Nuestro caso es diferente

En Nicaragua la República fue destrozada por el interés familiar, su bandera sustituida por el emblema personal, sus instituciones diluidas en capital familiar, y su destino hipotecado por causa de los negocios millonarios del señor feudal

elección pura

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director martir del Diario LA PRENSA. Foto: LA PRENSA/ ARCHIVO

Cuando se habla de la insurgencia juvenil en Nicaragua, se dice muchas veces con bastante ligereza, que ese fenómeno ocurre en todas partes del mundo, y a renglón seguido se menciona un regular número de países donde por diversas razones ha habido o hay fenómenos parecidos, pero jamás iguales al de aquí.
Y decimos parecidos pero jamás iguales, porque un joven alzado en armas o protestando violentamente, se parece a otro haciendo lo mismo, pero generalmente no es igual, idéntico, ni en sus motivaciones, ni en el objetivo que busca.

Lo de Nicaragua tiene diferencias; no es igual a lo que ocurre en otros países del mundo, por las siguientes razones:

1. Durante muchos años solamente aquí hemos carecido en absoluto de la menor oportunidad de cambio, de manera que los ciudadanos de sesenta años en Nicaragua tienen reclamos parecidos a los que pueden tener los hombres y mujeres de 50, 40, 30 y 20.

2. La brutalidad sistemática del sistema dinástico nicaragüense se parece a la brutalidad policial de los Pinochet, Geisel, Videla, etc., pero es muchísimo más antigua, persistente, y no va encaminada a defender una ideología, una forma de gobierno en la cual pudiera creer alguien, sino, el interés particular de un grupo familiar.

3. Por si esto fuera poco, en Nicaragua el monopolio, tanto político como económico se ha agravado durante los últimos años, escalando posiciones que no admiten término de comparación con situaciones similares. Aquí solo funciona con derechos plenos un grupo político, y el resto del país está disminuido en su estatus ciudadano.

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Naturalmente a las causales anteriores, se debe agregar para completar el cuadro, todo lo que en el mundo produce insatisfacción juvenil y de cuyas influencias no podemos sustraernos los nicaragüenses, pero las tres circunstancias enumeradas arriba, vuelven nuestro caso diferente y mucho más dramático y grave.

Si Nicaragua hubiera seguido una evolución normal durante los años treinta, luego de la paz con Sandino y el retiro de la Infantería de Marina norteamericana, por lo menos tendríamos un esquema de solución política prestigiado, las elecciones y la posibilidad de utilizar ese sistema para dirimir pacíficamente nuestras diferencias y apuntalar un cambio social y económico gradual, pero lejos de eso, a partir de 1936 se instala aquí el más arbitrario feudo que ha conocido América y la Nación comienza a ser “destilada” por un grupo familiar, rompiéndose todos los esquemas republicanos y aún nuestra incipiente concepción de Estado, nacida de la Guerra Nacional contra Walker y afirmada entre tumbos y dificultades a través de todos los periodos posteriores a ella.

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En Nicaragua la República fue destrozada por el interés familiar, su bandera sustituida por el emblema personal, sus instituciones diluidas en el capital familiar, y su destino hipotecado por causa de los negocios millonarios del señor feudal, razones por las cuales nuestro caso, y en especial el de la violencia juvenil, no es igual a otros casos de violencia que ocurren en las hermanas naciones de América.

La diferencia está en que ya no somos República, y el esfuerzo debe de concretarse en poder volver a serlo.

Publicado en LA PRENSA el 5 de enero de 1978.

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