sus manos.

Su vida se había convertido en un vaivén en hospitales, clínicas y doctores. Sus padres son pastores y ella se había alejado de Dios. Hasta que un día despertó a las 4:00 de la mañana para hacerse terapia en las piernas y se cayó de la cama. No sentía las piernas, no sentía la columna. Estaba paralizada. Justo un día antes, su guía espiritual había llegado a verla y Katherine le había dicho que no quería saber nada de Dios. “A las 4:30 entró un resplandor en el cuarto, era un sol. Yo me di cuenta que el Dios ausente estaba presente. Y le dije: lo vamos a hacer a tu manera”, cuenta la pianista.

“Soy una persona nueva”

Katherine, de 30 años, está a punto de empezar una licenciatura en Enseñanza Artística y Musical. Estudió Licenciatura en Mercadeo y Publicidad. LA PRENSA / Óscar Navarrete

La recuperación fue agridulce. Su último recurso fue un doctor natural que la desintoxicó con puros nopales, linaza y sábila. Todo eso, justo después de que dos médicos diferentes, le dijeran que solo le quedaban dos años de vida.

El 25 de diciembre de 2017, Katherine Espinal tomó una pastilla por última vez. Hace seis meses le descubrieron la bacteria y tenía que tomar 32 antibióticos todos los días. Pero ya no toma ni uno solo. Ya está sana y lo único que tiene pendientes son exámenes para chequear que está completamente bien.

Ahora, Katherine es licenciada en Mercadeo y Publicidad y este año está culminando un posgrado en Gerencia Financiera. Inició clases de Portugués porque ama los idiomas y también quiere aprender Francés. Va a empezar una licenciatura en Enseñanza Artística y Musical en la Upoli. Uno de sus sueños, dice, es poder tocar con Norma Helena Gadea.

“Tengo todas las ganas, es increíble. Soy una persona nueva. Tengo todas las ganas de todo. Todo lo que me consumía la televisión, las redes sociales, lo quiero invertir. Tengo ganas de estudiar, de enseñar, de aprender, de compartir, de viajar, de leer”, dice Katherine. Todo, sin dejar de tocar, sin soltar las teclas.

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