Palabrería y burguesía

La mayoría de nuestra población está formada por campesinos y obreros, pero la pequeña y mediana burguesía, gente que se gana la vida con el sudor de la frente y cuyo aporte a la producción nacional es considerable, no puede ser marginada

elección pura

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director martir del Diario LA PRENSA. Foto: LA PRENSA/ ARCHIVO

Aquí cualquiera con una frase hace el gran montante, y se exhibe buscando querella a la pura bulla; a la mera palabrería.

Escuchamos en una radio local la siguiente belleza: “La oposición burguesa y la empresa privada, nada tienen que ver en este asunto (el diálogo) y si persisten, su actitud debe tenerse como sospechosa”.
¿Qué quiere decir eso…?

Para comenzar, un enorme porcentaje de la población de Nicaragua pertenece a la burguesía, grande, mediana o pequeña, como los que tienen una pulpería, los artesanos, los fabricantes de pequeñas cosas, los comerciantes en granos, la gente con tramos en los mercados, los abogados defensores de quienes sufren Consejos de Guerra, el agricultor mediano, y aún el pequeño, integrado a lo que podríamos llamar la burguesía rural, con su potrero, sus vaquitas, o su cosecha de café, caña, frijoles, maíz, vendida en pueblos y ciudades. Esos son burgueses y no proletarios.

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Claro que la mayoría de nuestra población está formada por campesinos y obreros, pero la pequeña y mediana burguesía, gente que se gana la vida con el sudor de la frente y cuyo aporte a la producción nacional es considerable, no puede ser marginada y muchísimo menos, menospreciada, como pretenden diariamente ciertos sectores de vocabulario “proletarizante” que no guarda relación alguna con la forma de ser y de vivir de quienes lo usan.

Llamamos a la reflexión sobre este asunto, porque los discursos diarios contra “la burguesía” han venido a formar ya parte integral de un léxico nacional decadente, demagógico y que en realidad nadie escucha, sino los mismos fabricantes del estribillo, estremeciendo las grabadoras o los patios de las escuelas, sin darse cuenta de que al hacerlo están nadando contra una corriente no solamente real y poderosa, sino también apreciable, porque ni el hombre que labra su parcela de tierra, ni la mujer cuyo afanoso comercio en el mercado sirve de sostén a toda una familia, ni el profesional con estudios hechos a costa de mil sacrificios, ni el mediano propietario, ni el empresario próspero con ideas progresistas, son gente de quien se deba abominar, sino personas estimables, parte del pueblo, parte de la Patria misma, y muy necesaria por cierto para la reconstrucción de esta.

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En segundo lugar, ¿por qué va a ser sospechosa la actitud de esa gente de trabajo cuando quiere contribuir a la democratización del país, en alguna forma…? ¿Por qué se les va a negar el derecho —obligación al mismo tiempo— de dar su aporte a una solución que todos, proletarios, burgueses, empresarios, profesionales, mujeres y hombres deseamos en Nicaragua…? ¿Quién tiene derecho a llamar sospechoso al que busca la democratización de su Patria…?

Es curioso y además revelador observar cómo, ese grito irracional contra “la burguesía”, no viene de los obreros, no procede de los trabajadores que luchan por la superación social de su clase, no sale del sindicalista (socialista, socialcristiano o socialdemócrata) sino que tiene generalmente su origen en elementos de la burguesía, que quieren lucirse hablando como proletarios.
¿Un verdadero contrasentido, verdad…?

LA PRENSA, 6 de enero de 1978. Este fue el último editorial que publicó Pedro Joaquín Chamorro cardenal, antes de ser asesinado el 10 de enero de 1978.

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